Azotada por adúltera en la plaza pública: el regreso de los castigos infamantes

La dimensión del retroceso moral que significa aceptar como algo bueno este rapapolvo público y masivo me resulta muy difícil de calcular

Foto: Ilustración con el logo de Twitter reflejado en un ojo. (Reuters)
Ilustración con el logo de Twitter reflejado en un ojo. (Reuters)

Julio de 1742. Una mujer, llamada Abigail Gilpin, cuyo marido está embarcado, es sorprendida desnuda en la cama con “un tal John Russell”. Condenan a ambos a recibir azotes en el poste de flagelación de la plaza de la ciudad. Abigail apela, y aquí viene la sorpresa: no lo hace para librarse de los latigazos, que desgarrarán su espalda, sino para ser golpeada en privado y evitarse las heridas psicológicas que supone la humillación. Jon Ronson encontró su testimonio en el archivo de la Sociedad Histórica de Massachusetts: “Ruego a su señoría que tenga a bien apiadarse de mí por el bien de mis queridos hijos, que ninguna culpa tienen de las infortunadas faltas cometidas por su madre”.

Un sermón del reverendo Nathan Strong, escrito por las mismas fechas y recogido también por Jon Ronson, da pistas sobre el motivo por el que la mujer prefería que la golpeasen en privado. El reverendo exhorta a los fieles de su iglesia a mostrarse menos eufóricos en las ejecuciones y castigos públicos. Se siente escandalizado por esta salvaje manera que tiene el buen pueblo de señalar su propia dignidad.

Septiembre de 2019. Una chica dice en Twitter que habría que empezar a considerar de una vez que todos los niños varones son criminales en potencia y someterlos a un duro tratamiento para evitar que se conviertan en violadores. El tuit de esta desconocida, que tiene menos de 1.000 seguidores, se hace viral. Miles de personas leen sus palabras y deciden impulsivamente responder, todas al mismo tiempo.

No saben quién es, pero les basta un clic para averiguar lo que ha dicho. Se exige a su empresa que la despida, se difunden sus peores fotos

Su nombre se convierte en tendencia en Twitter, lo que atrae a más curiosos. No saben quién es, pero les basta un clic para averiguar lo que ha dicho. Se exige a su empresa que la despida, se difunden sus peores fotos de Facebook y se le dedican insultos como este: “PUTA GORDA A TI NO TE VIOLAN NI CON UN PALO”. Como cada día desde hace años, ha arrancado el linchamiento. La cotidiana difamación ritual.

Ambos casos ocurren con casi 300 años de diferencia. El adulterio ya no es un delito penado por los tribunales, pero Abigail hubiera podido pronunciar las mismas palabras hoy, con la diferencia es que no hubiera encontrado frente a sí un juez al que implorar clemencia. Porque en los castigos de humillación ritual del siglo XXI el juez no tiene forma, y mucho menos compasión. Aunque tampoco hay azotes físicos, lo terrible de este tipo de castigo ha resucitado.

La abolición

En el siglo XVIII, ir al poste de flagelación no significaba solamente convertirse en un ser abyecto ante los ojos de la comunidad mientras durase el martirio. La exposición del castigo ante el pueblo abría otras heridas mucho más difíciles de cerrar. Conocemos muchos de aquellos casos gracias al mismo elemento que los volvía más abominables: la prensa. A los lectores les pirraba el espectáculo. El nombre del condenado se publicaba en noticias que describían cómo “expió sus faltas retorciéndose”. ¿Les suena?

Aunque existe la creencia de que estos castigos públicos se extinguieron porque la gente los dio por inútiles, esto no es lo que ocurrió en realidad. El movimiento contra las penas infamantes surgió en el siglo XVIII y rogó a la gente que no fuera a la plaza. Poco después, Benjamin Rush, padre fundador de los Estados Unidos, exigió su eliminación. “La ignominia está considerada universalmente un castigo peor que la muerte”, escribió. Y hasta tal punto le parecía exagerada la humillación pública, que Rush proponía encerrar al delincuente en una mazmorra y someterlo al dolor en privado. Esta era la opinión más humanitaria.

Esta clase de penas terminaron de erradicarse en todo Estados Unidos a lo largo del siglo XIX, lo mismo que en Inglaterra y en la mayor parte de los países europeos. Desde entonces, los condenados purgan sus penas en privado: se les aparta de la sociedad tras un juicio en el que tienen derecho a la defensa y a la presunción de inocencia. El castigo dejó de considerarse un espectáculo digno de ser visto. Pero entonces llegaron las redes sociales.

Se lo merece

Recuerdo el caso de Cassandra Vera, condenada por la Audiencia Nacional por unos tuits con chistes de Carrero Blanco y exonerada después por el Tribunal Supremo. El caso de Vera es importante, porque la Justicia finalmente la absolvió, pero el castigo infamante se produjo de todas maneras. Durante los días de su cacería mediática, a Cassandra Vera, que tenía apenas 20 años, le encontraron toda clase de tuits polémicos y se la despellejó sin piedad en internet y en televisión. La diferencia entre lo que le ocurrió a ella y lo que tuvo que soportar Abigail Gilpin es que Cassandra no tuvo oportunidad de apelación: las redes sociales jamás escuchan ni hacen valoraciones. La decisión es simultánea al castigo.

Recuerdo discutir durante aquellos días con amigos y conocidos. “No merece que la condenen, por Dios, eso sería una exageración, pero le estará bien empleado el rapapolvo público”, me decían. Es decir: mucha gente se creía la pera de justa por decir que no tenía que ir a la cárcel por unos tuits, pero trivializaban el castigo infamante, que se prohibió hace dos siglos por considerarse demasiado cruel.

Recuerdo el caso de Cassandra Vera, condenada por la Audiencia Nacional por unos tuits con chistes de Carrero Blanco y exonerada después por el TS

Lejos de ser una excepción, el caso de Cassandra Vera fue uno de los últimos sonados antes de que esto se normalizase por completo. Hoy, la difamación ritual es tan cotidiana que apenas parpadeamos antes de firmar, el jueves, nuestra séptima sentencia de la semana. Total, qué daño hacemos. Solo son unos tuits, y así escarmentarán.

El caso es que nadie escarmienta de esta forma. En 1867, 'The New York Times' publicaba: “Si en el fondo [del condenado] arde aún un rescoldo de dignidad, la exposición a la vergüenza pública lo apaga por completo. Sin la esperanza eterna que anida en el corazón humano, sin el menor deseo de reformarse y convertirse en un buen ciudadano, ni la fe en que esto es posible, ningún delincuente podrá regresar al camino honorable. Un muchacho de dieciocho años que es flagelado en New Castle por robar, ya nunca levanta la cabeza en nueve de cada diez casos. Con el amor propio hecho añicos y la befa y el escarnio de la deshonra pública grabados a fuego en la mente, se siente perdido y abandonado por sus semejantes”.

La dimensión del retroceso moral que significa aceptar como algo bueno este rapapolvo público y masivo me resulta muy difícil de calcular.

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