La verdad más allá de las cifras: Rosa, la madre que se fue sin poder despedirse

La suya no es solamente la historia de una familia española azotada por la plaga, sino la premonición de lo que espera a muchas otras

Foto: La mano de Silvia (con guantes) y la mano de Rosa. (Foto cedida por la familia)
La mano de Silvia (con guantes) y la mano de Rosa. (Foto cedida por la familia)

Lorena está sola en una habitación de su casa. El lunes murió infectada de coronavirus su madre, Rosa, una mujer feliz, de 80 años. Otro pariente muy próximo permanece aislado en la octava planta del hospital Doce de Octubre donde falleció la madre, con un cuadro de neumonía por coronavirus en ambos pulmones. En este raro duelo cruzado con aislamiento, los hermanos se comunican por WhatsApp y Skype. No han podido juntase todos a despedir a su madre, cuyo cuerpo ha sido incinerado sin ceremonia.

Es Lorena quien me llama por teléfono: quiere contar su historia. Necesita hablar de su madre, de lo que está pasando, porque esas cifras que circulan en la prensa, los enfermos y muertos del coronavirus, ocultan rostros, nombres y vidas. Son personas que pasan por hospitales al límite, recorren pasillos lóbregos y tratan de respirar en habitaciones secretas. Lorena se ha convertido en testigo de excepción del frente de batalla de los hospitales contra el Covid-19.

La suya no es solamente la historia de una familia española azotada por la plaga, sino la premonición de lo que espera a muchas otras. En este texto, resultado de una larga charla telefónica, aparecen la voz de Lorena y la voz de su hermana Silvia, que está en todo momento aislada, en otra habitación de la casa, al otro lado de una pared. No hay sitio aquí para la metáfora o el humo: “Yo he dejado de fumar", dice Lorena. "Tiene cierta lógica en mi locura mental. Cuando mi madre empezó a respirar mal, dejé de fumar, como si mis respiraciones pudieran ayudar a las suyas. Fue el día que me dijeron que la conectaban al respirador”.

Esta es por tanto una historia íntima de la España del coronavirus, una vista interior de uno de esos hospitales, con sus plantas fantasmagóricas, pero es sobre todo la historia de Rosa y sus hijas, que llenan de humanidad la estadística impersonal. Desde aquí, hablarán ellas y me limitaré a poner orden a sus palabras:

El ingreso

Llevo a mi madre a Urgencias el domingo 8 de marzo por la mañana. Lleva ya entonces cinco días con fiebre, y en la cama. Y es muy raro en ella, porque no hay nada que la deje postrada. Mis hermanas han estado llamando a los médicos. Ellos preguntan si tiene estos síntomas, los que todo el mundo empieza a conocer por lo que llega de Italia y de China, pero mi madre no los tiene, todavía no se ahoga, no tiene tos. Mi madre pasa esa semana, hasta el domingo 8 de marzo, con fiebre, dolor muscular, diarrea... Y ese domingo por fin la llevo a Urgencias del centro de salud de nuestro barrio, que es Villaverde. Allí, la chica que la atiende comprueba que la saturación de oxígeno en sangre está bien, pero como lleva cinco días con fiebre nos mandan a las Urgencias del Hospital Doce de Octubre. Y allí empieza el horror.

El hospital Doce de Octubre es muy bueno. Mucho. Pero es viejo y demasiado grande. El 8 de marzo, las Urgencias parecen el apocalipsis zombi. Sin mascarillas nadie, mucha gente entrando, y los médicos, ya entonces, desbordadísimos. Yo ya pensaba que al día siguiente iba a salir en todos los periódicos que el coronavirus había estallado. La verdad es que yo llevaba días viendo cosas raras. Había gente con síntomas cinco días antes, seis días antes. La semana antes del ocho de marzo, yo ya pensaba: “Suiza tiene 25 casos y ya no están haciendo eventos con más de no sé cuánta gente”. Y la gente me decía: “¡Bah!”, lo típico de esos días. Pero lo que yo vi el 8 de marzo en el hospital me asustó muchísimo.

En la triada de Urgencias, te destinaban a una sala muy grande donde los pacientes esperaban. En este momento habían habilitado ya los boxes, que ya no estaban separados. Te ponían una hoja con un número, M33, y te iban llamando. Te hacían una prueba, esperabas resultados, te hacían otra... A mi madre le hicieron placa de tórax y análisis de orina y sangre. Había mucha gente, cada vez iba llegando más, y todo se ralentizaba. Este día vi escenas horribles. No sé si de coronavirus, pero lo leías en los ojos de los sanitarios.

