¡Muera la inteligencia!

  En 1814, José María Blanco White, uno de esos españoles ilustres que merecen la pena, se preguntaba: “¿Cómo crecen las artes y la civilización en los
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    En 1814, José María Blanco White, uno de esos españoles ilustres que merecen la pena, se preguntaba: “¿Cómo crecen las artes y la civilización en los pueblos?" Y la respuesta que daba el pensador sevillano era sugerente: "El reino de las leyes y del orden civil debe prevalecer. De las leyes nace la seguridad; de la seguridad, la curiosidad, y de la curiosidad, el saber".

    Sólo un país ignorante no se daría cuenta de la importancia del conocimiento, que no es únicamente un factor esencial para que avance la productividad, sino que cumple un papel determinante en la legitimación social de las decisiones políticas. Las leyes que no están avaladas por el conocimiento profundo de las materias que tratan son, en realidad, leyes huecas condenadas a morir de forma temprana.

    Como sostiene el profesor Daniel Innerarity, la vieja cuestión acerca de las relaciones entre el saber y el poder se remonta a la teoría platónica del filósofo-rey, pero en la edad contemporánea esa dicotomía se ha traducido en dos figuras que representarían el tipo de saber que debe guiar a la política. En su versión de derechas estaría la figura del experto y en la de izquierdas, la del intelectual. El experto encarna a la superioridad de la ciencia y sería el abogado de la objetividad. El intelectual, por el contrario, pretendería hacer valer una superioridad moral y, en vez de objetividad, lo que ofrece es un saber crítico y comprometido

    Expertos e intelectuales, sin embargo, juegan hoy un papel irrelevante en la vida política. Los nuevos filósofos son los cocineros que incluso hablan de tortillas deconstruidas, convirtiendo al pobre Jacques Derrida en un vulgar pinche de cocina. En realidad, no es ninguna novedad. Ya Nietzsche afirmaba con mucha ironía que el único poeta y filósofo que quedaba en Alemania era Bismarck. Nietzsche criticaba con saña el empobrecimiento cultural de su país, mientras que Thomas Mann, años después, diría que el Reich alemán había sido una decepción cultural: "Alemania, otrora profesora del mundo, carecía entonces de grandeza intelectual. Era fuerte, nada más", clamaba con pena el escritor hanseático.

    Esta banalización de la cultura y del conocimiento explica que la crisis se esté llevando por delante buena parte de los principios que se creían asentados. Y ahora hablar de cultura -incluso de conocimiento- es sinónimo de gasto público. Sin duda, por los excesos cometidos en el pasado. El país asiste con los brazos cruzados a los recortes en investigación como si se tratara de una maldición bíblica.

    Jorge Semprún, nada sospechoso de ser un agente de la Trilateral o del Club Bilderberg, solía decir, parafraseando la célebre frase del escritor filonazi Hanns Johst ("cuando oigo hablar de cultura, quito el seguro de mi Browning"), que los socialistas oían hablar de cultura y se echaban la mano a la cartera. Y en verdad, esa es la impresión que tienen muchos ciudadanos: hablar de cultura es lo mismo que sangrar el bolsillo de los contribuyentes. Para cierta derecha, por el contrario, la cultura es sinónimo de gorrones que viven de la subvención. Y hasta un sujeto como Millán-Astray lanzó aquel célebre: "¡Muera la inteligencia!".

    Alienación y cultura

    Probablemente, en el fondo de esa percepción se encuentra una visión reduccionista de la cultura entendida como mero entretenimiento. En línea con lo que criticaban los pensadores de la Escuela de Fráncfort, para quienes la consolidación de una industria de la cultura de masas acabaría por convertir al ciudadano en un consumidor pasivo incapaz de emitir un juicio cabal sobre lo que observa. Tanto Adorno como Walter Benjamin sostenían que con la cultura de masas la libertad quedaba reducida a elegir entre los mismos productos pero etiquetados con distintos nombres, lo que necesariamente conducía a la alienación. Las subvenciones no son un fin en sí mismo, sino un medio para lograr determinados objetivos. Y si no se sabe para qué sirve la Universidad, difícilmente se podrá conocer la utilidad de las becas

