'El Caso' como ejemplo de los malos hábitos de la ficción televisiva española

El estreno de la nueva serie de TVE confirma que la extensión, el horario o la publicidad continúan siendo los mayores inconvenientes de las series nacionales

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    Hace unos días fui invitada al pase de prensa de 'El Caso. Crónica de sucesos', estrenada anoche en TVE, y cuando la proyección terminó una compañera me envió un wasap para preguntarme qué me había parecido. Mi interés por sintetizar mis impresiones me llevó a contestarle “No es 'El Ministerio del Tiempo' pero tampoco 'Los Serrano”, haciéndole ver que no estábamos ante lo mejor de la ficción patria, ni tampoco ante una producción casposa y simple, que, por cierto, yo también vi.

    Posteriormente, traté de detallar mis pegas al capítulo piloto que acababa de ver, y con espanto pude comprobar que hay costumbres televisivas demasiado arraigadas en las series españolas. Unos hábitos que, por mucho que haya mejorado la ficción televisiva nacional en los últimos años, que lo ha hecho, siempre la sitúan en un nivel diferente al de las grandes producciones internacionales, esas de las que todo el mundo habla y que todos quieren ver.

    No es 'El Ministerio del Tiempo' pero tampoco 'Los Serrano'

    'El Caso. Crónica de sucesos' sigue la línea de la cadena pública de llevar a la pequeña pantalla la historia de España, ya sea a través de un drama familiar como 'Cuéntame' o una producción de ciencia-ficción como 'El Ministerio del Tiempo'. En esta ocasión, la serie se centra en la redacción de 'El Caso', el rotativo de sucesos más famoso de la historia periodística española, desde la perspectiva del 'thriller'. Y lo hace a través de Jesús Expósito y Clara Sánchez, dos reporteros que se preocupan tanto por conseguir una buena historia como por esclarecer la verdad del caso que les ocupa. Él tendrá que lidiar con la escasa colaboración policial, ella con el machismo rampante de mediados de los años sesenta, y el medio para el que trabajan deberá sortear la censura franquista. Acción, drama y algo de comedia para contar el día a día de la España negra, sin faltar a la verdad pero también sin herir sensibilidades.

    'El Caso' como ejemplo de los malos hábitos de la ficción televisiva española

    Más allá de si 'El Caso' es el mejor medio en el que fijarse para llevar a la televisión el periodismo de la época, la serie ideada y protagonizada por Fernando Guillén Cuervo es un producto aceptable que puede tener éxito si no se ve obligada a competir contra 'realities' y subproductos parecidos. Pero sería aún mejor si hubiese dejado de lado el estilo televisivo español, que únicamente se preocupa por sacar la mayor rentabilidad posible del 'prime time'.

    La duración española

    La franja horaria comprendida entre las 21:00. y la medianoche es el momento en el que más espectadores se concentran frente al televisor, y las cadenas ofrecen sus productos estrella. Es indiscutible que producir un programa, o una serie, es más barato que dos, por lo que en España, al contrario que sucede en países como Estados Unidos o Reino Unido, en el 'prime time' únicamente se emite un programa. Así, tras la emisión del informativo de turno llega el momento de disfrutar de un producto que, junto a una buena ristra de publicidad, mantendrá al espectador ocupado durante dos o tres horas. Mínimas complicaciones y máxima rentabilidad.

    Este modelo de programación sería un ejemplo para el resto del mundo de no ser porque perjudica, claramente, a las ficciones serializadas. La obligación de llegar hasta la medianoche lleva a las series a ampliar su metraje de una manera forzada y antinatural que, tarde o temprano, acaba evidenciándose en la pantalla. Diálogos de relleno y tramas que no van a ningún sitio acompañan a lo que verdaderamente importa, sin tener relevancia ni interés para el espectador. Y lo hacen por la concepción del 'prime time' que se tiene en España, no porque los guionistas disfruten diluyendo la historia que quieren contar. Esto resulta especialmente doloroso cuando se trata, como en 'El Caso', de una producción de una cadena que no emite publicidad, y que por lo tanto va a tener que recurrir forzosamente a otro producto para completar la parrilla.

    Respeto al espectador

    La necesidad de cumplir con las dos horas de la parrilla no perjudica únicamente a los creadores o las producciones, el espectador también es un damnificado de la tiranía programadora de las cadenas. A ellas poco les importa que la audiencia madrugue al día siguiente, que este país debería aprovechar mejor las horas de sol o que ninguna vejiga humana sea capaz de sacar provecho a todas las (interminables) pausas publicitarias. La publicidad es la que es, y lo que les da de comer a los profesionales del medio, por lo que poco se puede hacer. Siendo esto indiscutible, sí que lo es la pausa previa al desenlace de la historia, más larga que el propio final. O la moda de ofrecer al espectador resúmenes previos de lo visto hasta ahora, con detalles innecesarios, o de lo que está a punto de ver. ¿Es que nadie en la televisión de este país sabe que lo que menos le gusta al espectador es que le destripen lo que está a punto de ver?

