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Ni un grupo más de WhatsApp, por favor
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José Mendiola

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Ni un grupo más de WhatsApp, por favor

El móvil no para de recibir notificaciones avisando de decenas de mensajes. Los grupos de WhatsApp pueden ser muy útiles, o convertirse en un auténtico calvario

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Se nos ha ido de las manos… también. Como saben, son muchas empresas y expertos que dan ya el correo electrónico como quemadopor el mal uso, y se han visto obligados a utilizar canales alternativos. A esta oportunidad han saltado al cuello con gran éxito soluciones como Slack, que nacen de cero y evitando por pura profilaxis cualquier aproximación a los errores cometidos por el abuso del email. Ni spam ni bombardeos. Comunicación directa, a grupos determinados, y siempre con contenido interesante.

Bien, llegó WhatsApp con una fórmula de éxito incontestable: envío de mensajes multimedia a coste cerocomo alternativa al SMS, de coste unitario y en texto plano. Y sí, también se nos ha ido de las manos. La arrolladora alternativa planteada por Jan Koum y Brian Acton que vio la luz en noviembre de 2009 está a punto de desbordar por saturación a un número creciente de usuarios, entre los que se encuentra quien les escribe.

Aquello no para de pitar, y no son los mensajes individuales los que llegan a saturar el medio, sino los grupos, unos auténticos pozos sin fondo donde uno puede adentrarse durante horas y nunca ver el fin. La primera señal de alarma llega cuando la retina se acostumbra al número en rojo sobre el icono de la aplicación que indica los mensajes no leídos. No se le da importancia, porque total, son mensajes de los grupos. Sin embargo, este hecho supone la primera grieta en la fiabilidad del sistema ¿Estamos seguros de estar al corriente de los mensajes individuales?

La situación es muy similar a la que ya nos hemos acostumbrado en el correo electrónico: veinte, treinta, hasta muchos más correos electrónicos sin leer. Un claro síntoma de que algo no está funcionando bien y la puerta abierta para que se nos cuelen mensajes importantes sin atender. Los más jóvenes se han acostumbrado a escuchar el móvil pitar cada treinta segundos, con grupos que no paran de alimentar la bestia con fotos, memes o vídeos de todo orden y categoría.

Los grupos son, en realidad, una idea excelente: poder reunir en una sola sala virtual a un número de usuarios para compartir información o bien organizar una cena, es algo realmente útil, y de hecho, ahora costaría imaginarse lo que supondría tener que descolgar el teléfono e ir convocando uno a uno. ¿Qué ha sucedido entonces? Hay que volver a echar un ojo al pasado y mirar de reojo al email, un medio de comunicación muy desprestigiado por una causa bastante similar. Lo que sucede es que con el WhatsApp las consecuencias son todavía más devastadoras porque el móvil lo llevamos encima a todas horas, y lo que es peor, el abuso del canal, como hemos apuntado, hace peligrar la lectura de los mensajes de verdadero interés.

¿Ocio o utilidad?

En realidad, es fácil localizar el origen del problema: en nuestra agenda de contactos hay siempre un grupo de usuarios que ha decidido que el WhatsApp es un medio excelente para el entretenimiento, como lo puede ser la televisión ointernet. Recostados en el sofá van tecleando a velocidades de vértigo mensajes en cadena en los grupos, mientras el resto hace lo propio. Aquello es un sumidero para la productividad de los que andan escasos de tiempo, pero tampoco es cuestión de ser un borde e ir abandonando salas a portazo limpio.

¿Cómo salir entonces de esa peligrosa dinámica? Por fortuna, los creadores del WhatsApp han detectado a tiempo este mal y ofrecen al usuario la posibilidad de silenciar los grupos, un torniquete de emergencia para calmar los ánimos de los más desesperados. En realidad y bien pensado, silenciar un grupo no deja de ser un absurdo: uno pertenece a un grupo del que no sabe ni lee nada, salvo que de cuando en cuando se le ocurra acercarse a ver qué se cuece, algo poco probable a la vista del chorreo de mensajes que es capaz de generar una de estas salas.

Por otro lado, los grupos son en realidad sólo una parte, muy importante, eso sí, de un problema mucho mayor: el tipo de uso que unos y otros dan al WhatsApp, y que entra en claro conflicto en los intereses de cada uno aunque no lo quiera. Si uno emplea este canal para comunicar algo determinado (en realidad, el uso por el que fue concebido), puede encontrarse al otro lado a alguien dispuesto a pasar la tarde en un intercambio de mensajes que no conoce fin.

Ya saben, está uno con prisas y observa con horror el texto “escribiendo…” después de uno o dos adioses. Qué pesadilla. Y luego está el tema de la conexión: estar “En línea” le pone a uno en la diana de los de dedo fácil y poca prisa. No queda otra que despedirse correctamente y a otra cosa. Y por descontado, ni un grupo más de WhatsApp, por favor.