Ricardo Piglia, la inteligencia de leer

El autor argentino ha fallecido después de varios años enfermo. Deja una obra dedicada a la lectura y la escritura que supone una referencia incuestionable para la literatura de nuestro tiempo

Foto: Fotograma del documental '327 cuadernos' (2015), Andrés Di Tella, en el que aparece el escritor argentino Ricardo Piglia leyendo sus diarios en 2014 en Buenos Aires (Argentina)
Fotograma del documental '327 cuadernos' (2015), Andrés Di Tella, en el que aparece el escritor argentino Ricardo Piglia leyendo sus diarios en 2014 en Buenos Aires (Argentina)
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En el año 2011 participé junto a Ofelia Grande en una charla sobre crítica literaria organizada por Babelia dentro de la Feria del Libro de Madrid en la que, obviamente, incluso nosotros dos habíamos ido a escuchar a Ricardo Piglia, tercer ponente de aquella mesa. Daba gusto oírle hablar.

Antes del evento, nos invitaron a todos a un café en uno de esos chiringuitos esqueléticos que plantan entre las casetas, y tuve ocasión de mirar mucho y con total indiscreción el porte y las maneras de uno de los escritores en lengua española más deslumbrantes de nuestro tiempo.

Era, Piglia, un hombre bajito, tremendamente tranquilo, risueño de sí. Quiero decir que se sonreía a veces como si no pudiera compartir el chiste que su cabeza acababa de formular, lo que hacía de sus silencios -en aquel café- una especie de monólogo interior admirable en su elisión: ¡qué cosas tan geniales y divertidas debe de estar pensando este hombre!, se decía uno.

No es importante, pero pongo como ejemplo de ese silencio encantador un momento en el que su cicerone por la Feria de Madrid -un español, peso pesado de la industria editorial- le dijo, sin más ni más, que ya estaba cerca de conseguirle el premio Cervantes. El modo en el que Piglia se arreboló, sonrió y -en suma- despreció la gloria prometida se cuenta entre esos escasos gestos que uno, a lo largo de la vida, entiende como epifánicos.

No es importante que no le dieran nunca el premio Cervantes; pero no deja de resultar indecente.

No inventaría la literatura

Ahora que Ricardo Piglia ha muerto, abro en su homenaje el archivo que tengo con las citas que he ido recogiendo de mi lectura de sus libros, y encuentro estas palabras, escritas en 1992: “El cine es más rápido que la vida, y la literatura un poco más lenta”.

Esa lentitud, para Piglia, constituía una condena para el arte de escribir, pues lo abocaba a la postergación: “El cine ha sustituido a la novela como el lugar de la narración social.”

En 'Conversación en Princeton”, en 1999, el pesimismo se agravaba desde el humor: “Yo siempre digo en broma que esta sociedad no inventaría la literatura si no la hubiera encontrado hecha.”

Y es que en buena parte de su obra, Piglia reflexiona sobre la lectura y la escritura literarias, así como sobre su lugar en nuestra sociedad, cada vez menos hospitalaria con los libros. Con todo, Piglia siempre concede a la literatura un aura épico, una modesta heroicidad: “La historia la escriben los vencedores, pero la narran los vencidos.”

Como todo escritor de vanguardia, entendió la figura del lector como central en la literatura contemporánea, y se sumó con varios libros

Además, como todo escritor de vanguardia, entendió la figura del lector como central en la literatura contemporánea, al punto de sumarse con varios de sus libros (desde 'Formas breves' a los 'Diarios de Emilo Renzi') a ese curioso sub-género narrativo que podemos definir como “un lector que escribe su lectura” y que, con Enrique Vila-Matas o David Markson en sus filas, quizá sea la única aportación realmente valiosa de nuestro tiempo a la historia de la literatura

“Si tuviéramos que acuñar una fórmula, irónica, podríamos decir que el modelo perfecto de lector masculino es el célibe, el soltero a la Dupin, mientras que el modelo de lectora perfecta es la adúltera, a la Bovary”, escribió.

Teorías

La pasión de Piglia por los mecanismos de la ficción le llevó a convertirse en el mayor creador de teorías literarias de nuestro tiempo; esto es, a proponer herramientas de análisis del relato que cualquiera podía utilizar. A muchos talleres de escritura creativa les ha arreglado (y alegrado) la semana su 'Teoría del cuento', hipótesis según la cual todo relato cuenta en realidad dos historias. Basta acercarse a nuestros cuentos favoritos con esta teoría en mente para develar una lectura completamente insólita.

La pasión de Piglia por los mecanismos de la ficción le llevó a convertirse en el mayor creador de teorías literarias de nuestro tiempo

Después de 'Tesis sobre el cuento', vino 'Teoría de la nouvelle', así como aproximaciones casi coreográficas -una inteligencia que baila, la de Piglia- a los conceptos de “enigma, misterio y secreto”, amén de “complot”, sobre el que escribe: "Con frecuencia, para entender la lógica destructiva de lo social, el sujeto privado debe inferir la existencia de un complot".

Encuentro particularmente deliciosa esta otra afirmación de Piglia, menos sofisticada que la anterior (o más, según se tome): "Con la invención de la imprenta, se había incrementado la demanda de gafas".

Imprenta y gafas, dos artilugios que nunca antes -a buen seguro- habíamos encontrado en la misma frase.

Piglia ostentaba esa brillantez intelectual que conlleva poner en relación elementos regularmente irreconciliables. Ahora nos ha hecho pensar en la muerte y en lo risueño, en un gran silencio enfrentado a un pequeño silencio invencible.

El que sigue al punto final.

Mala Fama

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