La gran mentira de la nueva economía: prometieron innovación y trajeron miseria

España se ha llenado de empresas que se autodefinen como innovadoras... precarizando a todo el mundo e imponiendo sus reglas. Y si lo criticas, eres un carca, un burócrata o un tecnófobo

Foto: Foto: Reuters.
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¿Recuerdas cuando hablábamos de la nueva economía e incluso de la economía colaborativa? ¿Cuando contábamos todas sus maravillas? ¿Cuándo resaltábamos el avance y la innovación que suponía? ¿Cuando enumerábamos las ventajas para todos los usuarios? ¿Cuando alabábamos que suponía un cambio de filosofía social y un ahorro para todos los ciudadanos? Pues era un completa y absoluta estafa.

Nos la han colado, pero bien, y ahora nos va a costar quitárnosla de encima. Porque bajo el falso paraguas de la nueva economía, el ahorro económico y el empoderamiento ciudadano se escondía otra realidad: la de la precariedad, la pseudoexplotación de trabajadores (alguno incluso duerme en plena calle) y el enriquecimiento de una serie de empresas tecnológicas que, básicamente, pretenden hacer lo que les dé la gana sin que nadie les ponga una sola traba. Y el que se atreva a hacerlo será tachado de carca, de enemigo de la innovación, de burócrata y de ponerle puertas al campo. Con dos coj... narices.

Así se gestó la farsa

El término 'economía colaborativa' tiene sus orígenes en 2010, pero en nuestro país empezó a llegar en 2012. El contexto era perfecto: en lo más hondo de la crisis económica, el término se abría camino a pasos agigantados con unos ingredientes que a todo el mundo podrían encantarles:

  • El usuario accede a productos o servicios de manera económica
  • El prestador de ese servicio, fíjate tú por dónde, se gana un dinerín dando uso a un bien infrautilizado
  • Tras ello había una filosofía inspiradora: la de la colaboración y el empoderamiento de los ciudadanos
  • Desaparecían los intermediarios: todo el mundo sabe que, en las revoluciones sociales, Hacienda sobra
Foto: EFE.
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Con estos ingredientes, el plato no podía ser más apetecible y empezaron a popularizarse las 'startups' de este tipo: la que te ofrece buscar a un fontanero rápido, la que te encuentra un alojamiento para el puente, la que te hace hueco en un coche... todas ellas, además, corrieron a autoincluirse dentro del sector de la economía colaborativa. No tardaron mucho en llegar las grandes, como Uber o airbnb, que tuvieron reservas a la hora de autodenominarse economía colaborativa, pero estaban encantadas de que se les incluyese en ese grupo de empresas innovadoras que iban a cambiar el mundo. En España, de hecho, incluso se creó una asociación de empresas de economía colaborativa. Con el tiempo, el término, quizá un poco gastado, acabó quedándose en 'nueva economía'.

Hay una cosa que estas empresas hicieron muy bien: colocar al usuario en el centro de todo. Las mayores empresas de internet siempre basaron su éxito precisamente en eso, en poner el beneficio del usuario por delante de cualquier cosa, incluso por delante de los propios ingresos de la empresa. Porque si el usuario está contento, la demanda crecerá y la rentabilidad llegará antes o después.

Además, todas ellas se autoatribuyeron dos palabras tan positivas como gastadas: innovación y disrupción. Innovación, porque hacían algo que nadie más había hecho nunca; y disrupción, porque venían dispuestas a entrar en sectores con gran carga burocrática o legal (el taxi, el transporte interurbano, los servicios profesionales, el alquiler de productos...) para modernizarlos, quitarles el olor a rancio y empoderar, al fin, al pobre usuario harto de los lobbys monopolísticos.

Foto: EFE/Toni Albir.
Foto: EFE/Toni Albir.

No diga innovación, diga explotación

Sin embargo, con el paso del tiempo, a la autodenominada nueva economía se le ha ido cayendo la máscara. Sus ingredientes ya no componen un plato de cinco estrellas, sino el trozo de pizza grasiento que te comes a las 6 de la mañana cuando sales de una discoteca para llevarte cualquier cosa a la boca:

