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Carta abierta a Belén Esteban, la gallina que no encuentra sus huevos de oro
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Nacho Gay

Carta de Ajuste

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Carta abierta a Belén Esteban, la gallina que no encuentra sus huevos de oro

15 años trabajando en televisión. Duro, muy duro. Para poco, casi nada. Hoy eres incluso más pobre que ayer. Sobre todo de espíritu. Y en este contexto de desgracia, la tuya, te escribo una carta en la que no puedo evitar confundir la aversión y la pena

Foto: Caricatura realizada por Paco Sordo
Caricatura realizada por Paco Sordo

Muy señora mía (y yo suyo):

Permítame tutearla en adelante, porque al fin y al cabo es usted casi como de la familia. De todas las familias.

Te escribo preocupado, Belén, ante la posibilidad de que hayas sido estafada por tu representante, un tal Toño Sanchís, más tarde “amigo” y “hermano”, según tus propias palabras, supongo que en analogía directa con Caín, porque tú has estado muy cerca siempre de la Biblia, eso no lo duda nadie. Al fin y al cabo, eres la 'elegida', Belén. Faltaba, eso sí, que te dieras cuenta de para qué. Y ese fatídico momento ha llegado.

Se escucha por ahí, por lo que algunos llaman los mentideros, pero en realidad no se habla de otra cosa en el 'office' de Telefónica, del Santander, del Capitolio, que ese Sanchís te ha robado los dineros, tan merecidos por otra parte, que has ganado a lo largo de tu muy fecunda carrera por el 'cátodo'. Una carrera de fondo; de fondo de inversión. Aunque no para ti, por lo visto, sino solo para tu “hermano” Caín y, sobre todo, claro, para Vasile, el protagonista en off de esta historia; una historia de violencia.

Ya sabes, Belén, que son los caballos los que ganan las carreras, pero los jinetes los que se llevan las medallas. Cruel paradoja, como tantas otras. Porque quién dice, por ejemplo, querida, que la nieve no quema. A ti precisamente te abrasó en su día por dentro. La nieve, ya sabes. Y supiste sin duda aprovecharlo. La sórdida demolición de ciertos tabiques, narrada con luz y taquígrafos, te dio para la construcción de otros, como por ejemplo los de tu chalé en Paracuellos del Jarama, hoy todavía a medio pagar. Esa hipoteca donde Cristo perdió el mechero, una casita en el feo Madrid y unos ahorros escasos para Andrea, menos una deuda con Hacienda, es lo que te queda después de este largo viaje. Has disfrutado también, es cierto, de unas vacaciones en Punta Cana cada dos o tres años, en vuelo chárter y régimen de todo incluido, y un mesecito cada verano en Benidorm, con cuatro tardes de bingo dominical. Para poco más te dieron tus días de gloria que, como los de Mario Conde, saben demasiado a fracaso. Escasa recompensa para tan afamada bandolera.

Estábamos hablando de cine, cuando tú en realidad trabajas en la tele. La 'telerrealidad', para ser más exactos. Y, en verdad, el único paralelismo cinematográfico que cabía adjudicarte es que eras, hasta hoy, la protagonista engañada de 'El show de Truman'. ¿Ves ese cielo que hay al fondo? Pues si navegas hasta él descubrirás que es de cartón piedra

¿Sabes una cosa, Belén? Yo todo esto ya lo sabía. No te escribí antes porque, a veces, en lo referente a ti, confundo la aversión con la pena y entonces también el bolígrafo con la cerilla. Me han ardido los folios tantas veces escribiéndote, mi muy estimada, que lo dejé por imposible...

Un viaje por el desierto

No sé si has visto, supongo que no, porque el 'divismo' es probablemente la mayor de las esclavitudes, una película de Mario Camus que se llama 'La playa de los galgos'. Bueno, la historia no tiene nada que ver contigo, es cierto, pero hay un plano, el mejor del filme, en el que una niña y una mujer adulta se miran y se reconocen, en silencio, como víctimas de cierto tipo de violencia. Te escucho estos días narrar tu desgracia y no puedo evitar pensar que, de repente, has irrumpido en ese plano, has tomado por primera vez conciencia de ti misma, de lo que eres, de lo que supones, de para lo que sirves. ¿Ves? Vuelvo a confundir la pena y la aversión al hablar de ti... contigo.

Tú que te creíste siempre verdugo de toreros con la coletilla juguetona, de aspirantes a musa que no llegaban a aborto. En este sentido, entras más de lleno en el universo Berlanga y este es, precisamente, el momento en el que miras de reojo el garrote vil y te entran ganas de vomitar. Aunque, seamos sinceros, si la tuya es 'una historia de violencia', que lo es, lo es sin duda más al estilo de David Cronenberg que a ningún otro estilo posible. Tú vivías en la típica aldea en la que las señoras saludan con un beso al sheriff y le preparan tarta de arándanos. Pero esa aldea está en realidad llena de cabrones aunque tú no lo sepas. Lo vas a saber al final de la película, cuando casi todo el mundo esté ya muerto. Y entonces te preguntarás, cuando estés en la cama (¿has visto el 'Fargo' de los Coen?) cómo es posible que alguien sea capaz de tanto por dinero. Tú, por ejemplo.

Pero sí, nos hemos ido, Belén, un poco por los cerros de Úbeda. Estábamos hablando de cine, cuando tú en realidad trabajas en la tele. La 'telerrealidad', para ser más exactos. Y, en verdad, el único paralelismo cinematográfico que cabía adjudicarte es que eras, hasta hoy, la protagonista engañada de 'El show de Truman'. ¿Ves ese cielo que hay al fondo? Pues si navegas hasta él descubrirás que es de cartón piedra.

La 'telerrealidad'. Ese concepto engloba casi toda tu historia (de violencia). Porque de tu realidad paralela, tras quince años siendo la princesa del cuento, un cuento más de Burton que de Andersen, era necesario escapar de alguna manera. Ese era el precio del viaje al éxito. Y ahí comienza el otro viaje, el de los camellos. Gran parte de tu dinero recorre hoy el desierto en la joroba de alguno. Eso lo sabemos todos, porque lo has confesado tú misma. No te culpo. Hay vidas que sereno resultan todavía más insoportables. Pero en esa deriva lisérgica a ti los representantes te parecían oasis. Y de aquellos espejismos, estos lodos.

Y, ahora, mírate, al final del camino, más pobre y más sola que cuando eras una más en San Blas. Justo ahora entras en el plano de Mario Camus. Ahora es el momento en el que observas el garrote vil y te das cuenta de que en realidad estabas sentada en él. ¿Y todo esto por dinero? Ni siquiera, porque has abierto la nevera y te has dado cuenta también de que no te queda tarta de arándanos para el sheriff. Por eso contigo, Belén, confundo a menudo la aversión y la pena. Pero hoy da la casualidad de que tengo en la mano un bolígrafo, no una cerilla, que es por cierto lo que a ti más falta te hace.

Sin más ni menos que contarte.

Un fan.

Muy señora mía (y yo suyo):

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