Inglaterra o cómo triunfar con el mínimo esfuerzo
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Álvaro Van den Brule

Empecemos por los principios

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Inglaterra o cómo triunfar con el mínimo esfuerzo

Desde muy temprano empezaron a colisionar los intereses de Inglaterra y España bajo la pátina de las guerras de religión. Y las cosas no han cambiado.

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Muy temprano empezaron a colisionar los intereses de España e Inglaterra. Bajo la pátina de unas guerras de religión en las que habría bastado cambiar cuatro comas en un tratado inteligentemente negociado y con la Reforma, la Contrarreforma y otras zarandajas similares como telón de fondo, España se desangraba en varios frentes que sólo consumían recursos que, sabiamente administrados, habrían proporcionado más longevidad a su presencia histórica, una dotación militar mas potente y eficaz -principalmente para el necesario control oceánico-, y de paso, más calidad de vida a sus súbditos. Invocar la asistencia del altísimo fue en bastantes ocasiones algo más que estéril. Nuestros adversarios, más prácticos, adquirieron un alto grado de entrenamiento en el “levantamiento” de nuestros recursos, habilidad esta en la que llegarían a funcionar como un engranaje de precisión.

Mientras tanto, los taimados ingleses, metidos en harina, iban a lo suyo. La rapiña descarada, la fórmula del mínimo esfuerzo y una sabia inversión de los recursos propios y ajenos convirtió, con el tiempo, a esta pequeña nación en la potencia sólida y duradera que es hoy. La misma filosofía que hoy preside su actuación exterior.

En ningún momento, desde los primeros balbuceos de la piratería inglesa en el Caribe, con el cobarde Drake dándose a la fuga en San Juan de Ulúa hasta la determinante batalla de Trafalgar de impecable ejecución táctica por parte británica  hubo un respiro de paz para el bien engrasado ejército español que combatía sin fatiga en varios frentes.

Cuando no había una guerra en curso o atisbo de ella, se potenciaba al corso y la piratería desde Londres

La tónica era más que conocida. Cuando no había una guerra en curso o atisbo de ella, se potenciaba al corso y la piratería desde Londres. De esta manera, los ingleses creaban una presión adicional a su vez sobre las líneas de abastecimiento españolas con lo que había que implementar un plus de protección que obligaba a detraer recursos humanos y económicos importantes de otros lugares con más necesidad de atención. La ayuda incondicional por parte de la Corona inglesa a estos aplicados perillanes expertos en la fatigosa tarea de aligerar alforjas ajenas y su especialización en el  “take away”, con resultados más que convincentes y beneficios más que escandalosos; no cesó nunca y jamás suspendieron sus actividades de expolio y atraco a los galeones en particular y a los intereses de la Corona española de manera más general.

Las acciones desarrolladas directamente en Galicia (Rande), los asaltos a Cádiz o la toma de Menorca, las actuaciones en aguas territoriales o en cualquier lugar remoto del Caribe -normalmente sin declaración de guerra formal-, sumados a un largo historial de asaltos, eran la tarjeta de presentación de los mercenarios de la Union Jack.

Tomándose la guerra en serio

España, que era un poder incontestable en tierra, se veía comprometida constantemente en el mar por unos muy hábiles marinos, cuya voracidad estaba supeditada a una gran sociedad poco anónima que con el claro propósito de enriquecerse sin despeinarse, pululaban por los mares sin tropiezos dignos de destacar hasta que descubrimos que había que tomarse en serio la guerra en el mar. Entonces se empezaron a hacer las cosas “comme il faut”. Con todo y con eso, diez de sus más significados almirantes con Nelson a la cabeza acabaron defenestrados o pagaron con su vida en aquella interminable sucesión de enfrentamientos.

A lo largo de los más de trescientos años de conflicto entre ambas naciones España se consolidaba como potencia terrestre mientras que Albión lo hacía en los océanos.