Estaban asustados. Esta escena debería contársela a mi psicólogo, pero te la contaré a ti. Una señora, no demasiado mayor, a la que traía una ambulancia a la puerta de Urgencias, sale agarrada por un brazo de una chica sudamericana, supongo que la cuidadora, y un chaval alto y fuerte del otro brazo. Los sanitarios de Urgencias ya han empezado a mosquearse, así que no la quieren tocar. Uno corre a buscar una silla de ruedas y, durante un instante que se me hizo eterno, la señora de repente se les cae al suelo al chico y la cuidadora, que no pueden con su peso. Gente que había en los banquitos se levantaron para ayudarlos y por fin vino el sanitario: era de los pocos que tenían mascarilla. Yo, en ese momento, dije para mis adentros: “Madre mía... Esto ha empezado ya”.

Mi madre pasa en Urgencias seis o siete horas. Durante la espera, le da un síncope, se desmaya un poco, así que la ingresan en la primera planta

El caso es que mi madre pasa en Urgencias seis o siete horas. Durante la espera, le da un síncope, se desmaya un poco, así que la ingresan en la primera planta al llegar la noche. Pero la ingresan por infección de orina, no por coronavirus. A el doctor, ya le dije yo: “¿Y la placa de tórax?” Y me respondió que se la habían hecho y no había dado neumonía, y que no harían la prueba del coronavirus porque no están haciéndola si no hay neumonía. A todo esto, mientras mi hermana y yo estábamos hablando, venían enfermeras: “Doctor, a no sé quién no le baja la fiebre”. Y él: “Ni le va a bajar...”. "Estaba la gente como ida, ¿sabes? Estábamos asistiendo al primer pico de la epidemia. Y como mi madre no se pierde una fiesta, pues allí estábamos".

De modo que este domingo, por fin la suben a la primera planta, donde están dejando a los casos dudosos. Allí estuvo el domingo por la noche, se quedó una hermana con ella. El lunes fui yo: le di la comida y, no te lo pierdas, estuvimos bailando en la habitación la cumbia del coronavirus. Sí. La cumbia del coronavirus.

El diagnóstico

Pasan dos días hasta que mi madre da síntomas inequívocos. El martes le repiten la placa. Yo no estoy allí, a mí me llega el mensaje de mi hermano, que dice: tiene neumonía. La prueba del coronavirus, positiva. Y lo siguiente es una neumonía más severa, y lo siguiente es el oxígeno. El martes la suben a la octava planta de Doce de Octubre. Es una planta aterradora. Fantasma. Puertas cerradas. Los médicos no entran más que a lo imprescindible, porque no pueden permitirse contagios. Las enfermeras, lo mismo. Y desde entonces, a mi madre ya no pudimos verla. Fuimos mi hermano y yo a la puerta, a esperar, pero ya no salían ni los médicos, ni nada. El protocolo era más o menos este: te informan una vez al día, y poco más. Nos dicen que está aislada en una habitación, estable, y venga mensajes de ánimo. Y el surrealismo de esta enfermedad es que, mientras tanto, todo el rato te comunicas con ella por WhatsApp: “mamá, cómo estás”.

El jueves, dos días después del diagnóstico, ya coge el mando mi hermano. Cogió el mando y su mano. Para entonces yo estoy aterrorizada. Me paraliza el miedo, la pena y la culpa. ¿Hice bien llevándola a Urgencias? ¿Y si se contagió allí? Además, pasó mucho tiempo sola. Como había estado el domingo en Urgencias, expuesta, ya no voy a trabajar el lunes. Para el jueves estoy devorada por el terror. Pensando que esto se ha torcido, que el miedo que teníamos se ha confirmado, y sobre todo que mi madre está solita. Y ya solo pienso en esto, cómo puede estar sola mi madre, habiendo parido siete hijos. Entre tanto, mi hermano habla con la doctora cada día, jueves, viernes, sábado. Son mis tres hermanos mayores, Ramón, Silvia y Rosa, los que se quedan esos últimos días con mi madre, los que se exponen para darle compañía.

En este momento, mi madre ya escribía mal, porque tenía puestos los guantes y la mascarilla de oxígeno, que es horrible e incómoda. Y a través de sus mensajes sabíamos que estaba mal, aunque no nos lo dijera. Nosotros le preguntamos súper animados, como siempre, y el sábado ya se limita a poner un mensaje: “muy mal”. Y si mi madre pone “muy mal”, es peor. Y yo me imaginaba su miedo. Y no duermo ni como. Ayer, por fin, dormí un poco. Hoy he comido ya algo. Pero las noches con mi madre ingresada no pude dormir.

