Afganistán o la cultura de la conmoción
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Juan Soto Ivars

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Afganistán o la cultura de la conmoción

Una noticia o una serie nos atrapa y bulímicamente la devoramos como langostas, pero empezamos a olvidarla en cuanto nos pasa la siguiente por delante

placeholder Foto: Dos hombres pasan ante un salón de belleza en Kabul. (EFE)
Dos hombres pasan ante un salón de belleza en Kabul. (EFE)

Afganistán es ahora mismo una brasa que termina de consumirse en mi pantalla, esa caldera donde echamos a toda prisa otro leño —otro escándalo, otro tema— que provoca nuevas llamas fascinantes en lo que tarde en consumirse, y cuyo resplandor se apaga justo antes de que caiga dentro otro leño, otro escándalo, otro tema. Como el hámster que corre con frenética determinación dentro de la rueda, siempre hacia ninguna parte, nosotros vertemos millones de comentarios compungidos y escandalizados en cada ciclo de la lavadora. Los objetos de nuestra conmoción varían sin parar, pero la conmoción se mantiene estable.

En Afganistán las cosas irán de mal en peor, pero nosotros ya habremos pasado a otra cosa. Encontrar noticias sobre la marcha del país será cada vez más difícil, ocuparán menos espacio en los periódicos y televisiones, su influjo habrá desaparecido por completo de las redes sociales. La ausencia de información solo será un problema para algunos individuos capaces de mantener su interés, pero la gran mayoría (la masa que en cada ciclo logra convertir cualquier cosa en actualidad) habrá olvidado hasta el nombre de la capital. Afganistán no es más que un ejemplo de cómo funciona la cultura de la conmoción.

Es increíble pensar que sigue habiendo una guerra en Yemen, o que un terremoto espeluznante sacudió Haití mientras Afganistán hacía girar los ojos y las palabras sobre su eje. Los talibanes van puerta a puerta buscando a los que colaboraron con el gobierno títere, se producen las primeras 'razzias' y ejecuciones sumarísimas, mientras vuelan por Twitter los vídeos de los bárbaros jugando con las máquinas de un gimnasio o conduciendo coches de choque y los gobernantes emplean palabras tibias para el nuevo régimen. Un relato coherente necesita estructura, pero consumimos los hechos en un entorno que atomiza cualquier narración.

Foto: Un talibán, en un punto de control de Kandahar, tras la toma de Kabul. (EFE)
Quién es quién en el Afganistán talibán
T. Fariñas Infografía: Rocío Márquez

El contenido disperso compite por despertar un interés corto y absorbente. Jugamos en esta bolsa los medios de comunicación, las plataformas como Netflix y cada uno de los usuarios de Twitter. Practicamos un simulacro del compromiso, como los que juegan a Tinder practican un simulacro de la relación. Una noticia o una serie nos atrapa y bulímicamente la devoramos como langostas, pero empezamos a olvidarla en cuanto nos pasa la siguiente por delante. Nada se queda con nosotros. Nos deslumbra el brillo de las puntas de los icebergs. En una navegación continua, avistamos islas, pero rara vez desembarcamos.

Esta dispersión del interés, esta prisa por dejar atrás lo que queda obsoleto y hablar de lo nuevo para no quedar atrás, explica que tanta gente, ante cualquiera de los temas que van imponiéndose encima de los otros, arrime el ascua a su sardina. Así, Afganistán podrá ser una excusa para abominar del islam en un barrio, y un pretexto para hacer comparaciones disparatadas entre la opresión de las afganas y las españolas en el barrio de enfrente. Se instrumentaliza cada tragedia y se utiliza para repetir el discurso programado. Cada asunto terrible y anárquico se convierte en la coartada para hablar de uno mismo.

Para muestra de lo que digo, este artículo. Cualquier otro asunto de actualidad me hubiera servido para escribirlo. La caída de un niño en un pozo y las labores de rescate, una violación en grupo en una capital de provincia, los incendios forestales de Oregón, el choque de un avión contra un rascacielos en Nueva York. Escribo desde la impotencia y el desconcierto buscando una conclusión que me permita decir algo coherente, pero al mismo tiempo, sin proponérmelo, compito con el resto de articulistas y tuiteros, hago gorgoritos y volatines, trato de llamar tu atención. Es imposible acercarse al ruido sin utilizarlo o ser utilizado por él.

Foto: El ministro de la Presidencia, Félix Bolaños. (EFE)

En realidad no hago más que dejar constancia de mi propia limitación, que considero compartida con vosotros. He pasado unos días compungido por el destino de los afganos. He visto con horror las imágenes del aeropuerto de Kabul y los tipos cayendo a plomo de los aviones que despegan, he leído los artículos de fondo y he aplaudido a las afganas que protestan, he admirado a la corresponsal de la CNN, se me han revuelto las tripas con los primeros indicios de la caza implacable del disidente que seguirá en marcha cuando yo esté hablando de cualquier otra cosa. Mi conmoción es tan sincera como inconsecuente.

La cultura de la conmoción nos provee de trajes para vestirnos a la moda, para quedar muy bien delante de nuestro público, para fingirnos en marcha y activos, cuando no lo estamos en absoluto. Pero la agitación, nos recuerda Jorge Freire, es lo contrario del movimiento.

Afganistán es ahora mismo una brasa que termina de consumirse en mi pantalla, esa caldera donde echamos a toda prisa otro leño —otro escándalo, otro tema— que provoca nuevas llamas fascinantes en lo que tarde en consumirse, y cuyo resplandor se apaga justo antes de que caiga dentro otro leño, otro escándalo, otro tema. Como el hámster que corre con frenética determinación dentro de la rueda, siempre hacia ninguna parte, nosotros vertemos millones de comentarios compungidos y escandalizados en cada ciclo de la lavadora. Los objetos de nuestra conmoción varían sin parar, pero la conmoción se mantiene estable.

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