La censura feminista llega a las películas y las series (según las redes)

Quien lloriquea busca la censura de los colectivos silenciados y pide que se perpetúe el sistema en el que los privilegiados podían exponer barbaridades sin que nadie les contestara

Foto: Revisando 'Love Actually'.
Revisando 'Love Actually'.

Dicen que estamos viviendo un periodo de represión social como no ha existido jamás. Que las redes sociales han traído el fin de la incorrección política y que nuestra libertad de expresión se ve mermada por el miedo a importunar. Debe sentirse así quien siempre ha tenido el privilegio de hablar sin presión. Los homosexuales, las mujeres o las personas de cualquier raza que no sea blanca no tenemos esa sensación. Hasta ahora, nunca se nos había escuchado y nuestras opiniones siempre habían resultado molestas. No teníamos espacio en los medios de comunicación y se nos educaba para no incordiar con nuestras apreciaciones. He perdido la cuenta de las veces que escuché dirigido a mi un “calladita estás más guapa”.

Así que, quien vea como una sensación nueva que sus palabras molestan constantemente es que ha vivido rodeado de personas a las que se les negaba el altavoz. Ahora tenemos un pequeño espacio en el que jugamos todos en la misma liga. Las redes sociales no solo no han menguado nuestro derecho a expresarnos sino que han servido de micrófono a quienes han vivido siempre en los márgenes de la cultura. Gracias a ellas, diversos movimientos, colectivos y grupos sociales consiguen modificar la agenda mediática con sus consignas y peticiones. La visión del mundo es ahora, afortunadamente, mucho más global, más rica.

Todo el mundo puede hacer lo que desee si no es delito. La diferencia es que ahora podemos señalar que ese algo nos parezca basura

Quien lloriquea denunciando una supuesta represión busca la censura de los colectivos que siempre han estado silenciados. Piden, ni más ni menos, que se perpetúe el sistema en el que los privilegiados podían exponer barbaridades sin que nadie les contestara. Me remito a los famosos “ya no se pueden hacer chistes de mariquitas” o “ya no podemos sacar tías en pelotas en la tele”. Por supuesto que se puede, de hecho se hace. Todo el mundo puede hacer lo que desee mientras no constituya un delito y tenga un público solvente que lo mantenga. La diferencia, y aquí encontramos el principal síntoma de que la libertad de expresión goza de mejor salud que nunca, es que ahora podemos señalar que ese algo nos parezca basura.

La producción cultural, a debate

Un debate que lleva unos días acaparando los estados de amigos y conocidos es el que tiene que ver con análisis de género de obras audiovisuales. La cultura es un transmisor de ideas potentísimo que a lo largo de la historia ha estado al servicio del heteropatriarcado y lo sigue estando. A través de esa pequeña grieta que son las redes sociales podemos señalar como la historia nos ha representado y sus consecuencias en la vida real. Es importante establecer la conexión entre el relato cultural y el relato social porque el cine, las series, las canciones y los libros conforman nuestra forma de ver el mundo, de establecer jerarquías y de relacionarnos entre nosotros.

Se han compartido artículos, por ejemplo, que revisaban tramas o escenas de 'Friends', 'Love Actually' u otros clásicos. Pueden ser más o menos acertados pero ni mucho menos constituyen un ejercicio de censura. Tampoco creo que sea ninguna chorrada examinar obras que han sido claves en la cultura popular: revelan como éramos y, seguramente, advertir de aquellos errores ayude a evitar que volvamos a cometerlos.

He leído también que muchos de estos análisis estaban descontextualizados. No he podido evitar recordar que cuando tenía diez u once años me pusieron 'Gilda' y, además, repararon en la belleza que sugería la escena del bofetón. No se si podéis haceros una idea de lo que este tipo de situaciones generan en la mente de una niña. Dadle la vuelta. Imaginad que a un chaval de esa edad le ponéis una escena en la que una mujer le da un guantazo a su marido que le vuela la cara y luego apostilláis que es sublime y clave en la historia del cine. Pensad, además, que no es un hecho aislado. Reparad en la cantidad de veces que, desde que me levantaba hasta que me acostaba, veía como se ejercía violencia contra la mujer.

