Vox: cómo ser el muerto del funeral y la novia de la boda

Hay gente que necesita desesperadamente que se hable de ellos, más todavía cuando las cosas les van mal. Entonces aparecen en la boda de su prima vestidos de blanco

Foto: Santiago Abascal e Iván Espinosa de los Monteros, en el Congreso. (EFE)
Santiago Abascal e Iván Espinosa de los Monteros, en el Congreso. (EFE)
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Hay gente que necesita desesperadamente llamar la atención, que se hable de ellos, más todavía cuando las cosas les van mal. Entonces aparecen en la boda de su prima vestidos blanco y con un ramo en la mano, y en la comunión de su sobrino disfrazados de marinerito. Si se muere otro, claro, les jode, ¡cómo se atreve! ¿Qué es eso de que se hable de otro? “Egocéntrico”, se dicen, “es todo aquel que no piensa en mí”. Pues bien: hablemos de ellos un poco. Pensemos en ellos. Examinemos sus actos.

La emanación de ectoplasma nacionalpopulista que en España llamamos Vox no se recupera de que Núñez Feijóo los haya barrido por completo en Galicia y andan histéricos como pollos sin cabeza. Dije en un artículo hace poco que el freno a Vox más efectivo está en la derecha moderada y no en la izquierda, y los resultados de Feijóo han venido a darme la razón.

En Vox también lo saben: les beneficia que la izquierda haga el canelo, pero el electorado conservador estará encantado de encontrar un líder que los tranquilice y les haga la vida menos estresante. La ocurrencia de estos días, tras la debacle gallega, es doble. Por un lado, deciden no participar en el funeral de Estado por los muertos del covid-19, lo cual es feo cuando te han votado millones de españoles y no se sabe cuántos muertos. Demuestra que todo lo que dijeron el otro día, cuando Sánchez no acudió a la misa, era parte del mismo juego de siempre: hacer ruido. La otra ocurrencia ha sido atacar a Antonio Papell, al viejo estilo Echenique.

Vayamos por partes. En una democracia, un funeral de Estado es un momento que solo exige presencia y respeto a los demócratas y constitucionalistas. Punto. Pueden acudir y ser respetuosos quienes creen poco en la democracia o el Estado de derecho, siempre que sepan mantenerse callados y discretos. Es lo que hacemos los ateos cuando se nos muere un familiar creyente o alguien se casa por la iglesia. Apareces, te portas bien y dejas que los demás estén tranquilos. No te das aires de importancia porque no eres un gilipollas y por encima de tus ideas sabes que vives en sociedad. Se llama ser adulto.

¿Qué significa, entonces, dejar unas sillas vacías en un funeral y pasarte la mañana poniendo tuits? Significa lo mismo que las espantadas de la izquierda 'abertzale' durante los minutos de silencio por las víctimas de ETA: que tu ideología es inamovible, mastodóntica y cerrada; que tu actitud es fundamentalista y que eres incapaz de distinguir la política de aquello que la trasciende. Por ejemplo: el respeto y el cariño por las víctimas de una enfermedad, y por aquellos que se han dejado la piel para reducir los estragos, están por encima de lo que pueda decir un ministro o Pedro Sánchez. Es amor por la humanidad.

Vox: cómo ser el muerto del funeral y la novia de la boda

En Vox, creen en una patria distorsionada y a su medida, en la que la ideología es fundamental para recibir el DNI. De ahí que sean tan aficionados a llamar "malos españoles" a los que no piensan como ellos. No son simples nacionalistas, ni simples garrulos, sino que participan de la intransigencia talibana. Los muertos les importan mucho siempre que su enemigo no esté llorando por lo mismo. A partir de ese momento, se les cierran las persianas. Aprietan los puños, se envuelven en una bandera e irrumpen en el funeral diciendo “aquí estoy yo”.

El totalitarismo, decía el otro día una exiliada soviética en una entrevista de radio, tiene un importante matiz que viene a cuento. Significa que todo es político, y que por tanto no hay gesto, palabra o comportamiento que no pueda ser politizado, aprovechado políticamente, reprochado desde una posición política. En este sentido, Vox participa del totalitarismo en el que también juegan algunos de sus enemigos y que nos hace la vida imposible a los demás: dado que todo es política, hasta el dolor por un muerto, no me sale de los cojones ir a ese funeral. Politicemos la muerte, vaya. Y quien tenga que vomitar, que vomite.

Vox: cómo ser el muerto del funeral y la novia de la boda

¿De qué manera dicen "aquí estoy yo" cuando deberían estar callados, poniendo cara de pena aunque no la sientan? Pues a la manera populista: disparan en todas direcciones confiados en que se les haga caso. Prueban a decir la burrada más gorda del día. La han tomado con Antonio Papell, que ahora supuestamente es un rojo peligroso infiltrado en Vocento. Esta costumbre de señalar periodistas, de la que ya he escrito bastante, es rentable para los populistas de izquierda y derecha: les permite desahogar su odio a la crítica y asegurarse apariciones en los medios de comunicación. 'Win-win', que dicen los 'yuppies'.

Detrás de estos señalamientos hay odio a la libertad, sí, pero sobre todo oportunismo. Prueba de ello es que mi compañero José María Olmo fue una rata de cloaca para Podemos cuando dio exclusivas sobre el caso Dina, y a los cuatro días el mismo partido utilizaba sus exclusivas sobre la corrupción de Juan Carlos de Borbón. ¿Nos aclaramos? Sí, nos aclaramos: puro juego oportunista, y ganas de llamar la atención.

Pero por mucho que pataleen, el único mensaje que resuena por encima de sus cabezas incendiarias hoy es el siguiente: a) España llora a sus muertos y no necesita a los nacionalpopulistas para recordarlos; b) una derecha moderada puede ser la escoba que barra debajo de los muebles, como ha pasado en Galicia, a los patrioteros de tres al cuarto diseñados para crispar y asaltar el poder. Así que lo han conseguido: ¡a lo mejor terminan siendo el muerto (político) ellos! Será un hermoso funeral.

España is not Spain
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