Lo del wifi en los aeropuertos españoles es de vergüenza

A diferencia de otros países que disponen de unas velocidades de conexión de vértigo, los aeropuertos españoles suspenden en cuanto a wifi gratis se refiere

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Cinco de la mañana. Suena el primero de los tres despertadores que uno configura la víspera de tomar un avión. Quedarse dormido supone la pérdida segura del vuelo así que mejor tomar todas las precauciones posibles. Va a ser una jornada de varios desayunos, comidas y cenas con el trajín propio de un viaje transoceánico y con escalas.

Con margen de sobra y todo bajo control, supero el trámite de la facturación en el aeropuerto de Bilbao y despido mi maleta no sin cierta preocupación y con la esperanza de reencontrarnos en Las Vegas. Tarjeta de embarque y pasaporte. Todo está en orden y con una hora por delante, me dispongo a aprovechar el tiempo para adelantar algunos asuntos. Abro la tapa del portátil con la esperanza (pardillo que es uno), de encontrar una red wifi abierta y disponible. Fracaso. Un árido desierto. Redes cerradas y para uso interno del aeropuerto y las privadas de los más avispados que, conociendo el percal, se conectan mediante tethering.

El kilobyte cotiza a precio de angulas y tampoco compensa para ponerse al día con el correoSiguiente escala, Londres. Superados los trámites y recorriendo la kilométrica distancia que me separaba de la puerta de embarque, pruebo nuevamente fortuna. En este caso, con doble motivo: vivimos hiperconectados, no hay fronteras y la red ha disipado, sobre el papel, las diferencias que nos separan. Sin embargo, la política de precios de los operadores sigue haciendo inaccesible el acceso a los datos fuera de las fronteras del país de residencia. Mucho voluntarismo por parte de los políticos y promesas de futuro, pero consejo de amigo: desactive la itinerancia de datos si planea superar nuestras fronteras. El kilobyte cotiza a precio de angulas y tampoco compensa para ponerse al día con el correo.

Terminal 5 de Heathrow: el portátil detecta la existencia de una red free y con el nombre del propio aeropuerto. Aquello parece oficial: pruebo fortuna y en efecto, 45 minutos de gloriosa conexión. De ser un paria a recuperar la identidad virtual y aprovechar esas interminables esperas para avanzar el trabajo.

Gratis y de calidad

Tenemos la mirada acostumbrada. Algo gratis tiene que ser malo seguro. Pero no: la conexión va como un tiro y exprimo hasta el último segundo antes de la llamada a embarque. Parece mentira, pero esos minutos de espera en la terminal le pueden ahorrar a uno muchísimo tiempo de trabajo y de paso, llamar a los tuyos por Skype o similares.

Siguiente parada y destino final, Las Vegas. Diez horas y media de nuevo aislamiento y desconexión pero en esta ocasión con una nueva luz al final del túnel: consultando a amigos que habían cubierto esta ruta sobre consejos generales del viaje, todos coincidían en lo mismo, la conexión a internet. “McCarran (aeropuerto de Las Vegas) tiene wifi abierto y va de miedo, pero si vas por Filadelfia también tiene es un aeropuerto pequeño con buen wifi y muchos enchufes”. Yo en realidad había preguntado por recomendaciones generales, pero todos mis conocidos centraron sus tiros en la conexión a internet.

Y era cierto. Con el aturdimiento del viaje y el cambio horario, llegada al aeropuerto de Las Vegas y en la interminable cola del control de pasaportes, probé nuevamente fortuna. Nueva diana. Tras un breve anuncio estático, una nueva conexión a velocidades de vértigo para aquellos que no tengan inconveniente en asumir los riesgos de las redes abiertas.

Correos, whatsapps, el móvil revivió con alegría tras el apagón forzoso y de hecho, desde McCarran, mi estancia en Estados Unidos apenas se vio afectada en lo relativo a la conexión a internet. Cualquier bar, hotel o tienda ofrece wifi como algo natural y evidente en una sociedad que vive ya en internet. La idea inicial era hacerse con una SIM prepago de algún operador local para poder estar conectado, pero realmente no fue necesario. Fin del viaje y vuelta a España, que ya había ganas.

Una vuelta a la realidad

Aterrizaje en el Adolfo Suárez-Madrid Barajas, una preciosidad de aeropuerto y preludio de lo que parece un país moderno y avanzado de la Unión Europea. Una puerta de oro que esconde una realidad penosa de nuestro país en su extraña relación con la modernidad. Habituado al wifi del bueno y gratis, abrí el portátil sediento de atender los correos y avisar a los míos que en breve volvería, pero un vistazo a las redes disponibles me dio de bruces con la realidad.

En pleno 2014 el acceso a internet debería ser como el agua en los servicios, pero no. Aquí a pagarNada. Cero. Me acerco desesperado a uno de los cafés de la T4 y pregunto al camarero: “¿hay wifi?”, y respuesta automática, “Claro, el gratuito del aeropuerto”. ¿Eh? En efecto. Ahí había un wifi free pero al conectarme conocí el lado más lamentable de unos políticos que no dudan en tirar de presupuesto para edificar terminales que dejan a uno sin aliento, pero luego pretenden ratear hasta el último céntimo de su monedero. La conexión gratuita es de tan sólo 15 minutos, en los que además uno debe tragarse un anuncio “durante al menos 20 segundos” (sic) para obtener su premio.

El significado de cutre cae a plomo en todas sus letras. Y lo peor del asunto es que la conexión es tan mala que de los quince minutos de regalo, uno pierde 10 intentando ver el dichoso anuncio que termina por odiar a muerte. Eso sí, la alternativa de pago está siempre disponible como en la carta de vinos. De vergüenza. En pleno 2014 el acceso a internet debería ser como el agua en los servicios, pero no. Aquí a pagar. No queda otra que resignarse y mirar al techo de la T4. Espectacular, por cierto…

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