Cuando los españoles se aburrieron de la fatigosa tarea de incautar los bienes de los locales, dieron por zanjado el asunto

La invasión de Inglaterra desde Flandes, como era la idea inicial de Juan de Austria para aflojar la presión de los insulares en el mar, y la ayuda a los católicos irlandeses fueron en líneas generales opciones bien orquestadas, pero en la mayoría de los casos el Golfo de Vizcaya fue la tumba de excepcionales arinos. Sus procelosas aguas a la larga resultaron ser una muralla infranqueable.

El dos de agosto de 1595 Juan del Águila encomendaría a Carlos de Amesquita un tanteo preliminar de la costa de Cornualles, lo que produjo una deserción en masa y la huida despavorida de las milicias inglesas. Cuando los españoles se aburrieron de la fatigosa tarea de incautar algunos de los bienes de los locales, dieron por zanjado el asunto y se volvieron a casa. 

Los intentos de Martín de Padilla, flagelo de Drake, de los turcos y de los holandeses, no prosperaron en sus dos tentativas. En una de ellas (en 1596), se fraguó la que quizás sería la mayor tragedia marítima de la época al caer los embarcados en manos de una galerna memorable a la altura de Finisterre. En un promontorio cercano al cabo del mismo nombre una solemne y silenciosa cruz batida por los potentes vientos locales protege la memoria de aquella fallida expedición.

La batalla de Kinsale no llegó a darse por el lamentable estado de alguno de los contendientes locales

Un año más tarde, en 1597 un destacamento de más de cuatrocientos soldados de élite posiblemente adscritos al tercio de Lombardía, se atrincheraron en las cercanías de Falmouth durante cerca de un mes hasta que recibieron órdenes de levantar el campamento, pues el resto de la flota no pudo crear una cabeza de puente sólida y estable, por lo que se hizo urgente su evacuación en lo que sería otro intento fallido .

Para 1602 Juan del Águila había puesto una pica en Irlanda y acudido en socorro de los indisciplinados locales. Los bien entrenados tercios tuvieron que pelear codo a codo con los muy informales irlandeses, que se habían pasado la noche anterior celebrando la victoria del día siguiente en la batalla de Kinsale, batalla que no llegó a darse por el lamentable estado de alguno de los contendientes locales que además de elevar el tono etílico hasta unos niveles de riesgo que bien podrían calificarse de imprudentes ante la que se avecinaba, habrían aprovechado para enzarzarse en una disputa de clanes. A petición del mando inglés, se ofreció una salida honrosa a aquella inestable tropa, quedando los irlandeses bastante afectados por la memorable resaca y reembarcando finalmente los españoles en espera de mejor ocasión.

Una verdad menos digerible

Es largo el historial de victorias contra los ingleses y las sonadas derrotas que estos sufrieron con intensidad descarnada. Bien se ocuparon de maquillarlas con todos los eufemismos a su alcance. Hoy en día, historiadores británicos han comenzado a poner en su sitio una verdad menos digerible y más ajustada a la realidad acontecida. 

En menos de diez años, Cádiz sería saqueada en dos ocasiones

Para 1595, el entonces ya nombrado almirante Drake moriría después de un estrepitoso fracaso en una de sus acciones en el Caribe a causa de "un drenaje acelerado de sus intestinos". Su compinche Hawkins seria abatido en un encomiable trabajo de orfebrería ideado por la inteligencia española y sus correrías concluirían de una forma abrupta.

Los golpes de mano ingleses fueron quizás más afortunados que los que intentaron los españoles. Todos tenían su origen en el mar.

Cabe destacar que en menos de diez años, Cádiz sería saqueada en dos ocasiones, una por Drake -un paradigma de crueldad legendaria- ,y otra por una flota combinada anglo-holandesa. La pérdida de una cuarta parte de los navíos de la Armada Invencible por causas tan imponderables como la voracidad manifiesta de un mar con una fijación especial por los pabellones españoles y el eficaz acoso de las maniobreras fragatas inglesas en menor medida quedan como aciagos baldones en los meandros de la historia. Con el correr de los años, las debilidades se fueron acentuando y los golpes de mano de los insulares fueron más audaces. 

Ahí queda Gibraltar como elocuente testigo de aquel terrible cuerpo a cuerpo y la enajenación temporal de Menorca durante casi un siglo.

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