La mentira os hará virales

En nuestra juventud digital idealizamos el momento en que el todo el saber humano fuese accesible, libre y compartido como una nueva y definitiva ilustración

Foto: La mentira os hará virales

Que nos pasamos con la visión tecnoutópica de internet y la información lo estamos empezando a entender más tarde. En nuestra juventud digital podíamos idealizar el momento en que el saber humano fuese accesible y compartido como una nueva y definitiva ilustración, el gran paso de la humanidad conectada en el que el error, la falsedad y la ignorancia serían erradicadas.

Es buena piedra de toque para el edén conectado el estado actual del sarampión. Grupúsculos de conspiranoicos naturalistas ha conseguido devolverlo de forma significativa a las escuelas por la vía de oponerse a la vacunación de sus hijos. Por supuesto, la mayor herramienta para difundir su mensaje, para sentirse arropados y reafirmados por el contacto con correligionarios, ha sido internet. Algo no muy diferente podríamos decir de la información y los regímenes dictatoriales: espejismos como la primavera árabe aparte, el uso de la red para la propaganda – incluida la más terrible de ISIS – consigue que no vean internet ya sólo como un enemigo a destruir, sino como la mejor y más poderosa herramienta con la que han contado.

La fe depositada en las redes sociales a la hora de informarnos y acceder a contenidos no es sino la creencia de que lo que comparten nuestros pares es más independiente y, por tanto, más creíble

La fe depositada en las redes sociales a la hora de informarnos y acceder a contenidos no es sino la creencia de que lo que comparten nuestros pares es más independiente y, por tanto, más creíble, que el proceso tradicional de acudir a un medio de siempre al que presuponemos una agenda propia. A la vez estos servicios – Twitter, Facebook – nos incentivan el publicar, el compartir: sumas seguidores, vas mejorando, te aviso de los likes, de los FAVs, de los retuits

Un concurso de popularidad diario

Tiene algo de adolescencia permanente esta suerte de concurso de popularidad diario. El caso es que los medios, viejos y nuevos, también tienen incentivos para subirse en el carro de lo viral: si algo está pitando en internet y lo sacan rápido hay muchas visitas, tráfico, enlaces y compartidos en redes sociales que pescar. Si eres el medio número 200 que saca lo mismo... lo siento amigo, ya está todo el pescado vendido ese día.

En todo este juego se superponen varias confusiones: lo popular con lo relevante (y con lo influyente), la no pertenencia a un grupo de medios con la independencia (y viceversa), el interés en algo con el conocimiento de ese tema y así podríamos seguir un buen rato. Pero sobre todo, está la imposibilidad de sustraernos de lo que queremos creer, permítanme dos ejemplos: el cartel del metro sincero que Fernando de Córdoba se inventó o la foto de Rajoy con “SpainWTF”.

¿Quién no iba a querer reírse a costa de un Rajoy que pareciera incrustado en un vídeo de Los Ganglios? ¿O que por fin alguien ha convertido un trozo de publicidad institucional en un mensaje de transparencia? ¿O esa foto tan emocional de un niño en medio de la guerra que todo el mundo debería ver? ¿O que las rusas que se besaban en las olimpiadas hacían una defensa contra la Rusia homófoba? ¿quién no exige en el minuto uno después de los hechos saberlo todo, tener el análisis de lo sucedido y, de paso, la lista de culpables para poder lincharlos – virtualmetne - a gusto?

Solo nosotros podemos protegernos

Hay un síntoma extra de preocupación: la verdad es menos viral en la mayoría de las ocasiones. Contrastar, comprobar y verificar a veces lleva días, cuando menos horas, y eso en nuestra hiperactiva agenda pública significa que ya estamos a otra cosa. Si a eso sumamos que quien llega con el mensaje del desmentido es, a menudo, el aguafiestas, los incentivos para encarnar este rol no parecen tan claros a muchos.  

Hay una parte de mí que sigue siendo tecnoutópica, que cree que esta fase es todavía una enfermedad de juventud y que desarrollaremos el antivirus del escepticismo y las defensas de la mayor exigencia de fuentes y pruebas

De hecho no hay nada que nos salve, no se ha inventado el algoritmo de veracidad de la información que nos llega, sólo estamos nosotros y nuestro sentido crítico. Servidor tiene apuntadas dos recetas: desconfiar más cuando el mensaje que me llega me dice lo que quiero oír y desechar todo aquello que no viene con enlace a las fuentes de información para ir directas y poder hacerme una idea por mí mismo. 

No quiero ser pesimista. Hay una parte de mí que sigue siendo tecnoutópica, que cree que esta fase es todavía una enfermedad de juventud y que desarrollaremos el antivirus del escepticismo y las defensas de la mayor exigencia de fuentes y pruebas antes de comprar el enésimo meme que llega por WhatsApp. 

Donde no lo veo tan claro es en esa parte que va más alla del fake o del hoax. Los errores y las mentiras pueden, a la larga, ser refutadas, derrotadas. Nuestro deseo de entender el mundo a partir de nuestros prejuicios e ideología; nuestra exigencia de soluciones simples, de que se pueda arreglar el mundo, Grecia, la corrupción o el hambre con frases que caben en un tuit; nuestra tendencia a decir que compramos información, cuando queremos que nos den ideología disfrazada, son más difíciles de desarmar. El precio a pagar  por ello, el habitar el mundo sin atajos que nos permitan convivir con su complejidad, su aleatoridad y su injustica, es demasiado alto. Y menos viral.

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