Mujer de derechas: demuéstranos que el feminismo no es solo de izquierdas

Las mujeres de derechas se han mostrado molestas cuando se aseguraba que el feminismo era solo de izquierdas. Creo que ha llegado el momento de que demuestren que estábamos equivocadas

Foto: Foto: EFE.
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Si hay algo de lo que me habían avisado los libros de feminismo y de historia de la mujer, es de que después de un avance importante en materia de derechos siempre se ha producido una reacción conservadora y misógina. Un intento violento y desagradable de frenar los progresos conseguidos con la lucha feminista. Así que, lejos de pensar que algo hemos hecho mal para tener a los fascistas llamando a la puerta, tengo la sensación de que lo hemos hecho increíblemente bien.

Tan sumamente bien que a la ultraderecha no le ha importado quitarse la careta y mostrarse sin pudor, colocándose la medalla de la incorrección, revelándose como salvapatrias y prometiendo que acabarán con la Ley integral de Violencia de Género —esta sí que es buena— en nombre de la igualdad. Es la mejor forma de decir que echan de menos los tiempos en los que se podía partir la cara a tu esposa y salir completamente impune, pero expresado de esa manera quedaba feo. Si de verdad les importara algo, solicitarían reforzar la ley, no derogarla. Tampoco hemos acabado con otro tipo de delitos y no por ello nadie pide que se tumbe todo el Código Penal, entiéndanme. Vivimos en una sociedad en que la pérdida de privilegios se toma como un recorte de libertades y una afrenta al género masculino.

En 'Feminismo para principiantes', de Nuria Varela, se explica cómo en la Constitución francesa de 1791 todas las mujeres sin distinción fueron excluidas de la ciudadanía, con lo que ello supone. En este contexto aparecen dos obras fundamentales: 'La declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana', de Olympe de Gouges, y 'Vindicación de los derechos de la mujer', de Mary Wollstonecraft. El feminismo ilustrado defendió la igualdad entre hombres y mujeres, criticó la supremacía masculina y denunció los mecanismos que llevaron a la subordinación femenina. La reacción machista no tardó en llegar: dos años más tarde, se excluyó definitivamente a las mujeres de los derechos políticos, se ordenó que se disolvieran los clubes de mujeres y guillotinaron a Olympe de Gouges y a otras tantas que se habían significado con la liberación de la mujer. Las que tuvieron mejor suerte cayeron en la desesperación del silencio o el exilio. Todas ellas sentaron las bases del feminismo que es, sin duda, una historia de éxito. De otro modo, yo estaría en mi casa lavando calzoncillos y mendigando una paguita semanal a mi marido.

Tan solo hace un par de días leía en 'Herstory: una historia ilustrada de las mujeres' cómo en 1936, tras concluir la Guerra Civil española, a las republicanas que habían trabajado para conseguir el voto se las humilló en público afeitándoles la cabeza y obligándolas a ingerir aceite de ricino para provocarles diarreas tremendamente dolorosas. De esta facha las paseaban por las calles. También les quitaron a sus hijos y se los entregaron a familias franquistas. Era el precio por haber desafiado el concepto de feminidad tradicional. Fue duro, pero el voto ya no nos lo pudieron quitar.

Betty Friedan experimentó la campaña mediática brutal que se lanzó contra las americanas para convercerlas de que su belleza y hogar eran lo único importante en la vida. Lo plasmó en 'La mística de la feminidad'. Convencieron a las mujeres de que tener estudios universitarios podía suponer un obstáculo para casarse. Salieron al mercado sujetadores con relleno para niñas de 10 años y tres de cada 10 mujeres se teñían de rubio. Enfermas de cáncer se negaban a tomar sus medicaciones, seguramente influidas por un anuncio impreso en las publicaciones de la época que rezaba así: “Si solo tengo una vida, quiero vivirla de rubia”. Tanto se afanaron que consiguieron un par de generaciones de amas de casa de película. Pero pronto comenzó a aflorar “el mal que no tenía nombre”, que básicamente era una depresión de caballo de la práctica totalidad de las amas de casa americanas. Aseguraban que se sentían incompletas, como si no existieran. Pero tampoco pudieron cerrarnos las puertas de las universidades y al poco despertaron de aquella sumisión voluntaria liderada por las revistas femeninas.