  • Los prestadores de servicios se encuentran con dos opciones, a cual peor. Si trabajan para una empresa que no les obliga a cotizar, hacen un trabajo en negro y ganan cuatro duros de espaldas a la ley. Y si trabajan para una empresa que les hace cotizar, la inmensa mayoría son falsos autónomos que se pegan vergonzosas jornadas laborales a cambio de sueldos irrisorios. En caso de tener cualquier problema, se quedan totalmente desprotegidos
  • Que sean falsos autónomos, por desgracia, es casi un avance, ya que muchas de estas apps pretendían que sus 'colaboradores' ejerciesen como particulares sin ánimo de lucro y no cotizasen
  • Estos falsos autónomos se enfrentan por su propia cuenta y riesgo a situaciones más que criticables: los conductores de Uber tienen que esquivar multas, los de Cabify reciben consejos para engañar a la Policía, los propietarios de pisos de airbnb huyen de Hacienda, los repartidores de Amazon Flex llevan los paquetes en sus propios coches, los 'riders' de Deliveroo, Glovo o Uber Eats se exponen a condiciones vergonzosas, a repartir de cualquier manera o a sufrir accidentes...
  • Si los prestadores de servicios están precarizados y los competidores honestos pierden ingresos, ¿realmente quién gana dinero fácil en toda esta ecuación? Exacto: las empresas.
  • Frente al discurso de la innovación y la disrupción de sectores, lo cierto es que estas empresas no han eliminado intermediarios; en realidad lo que han hecho es eliminar a los intemediarios que había... para ponerse ellos
  • Las Administraciones Públicas intervienen y deciden que la mayoría de estas prácticas son ilegales, precarizadoras o se aprovechan de un vacío legal para salirse con la suya. Los mejores ejemplos los encontramos en Uber (su servicio UberPool fue anulado judicialmente), airbnb (muchas CCAA han restringido o prohibido su uso sin licencia y sin pago de impuestos) o Deliveroo (evitó su primera condena tirando de chequera, pero finalmente se le puso la ley en contra), por hacer un muestreo rápido

Foto: EFE/Stephanie Lecocq.
Foto: EFE/Stephanie Lecocq.

Solo hay un ingrediente que (más o menos) se mantiene: a los usuarios les siguen saliendo más baratos estos servicios y productos. Pero, ¿a cambio de qué? De que todos los demás elementos de la cadena salgan perdiendo. Si el despotismo ilustrado era todo por el pueblo pero sin el pueblo, la nueva economía es todo por el usuario a cambio de hundir en la miseria al resto del mundo.

Sin embargo, los usuarios también somos víctimas de un pensamiento: el de creernos que estamos por encima de los demás. Aunque tengas un sueldo precario, Uber te convence de que te mereces un coche con chófer, airbnb de que mereces un apartamento vacacional a mitad de precio, Deliveroo y Glovo de que mereces que alguien te traiga la comida en bici... Como decía aquel: "El nuevo lujo del mileurista es que otro trabajador —que cobra aún menos que tú— haga el trabajo que no te apetece hacer".

¿Críticas? ¡Estás en contra de la innovación!

A día de hoy, cada vez son más las personas que empiezan a criticar a este tipo de empresas o, como poco, a asumir que lo que ofrecen no es ni un modelo justo ni una economía colaborativa, sino un modelo precarizado en el que las únicas que ganan son las empresas que venían a innovar y a cambiar el mundo.

Incluso estas empresas, salvo excepciones –como la del CEO de Uber Eats reconociendo que si tuviesen que contratar a sus repartidores no serían rentables–, han decidido rebajar el tono. Ya no se las ve en grandes eventos defendiendo las bonanzas de la nueva economía, sino que prefieren mantener un perfil bajo y empezar a gastarse dinero en abogados y agencias de comunicación que les hagan el trabajo de 'lobyy'.

Ahora estas empresas empiezan a gastarse dinero en abogados y agencias de comunicación que les hagan el trabajo de 'lobyy'

También son las primeras en levantar la voz para pedir diálogo con los políticos, pero obviando una cosa: cuando no les caían sanciones por su actividad, no querían dialogar con nadie.

En cualquier caso, estas empresas siguen teniendo defensores, y además bastante activos. Son aquellos que, ante cualquier atisbo de crítica, te saltan a la yugular para defender un modelo que no hay por dónde cogerlo:

  • Si eres un profesional que se ve perjudicado por esta competencia posiblemente desleal, te dirán que ya está bien de monopolios, que qué tranquilo vivías llevándotelo muerto todos los meses (todos sabemos que los taxistas españoles son millonarios). Si cosechan una derrota legal, lo achacarán a tu poderoso lobby. Porque todos sabemos que las compañías tecnológicas más poderosas del mundo poco tienen que hacer ante el impasible lobby del taxi, que lleva siglos poniendo y quitando reyes en España
  • Si eres un juez que condena a este tipo de empresas o les impone algún tipo de sanción, te dirán que no entiendes nada. Que la ley no se ha adecuado al momento actual, que las empresas van por delante, que le estás poniendo puertas al campo y que te actualices de una vez
  • Si eres un político que legisla el sector en cuestión, te dirán que hombre, que ya tardaban los burócratas en aparecer por ahí para poner trabas, regular todo y llevarse su trozo de pastel para las arcas públicas a costa de los sufridos emprendedores. Que qué poco se apoya el emprendimiento en España, que no se ponen más que obstáculos burocráticos

Como ven, la neolengua es poderosa en este sentido: la competencia desleal es 'la presión del lobby', las leyes son 'poner puertas al campo y no entender nada' y la regulación de los sectores es 'poner trabas a los emprendedores que quieren innovar y crear empleo y riqueza'. Todo un círculo argumentativo que se resume en una frase: o me dejas hacer lo que me dé la gana o me pondré a lloriquear como un crío pequeño.

Bienvenidos a la nueva economía, el universo paralelo en el que las empresas pretenden hacer lo que les dé la gana sin que nadie les ponga la más mínima traba y a costa de hundir en la miseria a todos los demás.

#emprendedorfurioso

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