    ¿Es que nadie en la televisión de este país sabe que lo que menos le gusta al espectador es que le destripen lo que está a punto de ver?

    Afortunadamente, llegará un día, aunque no pronto, en el que las campañas por la racionalización de los horarios sean algo más que eso, y se conviertan en una verdadera preocupación de los políticos y los empresarios. Y el 'prime time' comenzará antes, y quizás alguien sea consciente de que es imposible rellenar la parrilla nocturna con un solo producto, y las pausas publicitarias sean más razonables. Si la ficción española ha conseguido cumplir los deseos de muchos espectadores con 'El Ministerio del Tiempo', por qué no soñar con que las cadenas algún día se preocupen por cómo y qué ofrecen a sus valiosos espectadores.

    'El Ministerio del Tiempo'.
    'El Ministerio del Tiempo'.

    Creer en la ficción

    Yo (también) vi las primeras ediciones de 'Gran Hermano' y de 'Operación Triunfo'. Y maldigo las horas invertidas en tan absurda tarea, que a muchos directivos de la televisión de este país les llevaron a pensar que eran un producto interesantísimo para la audiencia española. Y para la economía de sus cadenas. Aunque lo segundo puede ser innegable, a pesar de que el género de la telerrealidad ya no arrasa en audiencias como antaño, para los espectadores solo es una vía de escape que los atonta y aproxima a concepciones de la realidad erróneas que terminan en la portada de 'Interviú' como máxima aspiración vital.

    A pesar de que para muchos la televisión también se ve en dispositivos electrónicos y se disfruta gracias a plataformas como Netflix, otros tantos se limitan a sentarse frente a la caja tonta para ver 'qué echan'. Y es muy probable que seguirían ahí si, en vez de ponerles el 'reality' de turno protagonizado por personajes poco ejemplares, se les premiase con una ficción histórica, una comedia que no explotase el costumbrismo español o una serie de ciencia-ficción que exigiera cierto esfuerzo mental. Pero para eso hay que tener ganas e interés por hacer algo más que la competencia.

    ¿Cuestión de oído?

    Tuve la oportunidad de disfrutar del preestreno de 'El Caso. Crónica de sucesos' en una sala de cine del centro de Madrid, con todo lo que eso conlleva técnicamente. Y aun así tengo que reconocer que hubo partes de los diálogos que me resultaron incomprensibles. Más allá de mi posible sordera, es inevitable recurrir aquí a uno de los defectos que suenan como un mantra cuando se quiere criticar la industria audiovisual nacional, el manido “los actores españoles no vocalizan”. Algunos sí lo hacen, otros no, como en la vida misma, y eso es un incordio a la hora de disfrutar de una película o un capítulo. Pero detrás de los profesionales de la interpretación están aquellos que se ocupan del sonido, de la edición, del montaje y de muchas otras tareas. Personas que tendrán su opinión, y que en algún momento podrán hacer algo por cambiar, o repetir, aquello que no se entiende. O a aquella persona que no se hace entender.

    Parte de los diálogos me resultaron incomprensibles

    Los espectadores no son tontos

    Uno de los personajes más importantes de la ficción serializada española es la señora de Cuenca. Para aquellos que no la conozcáis, es la versión televisiva de la 'chica de la curva', una mujer madura, más rural que urbana, con un nivel educativo medio-bajo y con más interés por disfrutar de una producción entretenida que de una que le haga pensar demasiado. La señora de Cuenca ha sido durante años el público objetivo de las cadenas de televisión españolas que, sin ningún interés por alcanzar nichos específicos, se ocupaban y se vanagloriaban de crear para públicos generalistas.

    El problema es que la señora de Cuenca es una leyenda utilizada para justificar la falta de ambición de las cadenas a la hora de apostar por producciones diferentes. Esas que no están condimentadas con desayunos familiares patrocinados, cuñados, amigos o primos cafres y acarameladas historias de amor. Afortunadamente para la ficción nacional, y para el espectador, la señora de Cuenca está perdiendo relevancia para las cadenas, especialmente para la pública. Y gracias a Twitter y creadores como Javier Olivares, hemos descubierto que Lope de Vega, Spínola o Velázquez pueden ser objeto de interés en pleno siglo XXI. Para la señora de Cuenca, que quizá no use las redes sociales, también.

    Desde Melmac
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