La carne de cañón de Quim Torra

Resulta que Torra, apoyándose en Buch, mandó a los Mossos​ a pegar palizas, mano a mano con las 'forcas d'ocupació', a los mismos manifestantes a los que estaba alentando

Foto: Un 'mosso', durante una de las cargas en el aeropuerto de El Prat. (EFE)
Un 'mosso', durante una de las cargas en el aeropuerto de El Prat. (EFE)

Hemos pasado otra noche de guerra en Barcelona arrullados por los helicópteros: contenedores en llamas, heridos y cargas de los Mossos y la Policía Nacional. Es una violencia libidinosa, sadomasoquista. ¿Habéis oído la última emanación de Meritxell Budó? La portavoz del Gobierno de Torra dijo el martes que comprendía la furia de los manifestantes el lunes y que apoyaba el “tsunami”, y acto seguido defendió las cargas de los Mossos, que se saldaron con heridos variados, entre ellos un tuerto y un castrado. Según la Generalitat, por boca de su portavoz surrealista, las cargas eran en realidad la estrategia para proteger a su gente para que no los acusasen a ellos también de sediciosos. Tócate los cojones, si se me permite la expresión.

La carne de cañón de Quim Torra

Me extraña que, tras las palabras de Budó, la energía de las masas irritadas por la sentencia no haya dado media vuelta para tomar el Palau de la Generalitat y colocar la guillotina eléctrica en la Plaça de Sant Jaume, que diría Valle-Inclán. Resulta que Torra, apoyándose en Buch, mandó a los Mossos a pegar palizas, mano a mano con las 'forças d'ocupació', a los mismos manifestantes a los que estaba alentando. Es decir: que te dice que vayas a ocupar infraestructuras de viva voz, mientras manda una nota al 'conseller d'Interior' para que empiece a repartir leña.

En fin. Que la Generalitat tome por gilipollas a sus votantes no es ninguna novedad, pero ya veréis cómo soy yo quien se la carga por decirlo. Durante el juicio, quedó probado, según los testimonios de los condenados, que lo ocurrido en 2017 era un trampantojo para forzar al Gobierno del Estado a una negociación. Es decir: lanzaron a dos millones de personas entusiasmadas a estamparse contra las porras, no para lograr la independencia prometida sino para convertirse en carne de cañón al servicio de unos burócratas.

Los más fanáticos podrán argüir que esto lo dijeron sus queridos líderes en la sala del Tribunal Supremo para intentar defenderse, pero esto implicaría obviar algunos hechos objetivos. De entrada, las estructuras de Estado que juraron que tenían eran inexistentes. Para seguir, los apoyos internacionales que aseguraban que habían negociado eran otro farol. La Hacienda catalana no existía, no había ningún plan sólido para tomar los aeropuertos y demás el minuto siguiente a la DUI, ni tenían infraestructura para contar los votos de un referéndum que, igualmente, tumbaría una simple página del BOE.

En suma, los líderes del 'procés' han admitido que el resplandeciente futuro de helados Kalise gratis para todos en 18 meses con el que engatusaron a dos millones de catalanes era un cuento. Una mentira que una parte de la población creyó con la pasión suficiente como para exponerse al enfrentamiento con una policía que avanzaba en formación de tortuga a las órdenes del Ministerio de Interior en una de las páginas más negras de la historia de la convivencia entre los catalanes. Creo que lo que hemos vivido la noche del martes no ha sido solamente furia contra el Tribunal Supremo, sino esa frustración de nacionalistas defraudados que, hemos dicho aquí mil veces, iba a ser imposible de gestionar.

La carne de cañón de Quim Torra

Y ahora, cuando los mismos ciudadanos que fueron burlados salen a protestar por la condena de sus burladores, el mismo presidente que los empuja a la calle les suelta al dóberman. Pues bueno. Dejemos claro esto: las imágenes de cargas policiales de El Prat solo se diferencian de las del 1 de octubre en que no pueden ser utilizadas por los esbirros de Puigdemont. El resto es igual: palos, gente y una desoladora ausencia de horizontes y de planes. Pero los sucesos de la noche del martes suponen un salto cualitativo: es una violencia alentada y reprimida por un Gobierno autonómico con elementos de esquizofrenia.

La carne de cañón de Quim Torra

Pero no se crean en Madrid que el independentismo está en las nubes. Muchos no lo admitirán, quizá, públicamente, porque tampoco se les está dejando espacio para ello al otro lado de la trinchera, pero el malestar con Torra empieza a ser crítico. Al nacionalismo de derechas no le gusta que el 'molt honorable' apoye escraches y desórdenes, y tanto la izquierda republicana como la antisistema detestan la violencia policial.

Las imágenes de cargas policiales de El Prat solo se diferencian de las del 1-O en que no pueden ser utilizadas por los esbirros de Puigdemont

Cataluña está inmersa en una inquietante deriva sadomasoquista, y mi impresión es que la promueve la frustración. Torra es tan incapaz de gestionar esta frustración como lo fue Puigdemont el día en que decidió no convocar elecciones y se sacó de la manga la falsa DUI.

Creo que los líderes independentistas saben perfectamente que lo que hay estos días en las calles no es simplemente antiespaña, independentismo o solidaridad con los presos, sino también una indigestión social. Las cargas de los Mossos y la justificación que ha dado el Gobierno de Torra son para mí la constatación de que los dirigentes políticos han perdido el control de la situación. Yo creo que todos están muy asustados. Sienten pavor ante esa fuerza desatada en las calles, porque saben que ya no la pueden manejar. Y cada vez está menos claro contra qué va a dirigirse mañana.

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