ANTE EL BETIS 'cantó' e hizo UNA GRAN PARADA

Las dos caras de Keylor Navas que mosquean al Real Madrid

Keylor Navas no vivió este domingo su mejor noche ya que en el primer tiempo se metió un extraño autogol aunque, en el descuento, salvó la victoria del Madrid con una gran parada

Foto: Keylor Navas, este domingo frente al Betis tras su autogol.
Keylor Navas, este domingo frente al Betis tras su autogol.

Imaginen que usted es Keylor Navas. Vale, juega en el Real Madrid, tiene una buena familia y es millonario. Hasta ahí, todo bien. Pero ahora adéntrense en su situación profesional, no se queden en la parte superficial, siéntanse él. ¿Ya? Bien. Echen un poco la vista atrás sobre su vida. Recuerden el día en que el Madrid les llamó por primera vez, una ilusión incontenible. Evidentemente, firma aunque tengas por delante a Iker Casillas, el mejor portero de la historia del club. A lo mejor, con suerte, cuando se retire, le dan una oportunidad. Un año casi sin jugar que acaba en desastre, pero ahí sigue, en el Madrid, soñando despierto cada vez que salta al Bernabéu a ponerse entre los palos.

De repente, sucede lo que se temió durante toda esa temporada. Como no tiene un nombre de estrella mundial, la prensa y el propio club empiezan a buscar un relevo. No es un sustituto directo para él, sino para Casillas. Se necesita un nuevo 'santo' bajo palos, y no se considera al tico el idóneo. Es De Gea el elegido. Tres meses de negociaciones, un contrato firmado casi por obligación con el Manchester United, un paseo en balde a Barajas y una reunión con el entrenador para que le diga que todo eso no ha valido de nada, que va a ser su portero hasta final de temporada. Y ese palo usted lo convierte en motivación para lucir con orgullo el '1' del Real Madrid en la espalda, realizando lo que iba a ser, con diferencia, el mejor año de su carrera deportiva.

Dios marca el camino a seguir

Ya no hay dudas. Keylor, es decir, usted, se merece defender la portería madridista. Ni se habla de De Gea ni de Courtois. Menos aún de Casillas, que no tiene un buen año en Portugal. Pero claro, el sobreesfuerzo lleva a una lesión y una inevitable operación que, como todo paso por quirófano, conlleva una recuperación. Y ya nada es lo mismo. Nada en absoluto. Sí, usted ha ganado una Copa de Europa, algo que quizá ni había imaginado porque no es tan ambicioso y piensa siempre humildemente que es un simple siervo de Dios y que es Él quien que le marca el camino a seguir.

Pero tiene que empezar la temporada en la grada esperando a que los tejidos vuelvan a soldarse. Una vez bien físicamente, su entrenador le dice que vuelve a jugar. Nada más recibir el alta médica, el técnico al que admira le confía de nuevo su portería en un día de máxima trascendencia, como es una visita al subcampeón alemán. La inactividad es malísima, más aún para un portero. Eso conlleva inseguridad y nervios y, por tanto, la toma de malas decisiones. Un error propicia un gol en contra, algo que no había ocurrido la temporada anterior. Un fallo que se queda merodeando por la mente y que ni la continuidad y la indudable fe del preparador hacia usted le devuelven la misma confianza que una vez tuvo y le hizo casi infalible.

Los nervios están ahí

Los nervios son unos bastardos. La única forma de eliminarlos es no pensar en ellos, pero si piensas en no pensar en ellos, se multiplican, le aceleran el corazón y le agarrotan las extremidades, de manera que donde antes alcanzaba X centímetros, ahora alcanza X menos uno. Y ese es el centímetro que evita un gol o lo concede. A Keylor, es decir, a usted, la tranquilidad le debe fluir por el cuerpo para que pueda estar al máximo de sus prestaciones. De lo contrario, cuando hay un balón dividido que le obliga a avanzar varios metros lejos de su arco, calcule mal, llegue una centésima de segundo más tarde que el rival y éste le marque un gol, o bien, le derriba cometiendo una falta que le costaría la expulsión si el árbitro la hubiese visto como correspondía. Claro, eso inquieta a cualquiera, tanto es así que un disparo que bloca con holgura, se convierte en una bola de mantequilla que se escurre entre las manos con tal inquina que se dirige hacia el otro lado de la línea de gol.

Y mientras se acumulan los traspiés, usted no para de ver y oír en la prensa que el Real Madrid está buscando portero. Y esta vez en serio, no como la otra vez, que se dejó de mandar el correo electrónico correspondiente para tramitar el traspaso. La dirigencia del club considera que ha llegado el momento de contratar a un cancerbero que ofrezca la determinación que un día dio Casillas. El Madrid busca otro 'santo'. Y ese no es Keylor. Ya no lo es. ¿Cómo se sentirían con tal inquietud, tal desasosiego por un futuro incierto, lejos de una ciudad a la que ya está adaptado y un club que lo ha hecho sentir un grande? El final está a la vuelta de la esquina, y entretanto, debe aguantar cómo una parte del Bernabéu le pita.

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Pero usted no es ningún manta. Ha sido uno de los jugadores más importantes del campeón de Europa, sin el cual no se habría llegado a Milán y, de hecho, se habría caído mucho antes. Porque la opinión pública es cruel y solo destaca el yerro, olvidando casi siempre el acierto. Usted, o sea Keylor, se marchará a casa trastocado. Por un lado, sentirá el peso de la responsabilidad por un fallo obsceno, pero a la vez, sabrá que ha salvado a su equipo en el descuento con un vuelo prodigioso que no llenará portadas ni será elogiado, pero sin el cual, el Madrid habría dejado escapar una oportunidad de acercarse a la Liga.

Tribuna

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