Pero al final conseguimos estar con ella. Cuando vimos que la cosa estaba muy mal, mi hermana Silvia, que es un torbellino que consigue lo que se propone, logró quedarse con mi madre. Espera, que está en la habitación de al lado. Voy a preguntarle. Silvia: ¿qué día te quedas tú con mamá? Espera, voy a poner el manos libres. No quiere acercarse a mí.

Vivir en la octava planta

Silvia, a través de la puerta:

Yo me quedé el sábado. Llegamos ahí por la mañana, a las 11. Y yo no salí de la habitación de mamá hasta el día siguiente. Se supone que te dejaban estar dos horas solamente, pero como nadie me dijo que saliera, yo me quedé. La habitación era muy pequeña. Estaba al final del pasillo. Quizás en tu cabeza te la imaginas cubierta de mamparas de plástico. Pues escucha, las imágenes que vimos hace un mes de China son de ciencia ficción. ¡No tienen ni bata! Cuando entras en la habitación te ponen una batita de esas de papelito, unos guantes y una mascarilla. No te ponen gafas porque no tienen. No tienen ni para ellos. Y con eso, te dicen que no puedes tocarles ni acercarte a menos de dos metros. Ellos casi no entran a la habitación. Entran a lo mínimo. A cambiar el suero y cosas imprescindibles. Porque cada vez que ellos entran, se tienen que poner la protección y luego tirarla. Dado que no tienen material, han de limitar mucho sus movimientos. Así que muchas veces te dan las cosas desde la puerta, por ejemplo, la medicación. Sin entrar. Ellos lo llaman “medicina de guerra”: utilizar el mínimo material posible, atender más a los jóvenes o a los que tienen más posibilidades de salir... Es así.

Aquello es una planta fantasma. No hay trasiego de médicos. Las puertas de las habitaciones están cerradas, y dentro supones que hay gente, sufriendo sola. Yo, con mi madre, paso la noche del sábado, y cuando salgo el domingo por la mañana empiezo a toser. Quizás estaba tosiendo de nervios, porque la noche fue durísima. El caso es que, como estoy en un hospital, bajo a contarlo. Les digo que he pasado toda la noche con una enferma de coronavirus, con una mascarilla que se rompe en seguida. Me hacen una radiografía donde no ven nada, y también un test de coronavirus, pero no me dan los resultados.

Esta me parece una medida inteligente. Te mandan a casa sin resultados, con un papel que lleva las instrucciones de lo que tú tienes que hacer. Catorce días en aislamiento y, si aparecen síntomas graves, de nuevo a Urgencias, pero solo si los tienes. Ahora tengo esta tos, vigilo mi temperatura, voy con la mascarilla puesta todo el día y a distancia de mis hermanos. Como ellos tienen mi prueba ya hecha, si yo tengo que ir al hospital ellos ya sabrán si soy positivo o no. Y repito que creo que esto es bueno, porque así se aseguran de que respetas el aislamiento.

Lorena, a través de la puerta:

También es una forma de escalonar y no ingresar a todo el mundo que lo tiene.

Muchas hermanas, un virus y un castillo

(Las hermanas siguen hablando, con el manos libres, a ambos lados de una puerta)

- Silvia: Una doctora nos ha dicho que han mandado a casa a gente con neumonía en un solo pulmón. Si vas empeorando, otra vez tienes que ir. Pero, claro, medicina de guerra. Los protocolos son distintos. Cualquiera con neumonía sería ingresado en condiciones normales, pero ahora tienes que estar mal para que te dejen allí. Mientras estás en la octava planta, no hablas con nadie. Están todas las puertas cerradas y no ves absolutamente a nadie. El silencio es increíble en esos pasillos. Es como un hospital fantasma. La gente, familiares de los enfermos, se acerca a dejar bolsas. Se las dan a las enfermeras.

- Lorena: De ahí la impotencia, también. Yo, de saber que mi madre estaba allí sola, sentía una impotencia máxima. Pero mis hermanos consiguieron acompañarla. Ramón no le soltó la mano. Entre tanto, cuando estaba sola, son los mensajes de WhatsApp que te mandan desde la habitación, si se encuentran un poquito mejor, a veces, lo único que te permite empezar a respirar.

- Silvia: Lo más importante es el móvil. En el hospital estás todo lo solo que tus redes sociales y tu teléfono permitan. Yo creo que el teléfono es una salvación en estas circunstancias.

- Lorena: El otro día, unos de los pocos familiares que vimos en el 'hall' de la planta ocho estaban muy angustiados. Y me dijo una señora que su madre, enferma de 92 años, no sabe usar el móvil. Entre que las enfermeras no entran, ni nadie, y que esta pobre mujer no sabía manejar el móvil, pues ellos tenían ya una impotencia supina.

