Mariano Rajoy saliendo de la Convención Nacional del PP con el Marca debajo del brazo. La fotografía, publicada esta semana en El País, generó una avalancha de reacciones: de la hilaridad al estupor pasando por la celebración (Mariano, ese hombre del pueblo). Más allá de lo que cada uno pueda opinar del Marcagate, da la impresión de que a Rajoy le motiva más la lectura de un diario deportivo que la de un diario de Kafka.

Si Rajoy tuviera que asistir todas las semanas en Moncloa a una lectura de poemas o a una tertulia con las gentes del cine, igual se pegaba un tiro. ¿Y por qué iba a tener que someterse un presidente del Gobierno a semejante tortura?, se preguntarán ustedes. Pues no está obligado, en efecto, pero el caso es que José María Aznar lo hacía (y con mucho gusto), lo que da pie a reflexionar sobre las relaciones de amor/odio entre la derecha y la cultura/cine español a unas horas de los Goya.

Minoría ganadora

Esta es una historia que comienza a mediados de los años noventa. Aznar había vivido la travesía del desierto democrático de la derecha, incluida una dolorosa derrota electoral (1993) ante un Felipe González achicharrado por la corrupción. Al PP le costó dios y ayuda dotarse de credibilidad democrática ante el elector porque se le seguía relacionando con el franquismo sociológico/cultural.  

El ansiado triunfo electoral llegó en 1996. El acierto de Aznar fue no dormirse en los laureles pese a la victoria, algo que tuvo mucho que ver con no obtener mayoría absoluta, lo que, paradójicamente, acabó siendo una suerte para la derecha. Estar en minoría agudizó los sentidos políticos de Aznar, que fraguó una alianza de gobierno con la derecha catalana y tendió puentes con una cultura potencialmente beligerante. Parecía que el lobo feroz de la derecha no era tan fiero como nos había contado Alfonso Guerra durante años.

Aznar y Vidal-Quadras en un mitin en 1995, antesala de los días de vino y rosas entre CiU y el PP (EFE)Aznar y Vidal-Quadras en un mitin en 1995, antesala de los días de vino y rosas entre CiU y el PP (EFE)

 

Pero no se trataba solo de gobernar en minoría, sino de ir perfilando una futura mayoría absoluta. El PP quería arrebatarle el centro del tablero político al PSOE, y Aznar sabía como: trabajándose al influyente sector cultural progresista. "Sabía que el mundo del cine era el más alejado y crítico con nuestras posiciones, aunque tampoco era cierta esa imagen de unanimidad 'anti-PP' que los activistas más dedicados querían transmitir. Y sabía que me esperaba una profunda desconfianza basada en prejuicios que algunos no querían superar, sino que buscaban reafirmarse en ellos. Para franquear esta brecha creía que nosotros también teníamos que hacer nuestro propio recorrido, debíamos andar el trecho que nos correspondía. Me importaba mucho menos la distancia de posiciones políticas que la superación de un estado de incomunicación dominado por el prejuicio, precisamente con un Gobierno que había destruido el primer prejuicio de todos: el de que el PP quería acabar con el cine español", cuenta en sus memorias.

Traducción política de estas palabras: Aznar se había tomado como algo prioritario romper la histórica hegemonía cultural del PSOE. Y lo acabaría logrando, en parte, salvo que luego se encargaría de desbaratarlo personalmente. He aquí como:

Saraos con la bohemia

Aznar convirtió el Palacio de la Moncloa en un bullicioso centro culturalSi al presidente Rajoy la cultura le da pereza, al presidente Aznar le ponía como un moto. Durante gran parte de su mandato (1996/2004), Aznar convirtió el Palacio de la Moncloa en un bullicioso centro cultural. El presidente y su esposa, Ana Botella, asistieron a decenas de actos privados con lo más granado de la cultura española.

Porque lo de que a José María Aznar le chiflaba la poesía, no era un chiste, aunque todos (¿Rajoy incluido?) nos hayamos echado alguna risotada al respecto alguna vez.

Por Moncloa pasaron, los viernes por la tarde, poetas como José Hierro, José Ángel Valente, Carlos Bousoño, Luis Antonio de Villena, Andrés Trapiello o Luis García Montero (algunos de ellos, como ven, rojos de toda la vida, como Rosa Regàs, que participó en más de una tertulia literaria con el presidente).

El mundo del cine, por su parte, también se hizo fuerte en Moncloa: Pilar Miró, Fernando Fernán Gómez, Aitana Sánchez Gijón, Luis García Berlanga, Imanol Arias, Alejandro Amenábar, Ventura Pons, Imanol Uribe, José Luis Cuerda, Fernando Colomo, Manuel Gutiérrez Aragón, Andrés Vicente Gómez, Gerardo Herrero, Maribel Verdú, Antonio Resines, Paz Vega, Juan Luis Galiardo y Leonor Watling, entre otros muchos, participaron en esos encuentros, en los que Ana Botella jugaba el papel crucial de anfitriona con los deberes hechos: veía las nuevas películas de los invitados para dorarles la píldora con fundamento.