    Este es, en realidad, el fondo del problema cuando se convierte la cultura en un mero espectáculo. Pero la cultura, en el sentido más amplio del término, no tiene sólo que ver con subvencionar el teatro, la música o el cine. Cultura cívica es cuando millones de brasileños salen a la calle no sólo para protestar contra la carestía de la vida, sino también contra la corrupción del Gobierno. Cultura política es cuando los ciudadanos protestan porque mientras los políticos discuten de sus cosas, distraídos en lo insignificante, hay un montón de problemas que esperan ser abordados. Y cultura democrática no es otra cosa que tener capacidad real de elegir entre distintos candidatos de acuerdo a la lógica y a la racionalidad de los programas, y no al socaire de los impulsos primarios que desatan las falsas ideologías y los populismos. La cultura, por lo tanto, forma parte de nuestra vida más íntima y renunciar a ella es despojarnos de nuestra propia identidad.

    Y el actual debate sobre las cuantías y los requisitos que exigirá el Gobierno para tener derecho a una beca pone de relieve hasta qué punto la Universidad -cátedra de las ideas y de la cultura- cumple un papel irrelevante en la sociedad. Probablemente, porque el país se ha acostumbrado a la ceremonia de la mediocridad permanente propiciada por falsos igualitarismos. Se discute sobre cómo entrar a las aulas y en qué condiciones deben hacerlo los estudiantes, asunto sin duda capital, pero no sobre el papel que debe jugar la Universidad en una sociedad desarrollada que mira sin inmutarse la degradación permanente de su función social. Desconociendo, como sostenía el informe de expertos que encargó en su día el ministro Wert, que universidades como Berkeley, Cambridge, Stanford o el MIT han contribuido a la creación de innumerables empresas.

    El origen de Google, por ejemplo, está en un nuevo y eficaz algoritmo de búsqueda de datos en Internet desarrollado por dos estudiantes de doctorado en Stanford, y mucho antes el descubrimiento del electrón por un laboratorio de la Universidad de Cambridge puso los cimientos del desarrollo económico.

    ¿Para qué sirve la Universidad?

    Lo relevante, por lo tanto, no es cuántas tasas hay que pagar o si la política de becas es la acertada, sino el papel que juega la Universidad en este momento histórico, pero este asunto no parece llamar mucho la atención. Se sigue considerando, como sostiene en este artículo el profesor César García, que las becas son ante todo un subsidio mayoritariamente estatal, una cantidad de dinero que se aporta al estudiante a fondo perdido, que permite a los más pobres y, casi por derivación, a los mejores poder estudiar. Pero las subvenciones no son un fin en sí mismas, sino un medio para lograr determinados objetivos. Y si no se sabe para qué sirve la Universidad, difícilmente se podrá conocer la utilidad de las becas. España está ensimismada en sus propias miserias y continúa enfrascada en pequeñas escaramuzas que no abordan los problemas de fondo. Pero este país cuenta con 50 universidades públicas y 31 privadas repartidas en 236 campus para atender a millón y medio de universitarios

    España está ensimismada en sus propias miserias, y en lugar de poner las luces largas para identificar el camino que debe seguir, continúa enfrascada en pequeñas escaramuzas políticas (la utilización de las becas con fines propagandísticos) que no abordan los problemas de fondo. Y que tienen mucho que ver con el hecho de que este país cuente con nada menos que 50 universidades públicas y 31 privadas repartidas en 236 campus para atender a cerca de millón y medio de universitarios. Y en las que se imparten a menudo las mismas disciplinas sin producir apenas valor añadido, generando multitud de ineficiencias y duplicidades que sólo conducen al abatimiento general. Hablar de becas sin mencionar para qué sirven es un auténtico despropósito.

    Parce razonable pensar, por lo tanto, que antes de discutir sobre la cuantía de las becas, el país reflexione sobre qué tipo de Universidad necesita. Si centros masificados convertidos en una inmensa guardería de alumnos y profesores (mal pagados y desmotivados) o si opta por una universidad de excelencia -que no es lo mismo que una universidad de élites- destinada a romper las fronteras del conocimiento. Y el hecho de que ninguna Universidad española esté entre las 200 mejores del mundo refleja que este no es el camino.

    Con razón, Ramón y Cajal recuerda en sus memorias que los senadores romanos, cuando los bárbaros estaban a la puerta de Roma, seguían discutiendo sobre quién había creado la luz. No son los únicos.

    Mientras Tanto
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