En el año 2016, solo el 16% de las películas españolas estaban dirigidas por mujeres. En el 2017, el 7%

Es absolutamente necesario señalar el machismo en estas obras porque aún las consumimos. Por mucho que se estrenaran hace veinte o treinta años seguimos disfrutándolas con nuestros hijos, así que los valores que les transmitimos siguen siendo exactamente los mismos y no distan mucho, por no decir nada, de los que se representan hoy en día. Lo interesante, en cualquier caso, no es centrarnos en ejemplos concretos sino en el conjunto total. Desde que la industria audiovisual existe hasta el día de hoy la tónica sigue siendo la misma.

Los hombres se quejan de censura en las redes

Twitter se ha poblado de mensajes que inciden en que las feministas no podemos exigirle a un autor que incluya más personajes femeninos o que desarrolle un tipo de tramas concreto. Ahí estamos todos de acuerdo. Parecen no entender que lo que demandamos es ser nosotras también quienes estemos detrás del guion y la dirección de películas, que el traje de musa hace tiempo que nos queda pequeño.

La segunda escena más famosa de 'Gilda'.
La segunda escena más famosa de 'Gilda'.

Para colmo, varios perfiles, muchos de ellos de la profesión, utilizan la palabra censura para describir el ambiente en el que sienten que desarrollan su trabajo. Esto me resulta desternillante porque los creadores y equipos de guion que cuentan con una producción detrás, en una abrumadora mayoría, son el mismo perfil: hombres blancos heterosexuales. Están trabajando, sacan sus proyectos adelante y con éxito en muchas ocasiones. No sé que significará para esta gente la palabra censura. Yo diría que confunden que podamos emitir opiniones de lo que vemos o analizar la historia audiovisual con frenar producciones. Eso o que están a favor de la libertad de expresión pero solo de la suya. Como antes.

Apelan, además, a la corrección política. Como si el hecho de que hombres blancos heterosexuales escriban historias sobre hombres blancos heterosexuales producidas y dirigidas por hombres blancos heterosexuales fuera algo transgresor e incorrecto. Disculpad, pero no es ni más ni menos que lo mismo de siempre.

Tenemos claro que calladitas os parecemos más guapas, pero es que para teclear no nos hace falta abrir la boca

De hecho, si hay series o películas con las que la censura sigue arrasando son con las de los proyectos presentados por mujeres que nadie quiere apoyar ni financiar. No hay mejor método para silenciarnos. Solo hay que echar un vistazo a los números: en el año 2016, solo el 16% de las películas españolas estaban dirigidas por mujeres. En el 2017, el 7%. Que mínimo que si encontramos una herramienta para denunciar una situación tan alarmante como esta la utilicemos. Y no solo en la gran pantalla, ocurre tres cuartos de lo mismo en los medios de comunicación, en el sistema judicial, en las butacas de la RAE, en las ponencias de congresos, en los festivales de música, en los espectáculos de comedia, en fútbol, ciclismo o fórmula 1, firmando los cuadros de los museos, en política o en puestos directivos. ¿Quién con dos dedos de frente y un mínimo de conciencia social se callaría ante este panorama?

No somos las mujeres quienes reprimimos a nadie. Somos nosotras quienes, atendiendo a los números, sufrimos una censura bárbara. Lo que además resulta una tomadura de pelo es que encima se nos tache de inquisidoras por emitir una opinión, demandar una representación diversa acorde a la sociedad actual y alentar una conversación - más que necesaria - sobre los productos culturales. Tenemos claro que calladitas os parecemos más guapas, pero es que para teclear no nos hace falta abrir la boca.

Con dos ovarios

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