Las microagresiones, explicadas a mi padre

Los teóricos de este género de maltratos exigen que se escuche siempre y se calle, puesto que cifran los debates en siglos y no en presente

Foto: Las microagresiones, explicadas a mi padre. (EFE)
Las microagresiones, explicadas a mi padre. (EFE)

Dirá usted, señor padre, que las cosas tienen que irle muy bien a un grupo oprimido para que el efecto de la tiranía se mida en algo llamado 'microagresión'. Una microagresión es, según dicen quienes las promocionan, el gesto inconsciente que delata prejuicios y discriminaciones contra las mujeres o determinadas minorías. Hasta ahí llega el 'micro', hasta el tamaño del gesto pequeño e inconsciente, puesto que sus efectos psicológicos pueden llegar a ser devastadores, siempre según los promotores de la cosa.

Un ejemplo que siempre ponen de microagresión, en este caso referida a las discriminaciones por razón de sexo, es el siguiente: 12 y media del mediodía en Montecarlo. El sol resplandece sobre la bahía, una brisa fresca agita las pamelas y las sombrillas de los cócteles. Marcela y Mario, matrimonio burgués bien avenido, disfrutan del paisaje mientras cuentan las fichas que sobraron la noche anterior en el casino.

Están en la terraza del Hotel Hermitage y han pedido una cerveza y un zumo. A lo lejos, se mecen las barcas deportivas mientras los Ferraris rugen en el anillo deportivo. La cerveza es para Marcela, el zumo para Mario. Pero, ¡ah!, cuando el camarero llega con la bandeja coloca sin preguntar, con todo descaro, el zumo delante de Marcela y la cerveza bajo las barbas de Mario. ¡Suenan las alarmas, el cielo se apaga! Marcela acaba de sufrir una microagresión.

¿Por qué ese vil camarero hijo y nieto del patriarcado ha dado por hecho que la cerveza no era para Marcela? Tras ese error, que un alma bien intencionada achacaría sin duda a la mera estadística (los hombres consumen de media cuatro veces más alcohol que las mujeres, cosa que tiene sus efectos en la mayor esperanza de vida de las féminas), está la humillación machista que no por trivial resulta menos dolorosa. Marcela frunce el ceño. El camarero no recibirá propina.

Otro ejemplo frecuente, en este caso referido a la raza. Estamos en Harvard, es otoño, los pájaros entonan su sinfonía arracimados en las copas amarillas de los árboles, el curso acaba de empezar. Barbra, hija de un importante empresario afroamericano de Oklahoma, saluda a Sarah, hija un sensible jeque tejano de los oleoductos que milita en el maltratado Partido Demócrata. Acaban de conocerse en clase de 'Rudimentos de la ética analítica precolombina o la expresión racial del barro', han tenido tiempo para mostrar sus acuerdos sobre el nefasto imperio de Donald Trump y las dos intuyen que serán muy buenas amigas.

Ha de tener cuidado con manifestar su opinión, siendo un hombre blanco y heterosexual, si va a cuestionar los sentimientos de cualquier persona

Pero hete aquí que, deseosa de agradar a la tostada Barbra, la pálida Sarah le dice presa de la imprudencia y la insensibilidad: "Qué bonito es tu pelo, ojalá tuviera yo esos poderosos rizos africanos". ¡Error! ¡Catástrofe! ¡Los pájaros huyen despavoridos! ¡Las ramas parecen de pronto las venas de un heroinómano! ¡El invierno se anticipa! Sarah acaba de poner en práctica su privilegio blanco y ha sometido a Barbra a una microagresión.

¿Por qué da por hecho que tiene derecho a valorar bien o mal las características raciales del cabello de Barbra? ¿No es consciente de que la pobre Barbra ha tenido que soportar toda su vida comentarios como este? En este momento, debido a su falta de delicadeza y previsión, Sarah solo le deja a Barbra dos opciones: humillarse y callar, haciendo ver que no está molesta, o reconvenir a su recién conocida amiga a que no vuelva a hacer un comentario como ese, poniéndose en peligro de despertar su fragilidad blanca y recibir una nueva humillación.

¿Molestias o maltratos?