Resumiendo en clave de chotis: en Moncloa un agasajo postinero con la crema de la intelectualidad. 

Los Aznar demostraron una gran astucia política al engatusar (y neutralizar) al rojerío cultural mediante el infalible método del canapé y la lisonjaEl matrimonio Aznar, al que la izquierda tiende a tomarse como una célula política risible, demostró entonces una gran astucia al engatusar (y acabar por neutralizar) al rojerío cultural mediante el infalible método del canapé y la lisonja. Acompañado, eso sí, de un esfuerzo presupuestario importante. Enrique González Macho, actual presidente de la Academia de Cine, suele defenderse de los ataques sobre el presunto izquierdismo de la institución diciendo que "con Aznar se dieron las mayores ayudas al cine español". O José María Aznar como máquina de dar subvenciones al cine (que se dice pronto).

José María Aznar y Ana Botella (EFE)José María Aznar y Ana Botella (EFE)

"En esos años dediqué mucho tiempo a cultivar una relación de respeto, de interés y de colaboración con este complejo mundo de la cinematografía... El contacto con actores y actrices, con directores, productores y autores fue frecuente y muy productivo, con conversaciones muchas veces ingeniosas y brillantes y, en todo caso, imprescindibles para conocer un mundo en el que no se puede entrar de oídas. La verdad es que mi voluntad de apoyarlos la tomaron muy en serio", explica Aznar en sus memorias políticas, El compromiso del poder, publicadas a finales de 2013.

En esa época, durante una velada en Moncloa, Aitana Sánchez Gijón, presidente de la Academia entre 1998-2000, solicitó a Aznar una sede para la casa del cine español. El presidente dijo sí y años después el Estado cedió un espléndido palacete a la bohemia cinematográfica.     

El ex presidente lo pasaba bien junto a los poetas y los titiriteros del cine españolTodo esto no significa que la maniobra política del matrimonio Aznar fuera únicamente un movimiento maquiavélico. En política las cosas no suceden por un solo motivo y el hecho es que Aznar no sólo creía en las políticas culturales de Estado, sino que lo pasaba bien junto a los poetas y los titiriteros del cine español, como explica en el segundo tomo de sus memorias: "Eran ocasiones para el encuentro y la conversación que siempre me resultaron muy gratas, especialmente después de cumplir una semana de agenda en general poco propicia para la lírica".

En efecto, al contrario de lo que parece ocurrirle al pasota de Rajoy, el interés de Aznar por el mundo de la cultura era genuino. Ocurre que el político supo aprovechar sus aficiones culturales para cimentar su presidencia. Y lo hizo gracias a una intuición política convertida luego en estrategia: ganarse a la cultura era clave para consolidar el poder del PP y alcanzar la mayoría social.

La bohemia se aznariza

Entrega medallas de oro de Madrid (EFE)Entrega medallas de oro de Madrid (EFE)¿Resultados prácticos de esta política de formas culturalmente conciliadoras? Contra todo pronóstico, el primer gobierno democrático de la derecha española (y en minoría) fue una legislatura (1996-2000) marcada por la paz social y el alineamiento de la cultura (y un sector importante de la izquierda) con algunas políticas de Estado (por ejemplo, la lucha contra ETA como problema más grave del país por encima de las cuestiones sociales y económicas). Muchas de las medidas que ahora se critican de la primera legislatura de Aznar (privatización de los recursos nacionales, liberalización especulativa del suelo) se aprobaron en su día ante la parálisis de la progresía.

Es ya todo un tópico asegurar que los Goya eran unos premios estrictamente cinematográficos hasta que el rojerío los politizó en 2003 en la gala del 'no a la guerra'. Solo que no es cierto: los Goya eran unos premios estrictamente cinematográficos hasta que José Luis Borau, entonces presidente de la Academia, los politizó en 1998 al convertir la gala en un alegato antiterrorista.

En efecto, la de las manos blancas fue la primera gala politizada de los Goya y abrió el camino a que la ceremonia se convirtiera en una plataforma de reivindicación social. Pero lo importante de esta gala del 98 es que Aznar había logrado en tiempo récord tener a la cultura donde quería: comiendo de su mano y reivindicando sus mismas causas; sin desestabilizar, por tanto, su labor de Gobierno. Todo esto no significa que criticar a ETA desde la cultura no fuera una causa justa, solo que también era un síntoma de que Aznar había pasado a marcar la agenda política y la cultura iba a rebufo, incapaz de generar discursos críticos hacia, por ejemplo, las carencias sociales del neoliberalismo aznarista.

Equilibrio precario

El acercamiento a la cultura fue, sin duda, una de las obras maestra del aznarismo. Ocurrió que, tras muchas décadas de desconfianza mutua, las fisuras no iban a cerrarse así como así. Y es que Aznar también tenía alborotadores dentro de sus propias filas...

Que el pacto no escrito entre la derecha y la progresía tenía sus límites se vio ya en el primer acto donde se escenificó la entrada de la izquierda cultural en el aro aznarista: el homenaje a Miguel Ángel Blanco en la plaza de toros de Las Ventas en septiembre de 1997, donde Raimón se llevó la bronca de su vida por cantar en catalán y José Sacristán la de la suya por citar a Bertolt Brecht ("'¡Comunista, comunista!'", profería la gente desaforada" señalando al actor, según la crónica del homenaje publicada en El País).  