Hay infinidad de ejemplos más a lo largo de la humanidad. Aun así, nunca hemos dejado de ganar espacio. Este 2018 ha sido un año que pasará a la historia del feminismo: el movimiento #MeToo ha sacudido el globo, Bill Cosby ha sido condenado y está considerado un depredador sexual. También fue juzgado Larry Nassar, el médico del equipo nacional de gimnasia de EEUU que abusó de más de 100 niñas, y el 8 de marzo paramos el mundo.

A pesar de todo, siempre he percibido una especie de miedo colectivo al mañana. Creo, en parte, generado por estas experiencias pasadas, pero también por la ficción distópica que se ha colado en el 'mainstream' y que nos ha mostrado un futuro negro profundo para las mujeres. 'The Handmaid's Tale' hasta le ha dado ideas al enemigo. Volvió a mí esa sensación el día en que la ministra brasileña aseguraba que empezaba una nueva época en el país en que los niños vestirán de azul y las niñas de rosa. También cuando se colaron discusiones de foros 'incel' en los que pedían que las violaciones en propiedades privadas fueran legales o que el Estado les asegurara un número de relaciones sexuales al año.

Pero hay más. En 'Max Mad: furia en la carretera', de George Miller, somos las concubinas del dictador que mata de sed a su pueblo. En 'Amor carnal', de Ana Lily Amirpour, hay escasez de alimentos y cuando impera la ley del más fuerte siempre salimos perdiendo. La protagonista debe sobrevivir con un brazo y una pierna menos. Alguien tenía demasiada hambre como para dejar pasar semejante manjar.

Creo sinceramente que mirar y representar el futuro de esta manera nos ha colocado en el bando de las perdedoras, de las que siempre deben vivir huyendo. Y aunque es cierto que la historia nos ha enseñado que debemos estar atentas porque el machismo se defiende de nuestros avances, nunca ha conseguido llevarnos de nuevo a la casilla de salida. Si precisamente atendemos a la historia, el futuro es prometedor para nosotras.

Ahora tenemos algo con lo que las feministas de antaño no podían contar: mujeres en el Ejecutivo y en todos los partidos políticos

La igualdad real y efectiva debería estar a la vuelta de la esquina. Aun así, me gusta imaginar qué pasaría si salieran películas y series 'mainstream' en las que las mujeres se hubieran hecho con el poder, la maña valiera por fin más que la fuerza o incluso mostraran superheroínas vengadoras que operasen en países donde mutilan genitalmente a las niñas, conciertan matrimonios infantiles, violan a sus esposas y rocían con ácido sus rostros. Puestos a inventar, por qué no alentarnos desde la esperanza en vez de desde el miedo. ¿Qué son si no 'Batman', 'Mr.Robot' o 'Juego de tronos'? ¿Por qué cuando el poder está en juego en la ficción siempre tenemos que ser quienes sufrimos la violencia y no quienes la ejercen? Mentalmente, nos situaría en el lado de la victoria y nos ayudaría a caminar sin un sentimiento interno de derrota imposible de esquivar.

En cualquier caso, ahora tenemos algo con lo que las feministas de antaño no podían contar: mujeres en el Ejecutivo y en todos los partidos políticos. Las mujeres de derechas se han mostrado en varias ocasiones molestas cuando se aseguraba que el feminismo era solo de izquierdas. Creo que ha llegado el momento de que demuestren que estábamos equivocadas. Que de verdad estamos juntas en esto y que no van a permitir que sus partidos mercadeen con nuestros derechos. Nos va la vida en ello. La suya también.

Con dos ovarios

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