Le parecerá, con toda razón, que los personajes ficticios de estas historias exageran en su reacción. Debo decirle que ha de tener mucho cuidado con manifestar su opinión, siendo usted un hombre blanco y (hasta donde sé) heterosexual, si va a cuestionar los sentimientos de cualquier persona con características menos privilegiadas. Ese cuestionamiento sería la típica microagresión. Los teóricos de este género de maltratos exigen que se escuche siempre y se calle, puesto que cifran los debates en siglos y no en presente. Usted forma parte de una tradición silenciadora y ahora debe pagar, con su empatía, el impuesto que no pagaron sus ancestros.

Verá entonces que, si bien todas las microagresiones se refieren a molestias y no a maltratos, unas son más superficiales que otras. Hay gestos que atacan a la más elemental cortesía, y le recuerdo que la cortesía y la amabilidad siempre se fastidian por movimientos involuntarios (como sería dejar escapar un eructo en una comida o un pedo en un ascensor). Por ejemplo, hablan de 'mansplaining' o machoexplicación para referirse a la tediosa costumbre de algunos hombres de explicar pedagógicamente a las mujeres aquello que estas ya saben, como dando a entender que son bobas o infantiles.

O el piropo, que con una frecuencia abrumadora supone una molestia asquerosa para los oídos de la mujer que lo recibe sin solicitarlo, por más que el hombre que lo ha soltado se vea rijoso y amable. Si usted es observador, habrá notado también que es cierto, como dicen los teóricos de la microagresión, que en muchas reuniones donde hay pocas hembras y muchos varones ellas hablan bastante menos: de la misma forma que el ambiente de un funeral parece, por su propia naturaleza, poco propicio a las carcajadas, las reuniones con mayoría de un sexo se convierten en un sitio poco apto para que la minoría levante la voz.

En el saco de las microagresiones se mezclan la chorrada propia de gente que tiene la piel muy fina con algunas poderosas inercias sociales

Hay cuestiones sociológicas que influyen en nuestra manera de comportarnos, porque todos tenemos un chip tribal en lo más hondo del cerebro, como ha demostrado el psicólogo Jonathan Haidt. De esta manera, en el saco de las microagresiones se mezclan la chorrada propia de gente con la piel muy fina con las poderosas inercias sociales, enemigas de la distinción y la amabilidad.

No diría yo que llegan a ser costumbres castradoras, porque confío en la fuerza emancipadora de los individuos, pero sí que pueden resultar molestas y fastidiosas, sobre todo para los individuos más tímidos, inseguros y timoratos. El problema, claro, es que los promotores de la microagresión quieren convencernos de que han descubierto el pecado que quema la tierra.

El pecado inconsciente

Que se cultive el estudio de las microagresiones es una clara señal de progreso y bienestar. Es dudoso que una mujer tutsi violada y quemada viva por los hutu en el genocidio de Ruanda tuviera tiempo para pensar que, antes de masacrarla, le habían puesto a ella el zumo en vez de la cerveza. La microagresión es el cimiento ideológico de la corrección política, que es la pugna por la emancipación a través de la cortesía y las buenas maneras de quienes están emancipados o a punto de emanciparse del todo.

Forma parte de esa entelequia llamada 'problemas del primer mundo', que siempre utilizamos para reírnos de las dificultades ajenas, pero que nos parecen mucho más acuciantes cuando tenemos un mal día en el trabajo y no podemos dormir como consecuencia del estrés. No es que no existan todas estas molestias, es que dependen del grado de bienestar generalizado. De ahí que llamarlas 'agresiones', aunque sean 'micro', sea el mayor error de sus teóricos. Tildar de agresión la molestia provoca más hostilidad que empatía en el presunto microagresor.

Llamarlas 'agresiones' es el mayor error de sus teóricos. Tildar de agresión la molestia provoca más hostilidad que empatía en el microagresor

Si alguien te dice que algo que has hecho inconscientemente le ha molestado —nos pasa a diario—, tu actitud será mucho más abierta y reparadora que si te sueltan que eres un puto racista o un machista recalcitrante. Las personas bienintencionadas pueden causar molestias inconscientemente, pero las buenas intenciones desaparecerán ante una acusación grave e injustificada.

Y este es, querido padre, el mayor problema de las microagresiones: sirven a los calvinistas de izquierdas para señalar el pecado inconsciente y son un arma de excomunión. Mezclan la cortesía con el maltrato y atribuyen al gesto inconsciente una malicia larvada. En vez de hacer el mundo más amable, lo hacen más arisco. Tirando de Calvino, gran teórico de las microagresiones, diremos que hacen el mundo más ginebrino.

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