No pienso escribir su obituario

La noche en el patio de luces sin luces, como el ojo de un buey degollado, y mi hermano llorosamente, que a mi yayo Juan lo habían metido en el hospital

Foto: Imagen de archivo de Juan, el protagonista de este artículo.
Imagen de archivo de Juan, el protagonista de este artículo.

Pasaban la 12 de la noche. Yo estaba en la cama y había conseguido no cenar, se acercaba la Navidad, quería estar fino para el engorde obligatorio. En esas, mi hermano empezó a llamar al teléfono. Mientras me decidía a descolgar, apareció Andrea en la puerta del dormitorio con la cara de un color blanco folio y el móvil en la mano. Y claro, descolgué. Qué sensuales los heraldos negros que nos manda la muerte.

La noche en el patio de luces sin luces, como el ojo de un buey degollado, y mi hermano llorosamente, que a mi yayo Juan lo habían metido en el hospital. ¿Y es grave? Pues sí, se muere. En mi familia hay una tendencia a la exageración tan pronunciada como a terminar en el hospital. ¿Seguro? Pues echando sangre, con septicemia, 93 años, tú verás. ¿Y vas para Yecla? Pues no lo sé. Él lloriqueaba y yo miraba al ojo muerto del patio de luces pensando: voy a abrir una bolsa de patatas fritas y voy a dar cuenta de ella. ¡Qué cosas se te ocurren cuando te dicen que te quedas sin yayo!

Yo pensaba en las cosas que tenía que hacer al día siguiente, los trabajos, la cena con Coixet y Amela y otros amigos, el plató de televisión...

La pantalla del móvil de Andrea relumbraba como una sirena de ambulancia. Era la conversación en WhatsApp de mi familia, estaban despertando a los reclutas y movilizando las tropas ante el ataque por sorpresa del ejército enemigo. Yo pensaba en las cosas que tenía que hacer al día siguiente, los trabajos, la cena con Coixet y Amela y otros amigos, el plató de televisión donde me esperaban a las 10 en punto de la mañana, los proyectos cortados con hacha, todo a medio concluir antes del parón de la Navidad.

Estaba preguntándome a ver cómo me lo monto sin darme cuenta todavía de que la muerte del yayo no es una cosa que te dé elección, pero la cabeza se llena de ruido porque se asusta con determinados silencios. Mi yayo, por ejemplo, es de los que no callan pero nunca te dicen qué les pasa. Lo he contado otras veces, pero no importa repetirse: con 16 años se hacía en bicicleta la distancia entre Sueca y Cádiz para vender muestras. Recita de memoria todos los pueblos que brotaban en mitad de las noches a los lados de carreteras nacionales que ya no existen.

Paró en Yecla y allí se terminó casando. Mi familia materna surge, pues, de un cruce de caminos en el sentido metafórico y literal. Luego destrozó varios coches en las carreteras sin asfalto del franquismo, fracasó en algunas empresas y llegó a viejo sin más patrimonio que una familia numerosa. Ha pintado más de 500 cuadros desde que enviudó: todos los castillos de España, todas las catedrales de España, todos los intelectuales de España, todos los científicos, los músicos, Vírgenes y Santos, los papas, los amigos y los amigos de los amigos.

Dos horas después de la noticia, yo estaba de vuelta a la cama, el billete de tren comprado para el día siguiente, desvelado, pensando qué íbamos a hacer

Dos horas después de la noticia, yo estaba de vuelta a la cama, el billete de tren comprado para el día siguiente, desvelado, pensando qué íbamos a hacer con todos esos cuadros. Me gusta especialmente uno que me enseñó en mi última visita, en octubre: es la iglesia de la Purísima de Yecla, que tiene un muro inacabado. Mi yayo la pintó como está, clavó un tornillo al marco del lienzo y pintó en un trozo de madera cómo le gustaría que la terminasen. Gracias al mecanismo, es un cuadro giratorio que se transforma: ahora la ves como está, ahora, girando esto, como debería quedar.

En fin: yo pensaba qué haríamos con tantos cuadros, con tantas cosas: son formas de gestionar qué se hará con tanto vacío. También me venían a la memoria algunas bromas célebres de mi yayo. Por ejemplo, cuando se llevó a su amigo Escrivá y a su mujer de viaje de novios. En una cuesta, fingió que se le paraba el Biscúter y convenció a una pareja de guardias civiles para que empujaran por todo ese repecho demencial. O esa vez que volvía con mi yaya Virginia de una boda en Castilla y vieron un cartel que decía 'Portugal' y decidieron irse a visitarlo, porque nunca habían estado, sin avisar a ninguno de sus hijos.

Imagen del cuadro comentado.
Imagen del cuadro comentado.

O cuando me despertó en mitad de una resaca adolescente, en verano, y me obligó a acompañarlo a una oficina bancaria al sol de la mañana: un largo y penoso camino por el interior de una supernova, la cabeza hirviendo, solo para llegar a la oficina, hacer la cola y que él pudiese preguntar a la cajera: oiga usted, ¿este bolígrafo es de caballero o de señora? Andrea respiraba ya pausadamente mientras pensaba estas cosas. Debí quedarme dormido, porque empecé a oler a puro caliqueño y a saborear vino del Conde (mi yayo ha fumado y bebido en cantidades industriales hasta que entró por la puerta del hospital), y luego sonaba el despertador.

En fin: el viaje en tren fue horrible: escribí de carrerilla dos artículos para este periódico en el trayecto para adelantar algo de trabajo porque sé que los velatorios espantan a las musas. Textos llenos hasta arriba de disimulo, de política y de falsas indignaciones, porque seguía envolviéndome en ruido para pensar poco en la muerte de mi yayo, ahorrando fuerzas, estando fino sobre los raíles y pensando que el diablo es maquinista de la Renfe. Así hasta que llegué a la puerta del hospital.

Subí las escaleras, traté de respirar poco de ese aire asqueroso, me crucé con enfermeras y doctoras, con enfermos, con parientes de otros

Subí las escaleras, traté de respirar poco de ese aire asqueroso, me crucé con enfermeras y doctoras, con enfermos, con parientes de otros, y llegué a la habitación solo para descubrir que mi yayo me saludaba, que mi familia contenía el aliento y la risa y me decían que la infección de la sangre empezaba milagrosamente a remitir. Y sí, amigos: han pasado 15 días y el yayo mejora día a día. Gasta bromas a las enfermeras y da conversación.

¿Te apetece un caliqueño, yayo? le he preguntado esta tarde.

—Ey, vaya si tengo gana, pero aquí nadie tiene para fumar.

Lo cierto es que esta vez le ha robado a la muerte el paquete de tabaco. Hoy o mañana le dan el alta. Y he decidido que, cuando llegue su hora, no pienso escribir ni una palabra sobre eso.

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