Al Papa Francisco le espetaron hace unas semanas si conocía el lobby gay del Vaticano y si sentía presionado por el mismo. El jesuita mandó al carajo el periodista, en lengua argentina, claro. Ahora dicen que el pretendido lobby gay mundial ha organizado la de Dios es Cristo tras las declaraciones de Yelena  Isinbayeba a propósito de la ley Putin sobre los homosexuales.   

A la zarina de la pértiga le quieren quitar el Premio Príncipe de Asturias e insisten en que ese lobby gay en España asienta su poder en canales televisivos y grandes productoras, circuitos financieros/políticos y demás estadios donde el mundo moderno impone su ley.

Conozco dirigentes políticos de esta condición -siempre los hubo-, influyentes hombres del mundo del dinero que son gays, y a muy determinantes hombres y mujeres de la comunicación que ejercen su propia condición sexual, pero no he visto jamás un lobby como tal levantado para buscar el poder, la influencia o la determinación sobre la base de su homosexualidad.

Es lo mismo que ese mantra atribuido históricamente al jesuitismo o luego al Opus Dei. He conocido a miembros supernumerarios o numerarios de la Obra que han sido enemigos internos acérrimos dentro del mismo partido político. O a miembros de la Compañía de Jesús que no coincidían ni siquiera en los Evangelios Apócrifos.

Afortunadamente en la España de hoy nadie se tiene que esconder por su condición sexual. Lo que no puede ser es que la misma sea un plus a favor de la discriminación positiva. Ser gay tiene que ser en lo social lo mismo que ser heterosexual, la normalidad. Los presupuestos ideológicos o religiosos -que también existen y están en su derecho de existir- no pueden empañar consideraciones de otros niveles. Ni hogueras, ni altares. Allá cada cual con las herencias, las genéticas y los adn.

Nunca creí en poderes ocultos ni rarezas conspirativas. Al final la vida y su organización es mucho más sencilla.

¡Dejémonos de viejas historias!