"Confusos y dañinos": cómo los libros nos han vuelto más tontos

Una sobredosis de información que volverá a la gente idiota. No hablamos de los móviles, sino de algunas de las críticas y miedos vertidos sobre la imprenta, que hoy parecen ridículos

Foto: Marilyn Monroe
Marilyn Monroe

"La sobredosis de información es confusa y dañina para la mente humana", aseguraba un eminente investigador. En una época en la que vivimos pegados a una pantalla parece imposible no estar de acuerdo con él: las nuevas generaciones están idiotizadas por smartphones, apps y redes sociales. El problema es que esa frase pertenece al suizo Conrad Gessner, padre de la zoología moderna, que falleció en 1565. Así es, el naturalista escribió esas palabras en referencia al libro y la imprenta. ¿Cómo podría alguien pensar que unas páginas con letras pueden ser tan malas como un móvil?

En seis siglos, el único avance comparable a la invención de la imprenta ha sido internet

El miedo a lo nuevo es tan viejo como el ser humano. La aparición del libro tampoco estuvo exenta de críticos, tecnófobos que aseguraban que semejante invento del demonio haría a la gente menos inteligente. En esa época todavía se dependía en buena parte de la memoria. La ausencia de un sistema accesible y sencillo de almacenar información obligaba a desarrollar una capacidad que hoy resulta tan prodigiosa como innecesaria.

Es el caso del poeta inglés John Donne, quien podía memorizar sermones larguísimos. Podríamos pensar que la aparición del libro supuso un descanso para el cerebro del británico, pero su generación renegaba de los textos impresos en favor de un buen manuscrito. "Concedemos que las imprentas son un buen almacén, pero reverenciamos más lo escrito a mano", aseguraba.

Pasajeros leen el periódico a bordo de un tren
Pasajeros leen el periódico a bordo de un tren

Donne pasó por el aro y finalmente publicó algún libro impreso, pero nunca pudo abandonar la costumbre de memorizar sus sermones. La cultura prelibro de la que provenía era demasiado fuerte como para ceder ante el progreso. Pero el temor a que la letra impresa volviera idiota al ser humano es todavía más antiguo. En uno de los diálogos de Platón, el personaje de Sócrates ya advierte del peligro de la escritura:

"Habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad", comenta mientras critica los perjuicios de perder la capacidad de memoria.

Habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes

No es difícil imaginar el impacto que debió suponer la popularización del libro: el único avance comparable a la invención de la imprenta es internet. Con una diferencia de casi seis siglos, ambos lograron democratizar la cultura, aumentar el nivel de información del público general hasta límites entonces inimaginables y cambiar nuestra forma de pensar. ¿Para bien o para mal? Digamos que para adelante.

Porque no me refiero sólo a nuestra forma de pensar en cuanto a ideas, sino a la manera en la que nuestro cerebro funciona y procesa la información. Conforme los libros se extendían por todo el mundo, las memorias monstruosas se volvían innecesarias. El ser humano siguió almacenando datos en su cerebro, y probablemente siempre lo hará ("el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos"), pero gracias a la tecnología pudimos dedicar parte de la potencia neuronal en otros menesteres.

Si la memoria fue la gran víctima provocada por la imprenta, la concentración es la mayor damnificada por internet. Leer dos páginas de un libro sin consultar el móvil cada vez es más difícil para una generación acostumbrada a las píldoras de información de 140 caracteres. Como escribo esto en 2015 es todavía pronto para saber si esto será nocivo para el ser humano y desembocará en un apocalipsis zombi, pero mi apuesta es que sólo supondrá un progreso en nuestra forma de pensar que hoy nos resulta tan difícil de entender como le pasaba a Donne con los libros.

Sí a las críticas positivas

Tan ridículas pueden parecer hoy las voces de intelectuales como Gessner que alertaban contra los libros como las que hoy advierten contra los peligros del smartphone, la nueva caja tonta objeto de debate. Lo verdaderamente idiota es pensar que alguno de estos avances han supuesto, netamente, un retroceso para la Humanidad.

La memoria fue la gran víctima del libro, mientras que la concentración es la principal damnificada de internet

Nada de esto quiere decir que internet sólo tenga cosas buenas. Que Belén Esteban tenga más libros publicados que yo es la prueba de que la imprenta también trajo desgracias. En mi opinión, lo importante es dejar de lado la tecnofobia rancia y cuñada para centrarnos en las críticas importantes que sí supondrán un progreso para el mundo, desde la privacidad a la libertad de expresión.

Las críticas a las nuevas tecnologías resultan más extrañas conforme nos alejamos de nuestro siglo. Podemos comprender el miedo a la radio y la tele, pero nos parece estúpido recelar de algo tan fundamental como la imprenta, y quizá eso deba hacernos reflexionar. Si a pesar de ello todavía le preocupa haber perdido la memoria y la concentración por culpa de Gutenberg y Steve Jobs no se preocupe: el cerebro es un órgano con gran capacidad de entrenamiento. Todo depende del uso que le demos.

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