Épica

Puerta grande a la fiesta en una corrida heróica en la que una lluvia de cuidado no impidió que los diestros llevasen a cabo sus faenas con templanza y buenos pases

Foto: El diestro Alejandro Talavante da un pase a uno de sus toros en el decimoctavo festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)
El diestro Alejandro Talavante da un pase a uno de sus toros en el decimoctavo festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)

Plaza de toros de las Ventas. Viernes 25 de mayo de 2018

18ª de feria. Lleno de no hay billetes en tarde fresca y con lluvia intermitente y rachas de viento molesto. Arreció la lluvia en el cuarto hasta desatarse una tormenta épica.

Seis toros de Núñez del Cubillo de entre 542 y 620 kilos, serios y grandes pero algo desiguales, con kilos y de buen juego y transmisión en general. El tercero fue devuelto al lesionarse y sustituido por un buen toro de Conde de Mayalde de 600 kilos alto y grande, pero que embistió con emoción y peligro. Bueno también el jabonero sexto.

Juan Bautista de azul y oro silencio y ovación.

Alejandro Talavante que sustituía al lesionado Paco Ureña, de gris plomo y oro dos orejas y ovación.

López Simón de azul pavo y oro, oreja y oreja.

Narremos hechos legendarios o ficticios. Glosemos odas a guerreros o villanos. Cantemos gloria de episodios nunca vistos, convirtámonos todos en rapsodas que hagan de la épica su causa. Busquemos en la observación aristotélica la diferencia entre lo descrito y lo narrado. Trabajemos hexámetros y versos alejandrinos mientras salimos toreando de la plaza, reclamando inspiración en la epopeya, disfrutando de haber sido testigo de lo que pudo ser cantar de gesta, o mito, o relato, o novela... o nada.

Y es que para quien no lo haya visto igual, esto queda en nada. Y es que ha sido épica la tarde y no encuentro las palabras. No encuentro ni el modo ni el medio de describir lo que siento al ser testigo agraciado de lo que viene siendo la épica del buen toreo.

Seis toros como seis castillos, lluvia que inunda la plaza, tres toreros como los antiguos, capaces de dejar su alma entre los toros de Cubillo y el peligroso barro de la plaza. Naturales kilométricos, cambios de mano que no acaban, doblones dominadores, remates que tienen gracia. Verdad en todos los cites, muletas siempre muy planas. Buen gusto y arte, y toreo y las telas arrastradas.

El diestro Alejandro Talavante tras cortar dos orejas en el decimoctavo festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)
El diestro Alejandro Talavante tras cortar dos orejas en el decimoctavo festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)

Faenón de Talavante con todos los ingredientes que necesita la épica para glosar a su héroe. Bien plantado Talavante, desde el vestido precioso, el peinado amanoletado y el gesto de "hoy he venido a sustituir a Ureña, prepararos todos".

Y ya desde el comienzo, con seis doblones seguidos por el mismo pitón derecho, demostraba ya con hechos el lenguaje corporal que denota que una figura ha venido a torear. Grandiosos los naturales, templados y despaciosos. Con ese temple infinito que Dios le dio a nuestro héroe. No se puede torear más despacio y más bonito. No se puede explicar, no alcanza prosa ni verso a relatar las sensaciones que experimenta el cuerpo cuando el arte te vibra enfrente con un toro y un torero. Remató con señorío repitiéndole los pases que le diera genuflexo al comienzo de faena al buen toro Cacareo.

Y enterró la espada firme y cortó las dos orejas dando paso al delirio que solo genera esta fiesta. Y firmó con ese gesto de sustituir a un torero su ya quinta puerta grande. ¡Qué emocionante el toreo, qué belleza, qué disfrute!

Pero la épica de héroes se remató con guerreros y apareció un madrileño, discreto, tímido y valiente. Y ante un brutal, por grande, sobrero de Conde Mayalde se plantó y salió ileso después de mostrar su arte. ¡Qué gran temple de Simón! ¡Qué buen gusto! ¡Y qué coraje! Brutales las volteretas que querían destrozarle el ánimo, el alma y las piernas y que lo único que hicieron fue de verdad encumbrarle. Encumbrarle por valiente, por dispuesto y por artista. Porque los muletazos tan lentos, tan bellos y altruistas no aparecían ni de lejos hace años a mi vista. Sublime López Simón con un toro más difícil al que consiguió, ni sé como, arrancarle una oreja que no tardaría en hacerle pensar en abrir también la puerta grande.

El diestro López Simón sufre una cogida en el decimoctavo festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)
El diestro López Simón sufre una cogida en el decimoctavo festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)

Y como para la épica siempre viene bien lo extremo, no se quién decidiera abrir de nuevo los cielos. Y ahí que mandó la lluvia rematando el decorado, pero no una lluvia cualquiera, una lluvia de cuidado. Llevamos ya varios días con algo arriba bien roto o cuando llega la corrida algún angelito cabrón abre el grifo como un loco. El caso es que era imposible poder seguir toreando y tanto el francés Bautista, como el loco Talavante decidieron por cojones echar la corrida adelante. López Simón opinó de lejos, que estaba en la enfermería reponiéndose de golpes, pisotones y heridas, y gritó, que todos le oímos, que mataba al que pensara en suspender la elegía, que el tenía esa oreja que vale su peso en oro. Y lo vale sobre todo cuando sabes que en chiqueros te espera un toro jabonero precioso y proporcionado... Y que tiene dos orejas que llevarte a las manos.

Y Simón, roto por las volteretas, se rompió con la muleta en ese océano profundo que era el ruedo y son las Ventas. Con todo el público implicado, imbuido de la épica, callados los quisquillosos y disfrutando de veras, rompió el pueblo a jalear los buenos pases del torero y acabó con una oreja arrancada al jabonero.

Y puerta grande a Simón, puerta grande a Talavante y puerta grande a la fiesta... Y puerta ya a esta historieta que, tratándose de épica, mejor que que te lo cuenten, es pasarse por las Ventas.

Feria de San Isidro

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