Lo que no se vio de la entrevista de Isabel Preysler en 'El hormiguero'

Su visita a Antena 3 el pasado martes era, a priori, la más comprometida de sus apariciones públicas hasta la fecha, porque por primera vez su avatar debía fingir el movimiento humano

Foto: Ilustración de Paco Sordo para 'Vanitatis'
Ilustración de Paco Sordo para 'Vanitatis'

Durante mucho tiempo algunos creímos firmemente en la posibilidad de que Isabel Preysler fuera un ser inerte, esto es, con ‘movilidad Playmobil’ o que estuviera permanentemente tiesa (menos en lo económico, claro). Llegó a extenderse por los patios la teoría de que Preysler era una especie de holograma o cartelón recortable (con sus vestiditos intercambiables y tal) que los directores de revista se iban pasando cuando no tenían nada que poner en portada. Entonces apareció en nuestras vidas Tamara Falcó y entendimos que esa hija tenía que tener una madre y que, desde luego, debía de ser Isabel Preysler.

La demostración empírica de su existencia, no obstante, no cambió demasiado nuestra percepción de la dama filipina. Nos seguía pareciendo una mujer (peri)puesta por el ayuntamiento en cada una de sus cuidadas y perfectas apariciones, con o sin embajador mediante. El embajador, por cierto, es la clave maestra de toda esta farsa, porque la identificación con el lujo y el glamour le ha valido a la doña muchos ceros detrás a lo largo de su extensa y prolífica carrera como… ¿actriz?

Su visita a El hormiguero del pasado martes era, a priori, y en este sentido, la más comprometida de sus apariciones públicas hasta la fecha, porque por primera vez su avatar debía fingir el movimiento humano. Por eso fue necesaria la mediación de altos cargos de la cadena en el proceso de negociación. Y esto va en serio. Al programa de Pablo Motos han acudido estrellas como Charlize Theron, Harrison Ford o Nicole Kidman. Pues bien, probablemente ninguno ha puesto las condiciones que puso la señora Preysler. A saber:

- Llegó con un precinto en el que se leía: ¡No tocar! La invitada viene lavada, vestida, maquillada y peinada de casa.

- Era condición sine qua non que sus cremas estuvieran sobre la mesa visibles en plano durante toda la entrevista.

- Y no se admitían, por supuesto, preguntas que pudiesen desmontar el mito de su divinismo, tan modélicamente labrado. Motos le cambió a Preysler la silla para que mostrara, en todos los sentidos, su mejor lado. No hizo falta negociar siquiera la imposibilidad de parlamentar sobre el pasado de la reina de corazones, ni mucho menos sobre su hermano, que estuvo preso, y a cuyo entierro no acudió.

Carmen Martínez-Bordiú e Isabel Preysler en '¡Hola!'
Carmen Martínez-Bordiú e Isabel Preysler en '¡Hola!'

Se ha extendido la leyenda de que Preysler viene de una de las familias más pudientes de Filipinas y, en realidad, no es del todo así. Ella era una joven de clase más bien medianita cuando se enamoró de un casanova con mala reputación y sus padres la mandaron por ese motivo a España con su tía, amante de un señor con buena agenda en nuestro país. De la mano de la diplomacia tangencial entró astutamente la joven Isabel en la jet cañí para no salir jamás. Se hizo inseparable de la nietísima de Franco, Carmencita, cicerone de madames bovaríes varias por la corte de los milagros de aquella época. Lo demás vino rodado. Muestra de esta amistad nacida en la juventud entre ambas mujeres es el reportaje que protagonizaron juntitas en una conocida revista hace apenas unos meses. Aquel que se ilustró con una foto de archivo del día en que ambas tuvieron su primera menstruación. ¿O era Photoshop?

Preysler ha sido siempre, pues, una corredora de fondo. Desde Manila a Madrid hay casi 12.000 kilómetros de distancia, pero de las barriadas de Filipinas al palacio de El Pardo había un abismo mucho más difícil de salvar. Haberlo logrado no la hace más o menos que nadie, desde luego, pero confirma un axioma irrefutable: los aires de grandeza crían siempre mejor en los bajos fondos que en las altas esferas.

Tras tres matrimonios por amor con tres señores con dinero (Iglesias, Falcó, Boyer) se presentó Isabel Preysler ante Trancas y Barrancas como la señora que es. Hay que reconocerle el mérito a Pablo Motos de conseguir los invitados que consigue. Es increíble, en serio. Y de que esos invitados se presten a hacer las cosas que hacen allí. Eso sí, el precio a pagar es caro. Al menos lo que cuestan dos botes de vaselina diarios. Ni siquiera Jordi Hurtado recuerda la última vez que Pablo Motos hizo una pregunta interesante, con diente. Y así las cosas son siempre más fáciles.

También hay que tener en cuenta que Motos vive dentro de una cadena con vocación sacerdotal como Antena 3 que, como dije en cierta ocasión, ahora me repito, hoy es digna porque antes nadie la quiso puta. Evidentemente eso pone las cosas todavía más fáciles. Si Preysler pisara una baldosa de Telecinco, solo una, toda la cera que lleva encima empezaría a arder.

A pesar de que todo esto es sabido, a un servidor, sin embargo, le sigue sentando a rayos la expectación insatisfecha. El hormiguero llevaba casi un mes vendiéndonos la burra de que por primera vez íbamos a ver a Preysler como nunca antes la habíamos visto y, sin embargo, el martes llevaba puesto más Photoshop encima que nunca.

Allí estaba la diva sentada, en directo, ofreciendo su mejor cara. Y además de forma literal. Que le cambiara la silla a Motos para dar bien en cámara, mostrando su lado bueno, era una especie de sinopsis argumental para aquellos que no quisieran ver el resto del percal. Lo que pasó durante la charla en el lado malo es todo un misterio, pero seguro fue bastante más interesante que lo que vimos en pantalla.

Y que quede claro que yo no estoy en contra del Photoshop. Tampoco del bótox. Estoy bastante más en contra de que se deje a los invitados elegir la silla en la que quieren sentarse.

Carta de Ajuste
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