¿Por qué los nombres de estos muertos en las protestas de EEUU ni te suenan?

En España se han visto imágenes de incendios y saqueos, sí, pero se ha publicado muy poco (apenas nada) sobre esas víctimas de la violencia. ¿Cuál es la causa?

Foto: Foto: Reuters.
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Hoy, todo el mundo sabe quién es George Floyd, pero no quiénes son Patrick Underwood, Italia Marie Kelly, David Dorn, Victor Cazares, Chris Beaty, Stephen Williams, Ochea Brown o Francisco Montiel. Estos son los nombres de algunos de los muertos que han dejado los tumultos violentos y saqueos provocados en los márgenes de la protesta que se inició tras el asesinato policial de George Floyd.

¿Por qué los nombres de estos muertos en las protestas de EEUU ni te suenan?

Sus historias no han trascendido a este lado del Atlántico, pero sí en la prensa local estadounidense. Tampoco allí han tenido la potencia del miserable asesinato de Floyd, entre otras cosas, sospecho, porque no hay imágenes. Entre las víctimas, encontramos a policías, un deportista y gente que pasaba por ahí. Algunos murieron ante testigos y otros aparecieron muertos en extrañas circunstancias, como un coche calcinado. Hay blancos, negros y latinos. Cada caso está pendiente de investigación, pero todos se han publicado en las informaciones sobre la protesta.

Si estás más o menos al día sobre esta trifulca racial de los States pero es la primera vez que lees estos nombres, deberías preguntarte por qué, como me lo pregunté yo después de descubrirlos gracias a un amigo estadounidense. Amigo que, por cierto, votó contra Trump, y que ha sido incapaz de decirme el total de muertos confirmados que ha dejado la protesta por ahora, puesto que las cifras bailan. En España se han visto imágenes de incendios y saqueos, sí, pero se ha publicado muy poco (apenas nada) sobre esas víctimas de la violencia. ¿Cuál es la causa?

La señalaba con agudeza Argemino Barro en su crónica del lunes. Al viento que nos trae las polémicas estadounidenses no lo agitan los molinos de los medios de allí, sino los que consume la mitad progresista de la población. La CNN, el 'New York Times' o el 'Washington Post' se han convertido en el altavoz de los Estados Unidos en el mundo, motivo por el cual los odia Trump. Pero aunque son medios excelentes, lo cierto es que distan mucho de sonar como la voz de la sociedad estadounidense.

La otra versión la ofrece Fox News, ahora en compañía de los medios de la 'alt-right' como Breitbart. Sus magazines de la protesta ofrecen la visión contraria a la del 'New York Times': negros dando palizas indiscriminadas a tenderos, policías abatidos y la civilización occidental al borde de la extinción. Desde luego, hay distorsión y exageraciones. Pero también se presta atención a la parte que aquí nos llega empequeñecida o ni nos llega. Lo que los progresistas norteamericanos no quieren ni oír es exactamente lo que se oye en la Fox.

Y no son pocos quienes la escuchan. Es la Fox lo que consume el 43% de la audiencia televisiva estadounidense. Un ciudadano que vive en suburbios residenciales, en las zonas agrarias de la América profunda, en el cinturón bíblico y el cinturón del óxido. Son ellos los que luego votan en masa a Donald Trump y pillan en calzoncillos a buena parte de los analistas internacionales, convencidos, como la 'intelligentsia' progresista urbana de Estados Unidos, de que un payaso como Trump no tenía nada que hacer.

Polarización mediática y correcciones políticas

Ocurre en todas partes que hay medios con fuertes líneas editoriales. También aquí sería difícil encontrar muchos conservadores curioseando 'Público' cada mañana o enganchados a 'Al Rojo Vivo', de La Sexta, pero lo de Estados Unidos va más allá. Demócratas y republicanos hablan lenguajes opuestos aunque todo parezca el mismo idioma, y se sienten ofendidos por aquello que para sus oponentes es lo más natural. Unos y otros reciben constantemente la peor cara de la otra Norteamérica. Guiándonos por la caricatura recíproca, son 'rednecks' contra 'social justice warriors'.

