Cómo seguir siendo monárquico después del Bribón

La república que sueñan los románticos españoles es una trampa de sentimentalismo. Dado que la destruyó Franco, se ve como la oportunidad perdida

Foto: Juan Carlos I a bordo del Bribón, en una foto de archivo.
Juan Carlos I a bordo del Bribón, en una foto de archivo.
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Pocas cosas habré dicho que me hayan granjeado tantos enemigos en la izquierda como que prefiero una monarquía a una república para España. Esto se considera una herejía gravísima si uno no es de derechas, como es mi caso. He oído decir que no es democrática una monarquía pese a que algunos de los países más democráticos y avanzados del mundo (Noruega, Dinamarca, Reino Unido, Bélgica, etc.) son monarquías y a la evidencia, todavía mayor y aplastante, de que en España no hemos vivido más democracia estable que esta.

La república tiene también buenos ejemplos de desarrollo (Estados Unidos, Francia, Italia, Alemania), porque un país no lo hace su jefatura del Estado, sino su ciudadanía, su cultura y su clase política. Pues bien: esos son los tres elementos que han hecho en España que la experiencia sea desastrosa las dos veces en que se ha intentado. La república que sueñan los románticos españoles es una trampa cargada de sentimentalismo. Dado que la destruyó Franco e impuso su dictadura, se entiende como la gran oportunidad perdida. Esto es un ejercicio de historia ficción.

Es falso. Nuestra oportunidad fue la democracia del 78, y no se perdió. Parece más fácil valorar lo que no se ha tenido que lo que sí se tiene, pero los nacidos después de la dictadura nos hemos criado en un país espectacular con un grado de libertad y derechos humanos a la cabeza en todos los 'rankings' mundiales. Si los viejos republicanos hubieran conocido la España constitucional la hubieran apoyado. Si hubieran visto cómo menguó la desigualdad endémica española varias décadas seguidas, habrían flipado. De hecho, los que estaban vivos entonces, lo hicieron.

Hay que recordar que Franco fue solo el último enemigo de la II República. Pintar aquella república como roja es soñar. Estuvo dominada más de la mitad de su existencia por una derecha recalcitrante y el resto de su historia está marcada por las cacicadas, la violencia y la conspiración. El salto adelante educativo, los proyectos inconclusos de transformación social y los aires de libertad son la nota al pie de un colapso político. Todo lo que la república española soñó se consiguió, paradójicamente, con nuestra monarquía.

Hay un chip trampa en la mentalidad republicana de la izquierda: pensar que una república hoy sería buena para la izquierda. Esto es alucinar. ¿Es que no veis la composición del Congreso de los diputados? ¿No os dice nada la composición del Senado? España no es un país de izquierdas, es un país dividido. Esto implica que una república sería justo eso, y habríamos perdido una pieza no partidista que mediase, en caso de necesidad, entre los que se quieren matar.

Leer los agónicos diarios de Manuel Azaña, publicados en un solo tomo del grosor de la pieza que te mata en el Tetris, es la forma más rápida de quitarle todo el romanticismo a la idea de la segunda república. Aquí siempre nos hemos tenido demasiadas ganas, siempre hemos sido demasiado partidistas como para que una república no saltase por los aires. Es imposible imaginar hoy políticos adecuados para una jefatura del Estado no partidista y fracturadora.

Pienso que a los de la tricolor se les quitaría el romanticismo en cuanto José María Aznar acabara de jefe de Estado. Y este no me parece un mal argumento para preferir una monarquía constitucional: el rey podrá tener sus ideas, pero le pone buena carita a presidentes de izquierdas y derechas y no se mete. Salvo ante una amenaza de ruptura del Estado como las emprendidas por los independentistas o los militares en el 23F, el rey se dedica a ir por el mundo dando buena imagen de un país digan lo que digan sus políticos. El problema es que aproveche para forrarse. Después iré con esto.

Pienso que a los de la tricolor se les quitaría el romanticismo en cuanto José María Aznar acabara siendo el jefe de Estado

Una figura gris, no teñida de color político, me parece muy importante en un país politizado, crispado y dividido. Que haya un garante del sistema y se mantenga en silencio sobre las cuestiones de partido me parece impensable si esa persona ha brotado de cualquiera de los partidos políticos. Podríamos pensar en elegir a una figura no partidista, un catedrático, un Premio Nobel de la paz, para la jefatura del Estado, pero sabemos que es un sueño. Nuestros políticos han metido sus zarpas donde han podido. ¿Vamos a darles otra casilla para colocar a su favorito? Sinceramente, preferiría no hacerlo.

