guerras costumbristas

Évole, Bisbal y el suicidio cultural de la izquierda

Los fans de 'Salvados' critican a los fans de 'Operación Triunfo' por su mal gusto. O cómo la superioridad moral de los progresistas les hace perder la batalla cultural

Foto: Bisbal y Évole.
Bisbal y Évole.

El pasado domingo tuvo lugar un psicodrama televisivo en Twitter: a un lado, los fans de 'Salvados'; al otro, los de 'Operación Triunfo'. El momento más bochornoso del quilombo fue ver a varios tuiteros izquierdistas con ataques agudos de superioridad moral. Resumiendo lo que subyacía en sus argumentaciones: qué guays somos los progres (léase élites culturales) que vemos el programa de Jordi Évole sobre las pateras y qué gañanes son los poligoneros (léase lumpen cultural) que prefieren ver a Bisbal haciendo gorgoritos.

En efecto, burlarse de los gustos culturales del otro es una pintoresca manera de defender a los inmigrantes. O criticar el clasismo con una sobredosis de histeria clasista.

Audiencias de 'Salvados' y 'OT. El reencuentro'.
Audiencias de 'Salvados' y 'OT. El reencuentro'.

 

Hasta aquí, un fenómeno tuitero —que seguramente se repetirá el próximo domingo— que no tendría sentido tratar fuera de Twitter de no ser porque refleja un elemento central de la lucha política contemporánea: las batallas culturales en torno a los gustos, las costumbres y los estilos de vida. Guerras culturales que ahora mismo están ganando las derechas populistas gracias, en parte, a errores típicos de la izquierda, como jactarse de su superioridad moral sobre el otro.

El filósofo Slavoj Zizek dedica una parte de su último libro a hablar de esto. Hay citas, de hecho, que parecen hechas ex profeso para explicar el culebrón  'Salvados'/'Operación Triunfo': “Al tiempo que los progresistas profesan su solidaridad con los pobres, codifican una guerra cultural con un mensaje de clase opuesto: lo habitual es que su lucha en favor de la tolerancia multicultural y los derechos de las mujeres indique una contraposición a la supuesta intolerancia, fundamentalismo y sexismo patriarcal de las 'clases bajas”.

El contexto

El problema es que reírnos del otro por sus opiniones sobre cultura, moral sexual o inmigración ha mutado en bumerán político.

Y es que la derecha ha convertido con éxito la guerra cultural en una lucha de clases invertida: o cuando la batalla política ya no es entre ricos y pobres, sino entre clases populares y élites culturales que colisionan por cuestiones costumbristas o morales. Uno de los mensajes recurrentes del populismo conservador hacia las clases bajas que antes votaban a los partidos progresistas vendría a ser el siguiente: "Los culpables de tus problemas son las élites culturales, que se burlan de tus gustos culturales e ideas políticas". Este "si te va mal en la vida, quizá la culpa no sea de tu banquero, sino de ese progre imbécil que se ríe de ti" será todo lo burdo, resentido y manipulador que uno quiera, pero refleja un malestar real… y funciona.

Burlarse de los gustos culturales de las clases populares no parece la mejor manera de combatir a la derecha populistaLas batallas culturales han jugado un papel crucial en el terremoto que llevó al triunfo del Brexit. La polarización cultural era de traca en el Reino Unido los días previos al referéndum: a un lado, los cosmopolitas y multiculturales habitantes de Londres; al otro, los nacionalistas 'working class' del interior del país. Con la aplastante mayoría de los vips culturales británicos —de J. K. Rowling a Coldplay— alineados en favor de la permanencia en la UE; vips culturales a los que el pueblo llano no hizo, por cierto, ningún caso...

El punto álgido de esta batalla se produjo en las aguas del Támesis durante la campaña. Nigel Farage, todavía líder del derechista y eurófobo UKIP, montó una flotilla de pesqueros por el Támesis para denunciar un supuesto maltrato de la UE hacia los pescadores británicos. Pero alguien le contraprogramó: Bob Geldof —exestrella del rock, filántropo y millonario progre británico por excelencia— montó una flotilla europeísta alternativa.

Évole, Bisbal y el suicidio cultural de la izquierda

Ambas flotas colisionaron simbólicamente en 'aguas' londinenses. La prensa europea biempensante celebró la 'performance' de Geldof —¡por fin alguien plantaba cara a esos descerebrados del Brexit!— sin entender del todo el significado profundo de la batalla náutica: Geldof se lo había puesto a huevo a Farage, al convertir aquello (sin querer) en un choque entre élites culturales y clases populares. Farage tiró de victimismo y vino a decir lo siguiente a la prensa: he venido aquí a defender a los honrados trabajadores y pescadores británicos y los pijoprogres ociosos nos sabotean y se ríen de nosotros porque odian a las clases populares. Golazo de la nueva derecha populista. Farage estaba enseñando el camino a seguir a los 'tories'.

Theresa May, primera ministra británica, cerró el reciente congreso del Partido Conservador con un discurso incendiario que destacó tanto por su poca disimulada xenofobia hacia los trabajadores extranjeros afincados en el Reino Unido como por su utilización de las herramientas de la guerra cultural: May atacó a "los políticos y comentaristas que se ríen del patriotismo de los ciudadanos comunes y corrientes, y que tildan de provincianas sus preocupaciones sobre la inmigración". Si el choque entre 'Salvados' y 'OT' se hubiera producido en el Reino Unido, Theresa May se hubiera puesto las botas...

La moraleja es de libro: burlarse de los gustos culturales del otro no parece la mejor manera de combatir a la derecha populista a esta hora de la mañana...

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