Como señala con tino Ricardo Dudda en 'La verdad de la tribu' (Debate), a estas alturas hablar de “la corrección política” es un error, porque en contextos de fuerte polarización lo que tenemos son, al menos, dos correcciones políticas tribales enfrentadas. Aquí, por correcciones políticas no hay que entender solo catálogos de eufemismos surrealistas, sino sistemas de pensamiento basados en la microagresión, es decir, en la asunción de que pequeños gestos que hace el otro tienen efectos devastadores sobre los tuyos. Esta creencia convierte las correcciones políticas en eficaces sistemas de censura y vigilancia.

Ejemplos: todo el mundo sabe que para el progre norteamericano es políticamente incorrecto que en la serie 'Friends' hicieran chistes de maricas, o que aparezca un político como Trudeau en una vieja foto con la cara pintada de negro, o la mera presencia de una estatua de Colón. Pero no es menos cierto que sus adversarios, sujetos a otra corrección política, encuentran ominoso que Colin Kaepernick se arrodille durante el himno en un partido de la NFL en protesta por la discriminación racial, o que las feministas de Femen muestren los pechos. Unos y otros coinciden en algo más que la ofensa: no toleran la presencia de una voz demasiado discordante en los medios que consideran su zona de confort mental.

Esto, a nosotros, nos afecta en lo que nos llega. Dos historias de las últimas semanas dan una idea clara de la hostilidad de los progresistas ante las voces reaccionarias. La primera es la protesta interna que ha provocado la decisión de Mark Zuckerberg de no censurar ni acotar los mensajes incendiarios de Donald Trump en Facebook, como sí se ha hecho en Twitter. En la plantilla de Facebook, muchos trabajadores consideran intolerable que el presidente pueda expresarse sin filtros en su red social, y que se le ayude a difundir lo que entienden como mensajes de odio.

Es decir: están explícitamente a favor de que se censuren determinadas opiniones, aunque estas tengan un amplio respaldo electoral. La polémica ha sido tan grande que Zuckerberg ha terminado echándose atrás. Habrá nuevas líneas de letra pequeña en las condiciones de uso de una empresa que ya suprime sin mediación mensajes potencialmente ofensivos, y también un control más exhaustivo sobre las opiniones de Donald Trump y la ultraderecha.

La otra historia es la dimisión de James Bennet, jefe de Opinión del 'New York Times', después de publicarle un artículo a un senador republicano, Cotton, que defendía que el ejército ha de tomar cartas para frenar los disturbios. El artículo era contundente, pero no decía nada distinto a lo que cada día se repite en la Fox. Es decir: era una opinión conservadora que comparte buena parte del electorado republicano. Sin embargo, aparecer en una burbuja progresista como el 'New York Times' produjo una polémica bestial.

Según el 'Chicago Tribune', Bennet había sido criticado antes por dar demasiada voz a conservadores en el periódico, y en particular por contratar a Bret Stevens. El editor se había defendido expresando su compromiso explícito con la pluralidad, y disertado sobre la necesidad de acercar las dos Américas y ofrecer a los lectores el punto de vista de sus compatriotas. Pues bien: no ha podido ser. Finalmente, ha primado la cultura de la cancelación: la misma que ha puesto tan de moda que las comunidades universitarias de uno y otro signo boicoteen conferencias de personajes que violentan su visión del mundo.

¿Por qué los nombres de estos muertos en las protestas de EEUU ni te suenan?

La corrección política de izquierdas construyó a lo largo de los años noventa un mundo mediático cada vez más confortable y seguro para las sensibilidades más hipertrofiadas, que ahora se niegan a tolerar opiniones distintas en sus medios favoritos. Como ha señalado Mark Lilla, cada vez más estadounidenses deciden mantenerse alejados de lo que piensa la mitad de su sociedad y reaccionan con espanto cuando una partícula se cuela en sus orejas.

Esto no solo pone en peligro la convivencia allí, sino en las sociedades demasiado sometidas a su influencia cultural. Y en ese paquete es donde entramos nosotros.

España is not Spain
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