El comisario Pepe Villarejo, santo y mártir

Villarejo se presenta como un héroe. Un salvapatrias que se desvela por todos los españoles. Su imperio económico no es más que un accidente. Lo ha construido para ayudar al Estado

Foto: Imagen del comisario Villarejo. (Atresmedia)
Imagen del comisario Villarejo. (Atresmedia)

Hay que agradecerle una cosa al comisario Villarejo: estábamos todos equivocados. Una vez emitido el programa ‘Salvados’, se demuestra que los agentes encubiertos, como él mismo se autodenomina, no son como los que describía Ian Fleming. Tampoco como Pepe Carvallo, con su peculiar toque gourmet y ciertamente tierno; ni estamos ante Sam Spade, cuya ácida ironía desnudaba a la rubia platino.

Eso sí, Villarejo -conscientemente avejentado-, bajo su chulapa parpusa y oculto tras unas gafas oscuras, entronca con la dudosa moralidad de Tom Ripley. Aunque, en realidad, a quien recuerda es al impagable Torrente leyendo en alemán a Elías Canetti.

Roberto R. BallesterosRoberto R. Ballesteros

Y es que Villarejo es, ante todo, un gran comediante, en el sentido clásico y literal del término. Una especie de Forrest Gump a la española que asegura haber estado en todas partes y en ninguna. Siempre cerca de la mierda que generan los Estado democráticos -a los otros se les supone-, pero sin mancharse. Ni siquiera sin ser salpicado. Su omnipresencia -sólo atribuible a los seres superiores- llega al extremo de seguir trabajando para el Estado, aunque esté jubilado. Todo por la patria. ¿Qué sería de España sin el policía más célebre desde el comisario Plinio? De no existir, habría que haberlo inventado.

Villarejo, de hecho, se ha esforzado tanto por los pobrecitos españoles -en algún momento habrá que poner una calle con su nombre- que presenta su imponente patrimonio económico como una ONG al servicio del Estado.

¿Qué sería de España sin el policía más célebre desde el comisario Plinio? De no existir, habría que haberlo inventado

Él no quería ser rico, al fin y al cabo, se define como un servidor público, pero en aras de acabar con los malhechores ha creado empleo, no ha distribuido dividendos entre los accionistas (él mismo) y ha construido una formidable maquinaria para poner querellas a todo aquel que dude de su santidad. Todo sea por el bien común. Mejor ponerle una avenida antes que una calle.

Hay que agradecerle también a Villarejo, en todo caso, su sentido de Estado por acceder a ser entrevistado por Jordi Évole. De hecho, la grabación debería distribuirse entre escuelas de policía, academia de preparación de jueces y fiscales y, en general, entre quienes estén interesados en cómo funcionan las cloacas del Estado.

El comisario Pepe Villarejo, santo y mártir

No es sencillo encontrar en un mismo relato policial de apenas una hora -y eso que el programa estaba convenientemente editado- nombres como el anterior jefe de Estado, Corinna, Sáenz de Santamaría, los Pujol, Mas, De la Rosa, Millet, López Madrid, una dermatóloga despechada que se autolesiona, Garzón (un amigo es un amigo), Margarita Robles, Cosidó y hasta el generalísimo Sánz Roldán, el baranda del CNI, su auténtica bestia negra.

Garbancero y zafio

Fuentes que conocen bien a Villarejo sostienen que, en realidad, el ‘road show’ del comisario por los medios de comunicación tiene poco que ver con una contribución de Estado. Más bien, con algo más garbancero y zafio. Tiene que ver con un manchón en su expediente del que no ha podido zafarse: el apuñalamiento de la doctora Pinto.

Verdadera mala suerte. Al fin y cabo, como decía San Spade, “en un momento u otro he tenido que mandar al cuerno a todo tipo de gente, del Tribunal Supremo para abajo, y no me ha pasado nada. Y si no me ha pasado nada es porque nunca he perdido de vista que tarde o temprano llega el día del ajuste de cuentas”. Y es verdaderamente penoso que tan inmaculada hoja de servicios quede oscurecida por un asunto de faldas. Es como si te pillan por un asunto fiscal al final de tus días.

Tiene que ver con un manchón en su expediente del que no ha podido zafarse: el apuñalamiento de la doctora Pinto

Lo que la entrevista pone de relieve, en cualquier caso, es la debilidad del Estado -el bueno, no el malo- ante sujetos que manejan y trafican con información. Hay tratantes de ganado, tratantes de materias primas y tratantes de dosieres dotados de fecunda literatura, como corresponde a un cómico de la lengua que estos días va de feria en feria contando sus verdades.

En la mayoría de los casos para negociar desde una posición de fuerza con sus superiores, siempre poco proclives a meterse en problemas, no vaya a ser que salgan magullados. Esa es la fuerza de Villarejo: haber llevado hasta el extremo el viejo principio de la información es poder, aunque sea mendaz y chusca.

Mientras Tanto

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