¡Lacayo!

Por defender esta postura me han dicho lacayo muchos de los que se refieren a Iglesias como "Pablo", como si lo conocieran; también los que se ponen fotos de los políticos presos en la cuenta de Twitter y se van a aplaudir a la calle, o los que son del todo incapaces de hacerte una lista de cinco errores garrafales en la gestión de la crisis sanitaria de Sánchez. El lacayismo, me disculparéis, aquí es epidémico. Considerar que una monarquía es el menor de los males ni siquiera implica lamer ningún culo. Y aquí es donde viene la segunda parte.

Felipe VI y el rey Juan Carlos reciben en audiencia en el Palacio de El Pardo en una foto de archivo. (EFE)
Felipe VI y el rey Juan Carlos reciben en audiencia en el Palacio de El Pardo en una foto de archivo. (EFE)

El rey demérito Juan Carlos I merece ser juzgado y avergonzado. Merece soltar la pasta de la que se ha lucrado por ahí: bastante le pagamos para que viva bien. No tengo ninguna esperanza de que sea así, y esto es un fallo horrible de nuestra monarquía.

Su corrupción, su enriquecimiento y vete tú a saber cuántas bribonadas más son un producto de la inviolabilidad, es decir, de la complicidad del Estado. Pienso que una monarquía tiene ventajas respecto de una república, pero lo que no tiene sentido es defender a un rey que nos ha defraudado. Veo, estos días, monárquicos verdaderamente lacayos dispuestos a perdonarle a Juan Carlos su evasión, y me parecen los enemigos más letales de una monarquía constitucional.

La repulsa a Juan Carlos ni siquiera es la enmienda a su legado. Su reinado aparecerá en los libros de historia como la mayor época de paz y prosperidad de España, pero nos avergonzarán si no fuimos capaces de hacerlo desfilar ante los jueces. Que el rey haya hecho cosas bien no implica que los españoles le debamos pleitesía. Y tampoco a su hijo Felipe. Una monarquía invulnerable pudo tener sentido en una España frágil y amenazada por la dictadura, pero hoy toca arrebatarle a la monarquía toda su opacidad.

El sistema de la monarquía constitucional ha tenido luces y ahora están saliendo todas las sombras, y son vomitivas. Un sistema requiere crítica constante, incluso caricatura mordaz. Si seguimos viviendo con un rey, este ha de saber que España no le pertenece ni le rinde pleitesía más allá de las normas de etiqueta. Que no tendrá la complicidad de la prensa y del poder político, y que será castigado si defrauda. Habrá que dejarle claro cuál es su sacerdocio y qué límites tiene. Y tendrá que ser vigilado, como cualquier otro, con las cuentas abiertas.

Si España no es capaz de ser crítica y vigilante con sus monarcas, entonces merece una república, y que sea lo que Dios quiera. Pero la corrupción no es un motivo para abolir un sistema. La corrupción vive en todos los sistemas donde hay gente dispuesta a enriquecerse. La monarquía ha sido corrupta con Juan Carlos. También la clase política lo ha sido, pero la corrupción de Pujol, el PP o el PSOE no implica que haya que derribar la democracia, sino que hay que vigilar y castigar a quienes aprovecharon el sistema para forrarse.

Veo monárquicos lacayos dispuestos a perdonarle su evasión, y me parecen los enemigos más letales de una monarquía constitucional

Así que yo defiendo la monarquía constitucional frente a la república para España, sí, pero ni soy gilipollas ni soy acrítico. Si la monarquía sigue siendo intocable no me interesa. Y, si quiere perpetuarse, tendrá que aceptar nuestras reglas y restaurar toda la legitimidad que Juan Carlos le ha arrebatado. Para esto, primero hay que entregar al rey a la justicia. Y después hay que reformar el sistema para que la crítica y la vigilancia sean la pauta normal.

Flaco favor hacen a la monarquía reyes como Juan Carlos y monárquicos fanatizados dispuestos a seguir con la actitud pelota y cómplice que hizo posible su corrupción. Con aliados como estos, la monarquía española morirá pronto. Que lo que venga después sea mejor, en fin: leo la prensa política a diario. Permitidme que lo dude.

España is not Spain
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