Por qué las revoluciones tecnológicas que te quieren vender no son para tanto

El cambio es increíblemente bien visto por los medios, sobre todo si tiene que ver con la tecnología y la psicología pop, y cada semana aparecen libros que dicen que todo va a cambiar

Foto: Un robot atiende al público en la última edición del Mobile World Congress de Barcelona (Paul Hanna/REUTERS)
Un robot atiende al público en la última edición del Mobile World Congress de Barcelona (Paul Hanna/REUTERS)

El viernes pasado por la noche, para preparar esta columna, introduje en Google News la palabra “revolución”. Más allá de las noticias estrictamente políticas -casi todas referidas a Cuba, Venezuela y el aniversario de la revolución rusa-, me topé, en solo las dos primeras páginas de resultados, con los artículos: 'Revolución en el fondo de la piscina' (aunque no lo parezca, sobre gastronomía, en El País), 'Revolución digital más humanista' (El Periódico), 'Revolución en la sauna: ahora son infrarrojos(Clarín), “Banca exponencial para la cuarta Revolución Industrial” (Expansión) 'La nueva revolución educativa: un aula sin pupitres que conecta a estudiantes y profesores de todo el mundo' (Huffington Post) y '5G: la revolución que va desde los autos autónomos hasta las ciudades inteligentes' (Gestión, un diario de economía peruano)

Se diría, pues, que vivimos tiempos revolucionarios. Si solo en un día -los resultados eran todos del jueves anterior- se pudieron anunciar revoluciones en el ámbito de la restauración, el humanismo digital, la banca, la educación y las telecomunicaciones, y eso sin profundizar mucho, es que sin duda las transformaciones que está viviendo nuestra vida son constantes y asombrosas.

Esa parece ser la opinión de prestigio actualmente, aunque sea difícil de cuantificar. El cambio es increíblemente bien visto por los medios, sobre todo si tiene que ver con la tecnología y la psicología pop, y cada semana aparecen libros que dicen que todo va a cambiar, que estamos al borde de la sustitución de los humanos por los robots en muchas tareas y que el móvil va a ser una herramienta que le dará la vuelta a la manera en que nos relacionamos afectivamente, trabajamos y gestionamos nuestra vida cotidiana. Muchas de las grandes empresas, de la banca a las telecomunicaciones o la prensa, insisten que su negocio está más en la innovación tecnológica que en sus actividades tradicionales.

Engañosa unanimidad

Mucho de esto es cierto, por supuesto. Hemos convertido las redes sociales en uno de los centros neurálgicos de nuestra experiencia y hemos dejado de comprar periódicos de papel y de acudir a las agencias de viaje, y un 40 por ciento de los usuarios de banca ya lo son de sus servicios digitales. Sin duda, muchos aspectos de nuestra vida cotidiana se han transformado de una manera inesperada y decisiva.

Pero, al mismo tiempo, hay algo engañoso en la casi unanimidad con que se celebra estar viviendo en tiempos de supuesta profunda innovación. Porque para nuestros abuelos, por no hablar de nuestros bisabuelos -es decir, los nacidos entre 1900 y 1930, aproximadamente- los avances tecnológicos tuvieron un impacto mucho mayor en sus vidas que el que están teniendo en las nuestras.

Para nuestros abuelos los avances tecnológicos tuvieron un impacto mucho mayor en sus vidas que el que están teniendo en las nuestras

Fueron ellos quienes en muchos casos pasaron de un mundo sin luz eléctrica ni agua corriente en las casas a disponer de ambas cosas. Fueron ellos quienes conocieron la aparición masiva de la radio comercial y la televisión. Fueron ellos quienes pasaron de lavarse en un barreño y tener baños rudimentarios a disponer de ducha e inodoro con cisterna. Quizá fueron los primeros miembros de sus familias que pudieron comprarse un coche o viajar en avión. ¿De veras vamos a comparar la importancia de las nuevas tecnologías actuales en nuestras vidas con la de todo eso, que aunque ahora no nos lo parezcan fueron también en su momento nuevas tecnologías?

Y es que las innovaciones de nuestra época son, comparadas con las de los dos siglos anteriores, poca cosa. Como sostienen algunos economistas -Tyler Cowen en 'Se acabó la clase media' (Antoni Bosch) y 'The Great Stagnation' o Robert J. Gordon en 'The Rise and Fall of American Growth'-, a pesar de nuestro entusiasmo innovador, en realidad no hay un margen tan grande para seguir inventando cosas nuevas que mejoren de manera indiscutible nuestra vida, aumenten nuestros ingresos, creen muchos puestos de trabajo -comparen los que genera el gran éxito tecnológico de nuestro tiempo, Facebook, con los que generó, por ejemplo, la gran industria tecnológica de los sesenta en España, la del automóvil-, aumenten las tasas de alfabetización o alarguen muchísimo más nuestra vida.

Predicciones equivocadas

Pero nos gusta creer que sí. Hay pesimistas razonables, y también fanáticos de las distopías apocalípticas, pero por lo general nos gusta pensar que el futuro será un lugar fascinante y radicalmente distinto de nuestra gris vida actual. Creemos que la tecnología tiene un elemento casi redentor que nos liberará de los límites propios de la existencia humana. Los medios, la publicidad y una nueva clase de intelectual -que ya no es el viejo filósofo que recomienda prudencia sino un profeta de causas futuristas que vende entusiasmo- explotan este hecho con inteligencia y ponen delante de nosotros lo que más podemos desear: un futuro vibrante.

Sin embargo, llevamos décadas así. Si uno ve las predicciones del futuro que se hacían en los años cincuenta o sesenta, se ve hasta qué punto estaban equivocadas en casi todo a la hora de imaginar nuestra vida en el porvenir: a estas alturas, se suponía que tendríamos coches voladores, energía limpia y máquinas de producir orgasmos; como explicaron con una comicidad e inteligencia extraordinarias los Muchachada Nui en su gag 'Regreso al futuro IV', el futuro soñado parece más bien transcurrir en bares cutres y atascos, con treintañeros desempleados y una vida sexual discreta.

Los logros tecnológicos son innegables y, en muchos casos, aunque no todos, benéficos. Sería absurdo frivolizarlo y descartar que es posible que estemos viviendo una época de más cambios que otras, aunque yo tengo mis dudas. Pero si muchas veces solemos desdeñar a quienes creen que su ciudad o su país son cosas únicas, especiales e irrepetibles, deberíamos hacer lo mismo con quienes creen que el momento histórico que les ha tocado vivir es único, especial e irrepetible. Los distintos momentos de la historia nunca son iguales, pero se parecen en muchas cosas. La sensación de que todo cambia muy deprisa a causa de la innovación tecnológica, y sobre todo porque los jóvenes desdeñan los hábitos de los viejos y conforman otros propios y diferentes, es una de ellas.

Las revoluciones son hechos raros, que solo tienen lugar muy de vez en cuando. Las políticas casi podemos descartarlas: hoy, los revolucionarios parece que solo quieren acelerar el gradualismo liberal, pero no mucho más. Las tecnológicas pueden parecer más frecuentes, pero es posible que todo sea una ensoñación optimista: si tenemos revoluciones a diario, lo más probable es que no sean revoluciones, sino pequeños cambios que la actual cultura del márketing, los congresos, la publicidad y los medios magnifican para tenernos revolucionariamente entretenidos. No es poca cosa, pero quizá no deberíamos dejarnos llevar por el entusiasmo.

El erizo y el zorro

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