El caso es que la izquierda cultural aguantó ese día el chaparrón y acabó engatusada por la frenética actividad cultural de Aznar, que sabía que iba a obtener mucho más crédito político por la vía del entendimiento que por la del enfrentamiento.

Las bombas volaron los puentes de Bagdad, pero también los puentes derecha española/cultura que tanto le habían costado construirLo que pasó luego es de sobra conocido. Aznar ganó las siguientes elecciones (2000) por aplastamiento y sacó del mapa a un PSOE incapaz de volver a urdir su clásica alianza electoral con la cultura (cosa que Zapatero sí lograría más tarde). Pero la mayoría absoluta le sentó muy mal a Aznar, que empezó a desandar el camino andado y acabó por alienar a toda la comunidad cultural (y a la mayor parte del país) con su insensato apoyo a la invasión de Irak para buscar no se qué armas de destrucción masiva. Las bombas de Irak hicieron saltar por los aires los puentes de Bagdad, pero también los puentes derecha española/cultura que tanto le habían costado construir al presidente.

Aznar recuerda así el Goyagate en sus memorias: "Es evidente que las cosas luego cambiaron, cuando la crispación y la agresividad que se introdujeron en la estrategia de oposición al Gobierno movilizaron lealtades partidistas también en el mundo del cine. Creo que el precio pagado por nuestra cinematografía ha sido muy alto en un amplio sector de la población española que se sintió injustamente herida y agredida en sus convicciones".

No esperen, por tanto, encontrar ningún tipo de autocrítica en sus memorias. Aznar sigue sin asumir responsabilidad alguna en la doble voladura de puentes. Continúa convencido de que la causa principal de las masivas protestas antibélicas (lo de los Goya fue una anécdota comparado con la que se lió en las calles) no era otra que desalojarle del poder para poner a los socialistas que, al fin y al cabo, siempre conectaron mejor con la progresía y la crema de la intelectualidad.

Pensar en el futuro

Y en esa inercia de la segunda legislatura de Aznar seguimos en pleno año 2014. Con el Gobierno apretando las tuercas mediante el IVA más alto de Europa, el mundo de la cultura bramando contra las políticas gubernamentales y la derecha entrando al trapo con Cristóbal Montoro de ariete. Un mecanismo que se retroalimenta y en el que tanto el PP como el PSOE parecen estar cómodos: así mantienen calentitas a sus bases. Titiriteros subvencionados versus derecha cavernícola, una batalla cultural en la que ambos partidos tienen algo que ganar: sirve para crear perfil cultural diferenciador, algo que no es tan sencillo (sobre todo para el PSOE) desde que el 15M dijo que el bipartidismo tiene una sola política macroeconómica.

No obstante, la pregunta del millón sería la siguiente: ¿No le iría mejor al PP si lograra atraer a la cultura como hizo Aznar durante su primera legislatura? El ex presidente cree que sí: "Ahora que las aguas se han retirado [las del 'no a la guerra'], no sólo creo que debería apreciarse el esfuerzo que se hizo entonces en aproximación y apoyo, sino pensar en el futuro", asegura en sus memorias.

Con todo, que nadie piense que Rajoy va a emplear ni la décima parte de la energía política gastada por Aznar en ganarse al mundo de la cultura. Puede que Aznar leyera poesía catalana en la intimidad y que eso le sirviera para llevarse al huerto a la bohemia, pero el tecnócrata Rajoy no va a renunciar a su lectura diaria del Marca por mucho que los titiriteros se suban por las paredes.

Pero la principal lección del acercamiento del primer Aznar a la intelectualidad es que la cultura puede ser un arma política eficaz si uno sabe usarla con astucia. Un ejemplo canónico: el asombroso caso de Alberto Ruiz-Gallardón. Convertido ahora en el político más retrógrado de España (valoración compartida tanto por la izquierda como por un sector nada desdeñable del Partido Popular), Gallardón era hasta hace poco el estadista de derechas con perfil más progresista de España. ¿Cómo lo consiguió? Tocando una sola tecla: la cultural.

En efecto, el ex alcalde de Madrid y ex presidente de la CAM dejó la cultura de la capital en manos de progresistas, logrando así el milagro de ser respetado por el votante socialista pese a hacer políticas de derechas. Los progresistas que ahora no se explican el giro antiabortista del político deberán reconocer al menos la maquiavélica genialidad política de Gallardón, capaz de engatusar a la parroquia izquierdista madrileña durante años con medidas tan sencillas como programar compulsivamente ciclos de Bertolt Brecht en los teatros municipales. Unas galletitas progres de vez en cuando, y todos contentos (es cierto, eso sí, que esta estrategia funcionaba cuando aún no había reventado la crisis y las exigencias sociales eran mucho más bajas que ahora). 

Ah, por cierto, lo crean o no, Mariano Rajoy Brey fue ministro de Cultura durante unos meses en 1999. Menudo coñazo, ¿verdad Mariano?