- Silvia: La tecnología digital ha cambiado mucho eso. Ahora ya no estamos esperando la noticia del médico, sino la noticia de mi hermana, que nos avisa cuando se levanta de cómo está. Cuando escribe, respiras aliviada. Fundamental el móvil. Si esto le pasa a alguien, por favor, recuerde llevar el teléfono móvil y cargador. Lo van a necesitar.

La vida en Rosa

(Algo aterrador de las cifras de fallecidos por coronavirus en España es que son cifras. Lorena y Silvia alumbran en esta parte final un pequeño dígito: esta es Rosa, su madre, mucho más que una estadística).

Que te cuente cosas de mi madre. Pues mira, qué fácil. Rosa, madre de siete hijos, santanderina, más dura que el viento del norte. Siempre le preguntaban: “Ah, ¿pero eres del Opus?”. Y mi padre decía: “Es que no tenemos tele”. Se querían mucho. Fuimos de esas familias de Villaverde que en los ochenta no tuvieron hijos yonquis. Hemos pasado una infancia feliz. Mi hermana siempre se queja porque no teníamos sitio para estudiar. Vivíamos todos en una casa diminuta, y traían mucha gente que no conocíamos. Y comíamos con gente extraña que no sabíamos quién era. Compañeros de mi padre, o amigos, que decían: “es que aquí abres un mueble y sale una cama”. Por ejemplo, había un vecino al que su mujer no lo dejaba beber, y tenía las botellas escondidas en nuestra casa. Hacíamos los deberes con él mientras se bebía un whisky. Era muy gracioso. Y a veces comías con gente, y te decían: “¿y tú quién eres?” Y tú decías: “Pues yo es que vivo aquí”.

"Mi madre tenía mucho miedo cuando murió mi padre, por cómo iba a salir adelante, y descubrió que iba a estar como una reina"

Mi padre no conoció a mi abuelo, porque murió en la guerra cuando mi abuela estaba embarazada. Y como era viuda de guerra, se vino a Madrid a limpiar casas y a servir. A mi padre lo tuvo que dejar en un hospicio. Cuando mi padre crece, se pone a trabajar en La Unión y el Fénix, a los catorce años. Y cuando iba a Santander a ver a su tía, aprovechaba para visitar a su vecinita, que resultó ser mi madre. Se escribían cartas. Estuvieron juntos desde los trece o catorce años. Toda la vida. Se casaron el mismo día que los reyes de España, Juan Carlos y Sofía, y los reyes invitaron a catorce familias que se habían casado el mismo día que ellos a sus Bodas de Plata. 'El Diario' Ya publicó un reportaje precioso, y mis padres estuvieron con ellos, vestidos de gala. Mi padre es que era muy socialista y monárquico, no te lo pierdas.

El caso es que mi padre siempre había estado agobiado de deudas. Cuando falleció, hace seis años, nos enteramos de que había estado toda su vida metiendo dinero en un fondo para mi madre. Había estado quitando siempre de su nómina bastante dinero y a mi madre le dejó un fondo con el que ha vivido, de viuda, más desahogada que nunca en su vida. Eso te da la medida de mi padre. Demostraba su bondad hasta cuando se fue.

(Lorena llora por primera vez en esta conversación).

"¿Y qué más te puedo decir de ella? Que amaba la música. Los últimos días se los pasó oyendo zarzuela, 'La reina mora"

Mi madre tenía mucho miedo cuando murió mi padre, por cómo iba a salir adelante, y descubrió que iba a estar como una reina. Desde entonces, nos ha llevado de viaje. Quería ver mundo. Quería ver Estambul, y Roma. Y hace poco, cuando ya estaba fastidiada para andar, le dio por ver Venecia, y me llevó con ella. Venecia es la peor ciudad del mundo para ir empujando una silla de ruedas. Mi cuñado alquiló una en una farmacia, que casi se nos cayó a un canal, y nada: todo empedrado y todo puentes. Empujando a una señora bien gruesa por todos los puentes de Venecia, muertas de risa. Cuando volvimos, en el taxi desde el aeropuerto, me dijo: “Ya me puedo morir tranquila”. Pero qué va. Después, se ha ido sola de viaje por medio mundo sin silla de ruedas. Y yo le decía: “¡Mamá, si tú puedes andar, lo que pasa es que querías que te empujáramos por toda Venecia!”.

Esta era mi madre. ¿Y qué más te puedo decir de ella? Que amaba la música. Los últimos días se los pasó oyendo zarzuela, 'La reina mora'. Y 'La vie en Rose', que es la canción que le sonaba en el móvil cuando la llamaban. Era su canción. Quiero que la pongas. Quiero que suene esa canción. Mis hermanos y yo todavía no hemos podido reunirnos. No podremos hacer un funeral. Es todo tan triste que necesito que suene esta canción.

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