El mayor problema de España es la vivienda y el PSOE pasa de arreglarlo
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Juan Soto Ivars

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El mayor problema de España es la vivienda y el PSOE pasa de arreglarlo

Ábalos intentó justificar la decisión de romper el acuerdo alcanzado con Podemos para regular los precios del alquiler. Dijo que la vivienda es un derecho, pero también un bien de mercado

placeholder Foto: Concentración de la Coordinadora de Vivienda de Madrid en la Puerta del Sol. (EFE)
Concentración de la Coordinadora de Vivienda de Madrid en la Puerta del Sol. (EFE)

Entre mis amigos urbanitas, hay dos grupos: los que pagan alquiler y los que heredaron piso. La diferencia es tan evidente como discreta. Algunos hay que pasados los 40 se hipotecaron, pero estos pertenecen a una rama del primer grupo, todavía más agónica en caso de que vengan mal dadas. Son los otros, los que heredaron piso de sus abuelos o sus padres, los privilegiados. ¡Ah, qué palabra manoseada, qué prostitución de vocablo, 'privilegio'!

Yo hablo de los económicos (que no tengo), porque los identitarios (me dicen que los tengo) me parecen una mierda. Quizá me equivoco porque los privilegios son, por encima de todo, categorías discretas para el interesado. Si la vida se te entregó con un extra, puedes llegar a creer que venía de serie y olvidarte de lo que son las cosas para los que carecen de ello. Como cuando fuiste a un colegio exclusivo al que te mandaron tus padres sin tu consentimiento, puedes llegar a creer que lo tuyo es lo contrario de que te toque la lotería, parte del orden natural. Yo mismo tardé muchos años en comprender qué privilegio fue el hecho de que mis padres, que no tenían nada ni eran amigos de nadie, al menos leyeran libros.

Siguen las discrepancias en el Gobierno por la ley de vivienda

Pues bien: algo mucho más radical, mucho más vertebrador de una vida privilegiada es la posesión heredada de una vivienda en una gran ciudad española. Y digo heredada porque la gente de mi edad, si se hipoteca, paga hasta que muere. Sin embargo, mis amigos con piso heredado se quejan de la misma precariedad que los demás, y no les quito razón cuando lo hacen. Yo soy yo y mis circunstancias.

Es un hecho que todos podemos perder el curro de la misma forma vertiginosa y fatal, pero solo un grupo tendrá las ojeras menos pronunciadas en caso de que esto ocurra. En un mercado inmobiliario salvaje donde la vivienda se come una parte sustancial de tu salario, gritar “¡casa!” en caso de pánico provoca el mismo tipo de salvación existencial que en el juego del pilla-pilla. Si la posibilidad de verte en la calle ha desaparecido de tu ecuación vital, estás muchos metros por encima de los demás.

Paréntesis para liberales: no hablo de que te caigan en herencia, por ejemplo, dos casas en un pueblo de mala muerte donde no quieres vivir y además te freirán a impuestos. No hablo de recibir un marrón con forma de pufo impositivo, sino de recibir heredado un bien de primera necesidad del que no solo careces, sino que no puedes permitirte obtener. Hablo de un mercado que ya está intervenido, no por el Gobierno, sino por oligopolios inmobiliarios 'de facto'. Sigamos.

Foto: El ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, José Luis Ábalos. (EFE)

Tengo un amigo que heredó de su abuela un piso de seis habitaciones en el centro de Madrid cuando tenía 20 años. Es un tío generoso y simpático, y las puertas de su palacio siempre estaban abiertas a los fiesteros y a quien fuera de visita a la ciudad. Ahora frisa los 40 y alquila habitaciones del 'ala oeste'. Con eso y cuatro colaboraciones, se ha olvidado de la angustia económica. Pues bien, ¿creéis que se siente afortunado?

En absoluto: le va mal en el amor, no se le valora el talento como a él le gustaría y percibe su vida como un pozo de agua estancada: se aburre. Ninguna tormenta económica lo expulsará de la gran ciudad, pero a él le parece que todo le va mal y que la vida le sonríe más al resto. Un día le dije que es así como se divide, para mí, la gente en una sociedad que ha permitido que la vivienda se convierta en su problema fundamental, y no lo entendió. Pues bien: el problema no es que no lo entienda mi amigo. El problema es que no lo entiende el PSOE.

El Partido Socialista ha renunciado no solo a solucionar el problema, sino a verlo. Ábalos intentó justificar la decisión de romper el acuerdo alcanzado con Podemos para regular los precios del alquiler. Dijo que la vivienda es un derecho pero también un bien de mercado, y ahí estaba delatada su molicie o su ceguera. Ignoro si la limitación de precios por arriba es la mejor opción del mundo, pero sé que los incentivos al alquiler que propone el PSOE no han funcionado en el pasado. Incentivar el mercado del alquiler es, también, promover que sigan subiendo los precios.

Foto: Los alquileres caen un 8% en medio de la batalla en el Gobierno para limitar los precios. (iStock)

Volvamos un momento al mundo anterior a la crisis del ladrillo. Entonces, los socialistas también dieron incentivos y ayudas para el alquiler. ¿Qué pasó con los precios? Con frecuencia, el mercado se colocó por arte de magia por encima de esas ayudas. Si el Estado te daba 200 euros para echarte un cable, la propiedad subía 200 euros el alquiler y tú terminabas pagando lo mismo. Conozco de primera mano muchas historias como esta.

Después del crac, los precios bajaron, pero también lo hizo el poder adquisitivo, con lo que los españoles de alquiler siguieron sufriendo con la misma intensidad. Y cuando el sector se recuperó, no lo hicieron lo bastante los sueldos. El 'boom' de los pisos turísticos fue la puntilla a un mercado donde el pequeño, que busca un bien de primera necesidad, ha de competir con gigantes especuladores. Y esta es la situación hoy día: estamos obligados a participar en un mercado de bienes esenciales donde las decisiones las toman los fondos buitre y las grandes propiedades. Y el Gobierno no se atreve a intervenir.

A la generación de mis padres la abroncaron por comprar en vez de alquilar, pero resulta que esta fue la decisión más inteligente que tomaron. Tengo una amiga en Madrid cuya madre, que era una profesora de Secundaria tirando a 'hippy', decidió comprar un piso y una buhardilla por cuatro duros en un edificio de la calle Espíritu Santo cuando aquello era un pinchadero de yonquis. Aquella decisión, en apariencia loca, hizo más por el bien de sus dos hijas que obligarlas a estudiar. De las carreras, solo una de las dos ha logrado sacar un buen curro, pero las dos tienen donde caerse muertas.

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