CARTA DE AJUSTE

La parodia nacional en el Palacio de la Zarzuela

Al margen de la necesidad, cada vez más acuciante, de convocar un referéndum para valorar la posibilidad de declarar perniciosa, inconstitucional si cabe, la ficción española, cabe

Foto: La parodia nacional en el Palacio de la Zarzuela
La parodia nacional en el Palacio de la Zarzuela
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Al margen de la necesidad, cada vez más acuciante, de convocar un referéndum para valorar la posibilidad de declarar perniciosa, inconstitucional si cabe, la ficción española, cabe preguntarse qué hace una mujer como Marisa Paredes (otrora presidenta de la Academia de Cine, actriz dos veces nominada al Goya -1987, 1995-, Premio de la Unión de Actores -1991- e intérprete de reconocido prestigio en películas como Tacones lejanos, La flor de mi secreto, La vida es Bella, Las bicicletas son para el verano o Canción de cuna) intentando encarnar a la reina Sofía con el acento prestado de Carla Bruni. Es, por supuesto, una pregunta retórica.

Cabe preguntarse también, volviendo a la retórica, por qué alguien como Joaquín Oristrell, que no tiene ninguna obra maestra en su haber, pero que es el responsable de libretos de cierta proyección comercial como el de Boca a boca o Entre las piernas, y que ha dirigido ya seis películas, acepta un proyecto en el que las limitaciones presupuestarias en la producción le obligan a insertar unos bochornosos cromas en varias secuencias que no se veían desde que José Frade fundó Canal 7 Televisión.
 
Es pura retórica, porque en el cine español hay hambre y en la tele abunda el pan. Sobre todo ahora, que los programadores (los reconocerán porque llevan tatuado en el iris el símbolo del dólar) han encontrado un filón en la retroficción, ya saben, esa suerte de biopics desmañados donde siempre importa más el color de las bragas de Napoleón que las horas que éste dedicó a leer a Polibio y Plutarco.
 
Felipe y Letizia, una historia real pasó desde ayer, por deméritos propios, a formar parte del archivo audiovisual de la revista Lecturas, llamado a ser el manual de Historia de las generaciones venideras. Si algún espectador tenía la más mínima esperanza de que en esta ficción se elaborase un retrato psicológico, por somero que fuese, de la Familia Real, o de alguno de su miembros, al modo en que lo hace Stephen Frears en The Queen (2006), probablemente perdería la esperanza al poco de comenzar la serie.
 
Pronto quedó de manifiesto que Oristrell y compañía tenían el objetivo de contentar al 'espectador tipo' de Sálvame. Y probablemente lo consiguieron. Con una parodia por momentos atroz de la Primera Familia, que dejó a los actores, perdidos en todo momento en un maremagno de acentos y dejes imposibles, vendidos a la mala imitación.
 
Lo del guión ya es harina de otro costal. Llevamos más de cien años haciendo cine -y sus derivados-, más o menos los mismos que el resto del mundo, pero aquí lo han conseguido realmente cuatro. Nuestro problema endémico no es la crisis de la industria ni una ausencia de ella, sino algo mucho más simple: la carencia de ideas y de talento para desarrollarlas. Y, ya se sabe, sólo las ideas salvan las razas (Balzac). La nuestra de momento sobrevive haciendo recreaciones palaciegas y defectivas de ‘regusto’ Pretty Woman.
 
Carta de Ajuste
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