10 consejos para aprender cuándo, cómo y por qué dar consejos

Existe en el refranero un dicho que revela mucho sobre el comportamiento de las personas a la hora de ayudar: “consejos vendo pero para mí no tengo”

Foto: Cuando atravesamos un momento crítico en nuestras vidas, no nos gusta sentirnos abandonados por nuestros amigos. (Corbis)
Cuando atravesamos un momento crítico en nuestras vidas, no nos gusta sentirnos abandonados por nuestros amigos. (Corbis)

Existe en el refranero español un dicho que revela mucho acerca de la pertinencia o falta de oportunidad de muchas personas a la hora de proporcionar un consejo: el célebre “consejos vendo pero para mí no tengo” critica de manera bastante certera a aquellos que gustan de entrometerse sin que nadie se lo pida en las vidas ajenas con el objetivo de opinar sobre qué camino se debe seguir.

Sin embargo, en otras ocasiones está claro que las personas que nos rodean, especialmente si son amigos, familia o compañeros y por lo tanto cuentan con nosotros para sacarles de sus errores, deben ser aconsejadas si vemos que se van a meter en problemas. En otros casos, pueden ser ellos mismos los que haciendo uso de la confianza que depositan en nosotros nos interroguen acerca de lo que pensamos.

Tanto en un caso como en otro, resulta esencial saber cómo, cuándo y de qué manera compartir nuestra sabiduría. Si no sabemos hacerlo, corremos el riesgo de que el consejo sea contraproducente o, incluso, de acabar con una amistad que hasta entonces era saludable. ¿Qué preguntas debemos hacernos antes de abrir nuestra boca y pronunciar palabras equivocadas?

  • Espera a que las aguas se calmen

No sólo importa el qué y el cómo, sino también el cuándo. Las personas que más necesitan nuestros consejos son aquellas que se enfrentan a una situación delicada en sus vidas, y por lo tanto, es posible que su percepción se encuentre condicionada por las circunstancias, así que quizá en ese momento lo que más necesiten es nuestro apoyo emocional. Mejor guardarnos nuestras brillantísimas ideas para más tarde.

  • Escucha 

¿Cómo podemos aconsejar a una persona cuya opinión no conocemos en profundidad? Preguntemos primero qué pasa, más tarde cuál es el problema en concreto y por último, cómo piensa solucionarlo. Con toda esa información podremos elaborar nuestras propias conclusiones y no nos lanzaremos a proponer soluciones maravillosas sin conocer en profundidad los orígenes del problema.

  • Ponte en su lugar

La línea que separa el consejo constructivo del destructivo puede ser muy fina. Una buena manera de comprobar si estamos yendo demasiado lejos es ponernos nosotros mismos en el lugar de la otra persona y preguntarnos si nos gustaría oír lo que estamos a punto de pronunciar.

  • Sé sincero

Intentar no ofender a la otra persona puede llevarnos a un comportamiento aún más pernicioso, que es utilizar eufemismos que no conducen a ningún lugar o directamente, mentir. Si nos andamos con remilgos, seguramente la otra persona tendrá la sensación de que le ocultamos algo o no nos atrevemos a verbalizar determinadas ideas en voz alta, lo que terminará ocasionando una falta de confianza imposible de recuperar.

  • No des consejos que tú mismo no seguirías

Es muy sencillo explicarle a los demás lo que haríamos en su lugar si fuésemos ellos: daríamos un golpe en la mesa, le diríamos a nuestro jefe todo lo que pensamos de él y presentaríamos nuestra renuncia sin dudarlo, porque los principios son lo primero. En realidad, si eso ocurriese, seguramente bajaríamos la cabeza y volveríamos a casa con el rabo entre las piernas. Seamos realistas y no animemos a los demás a cometer locuras que a nosotros mismos no se nos pasarían por la cabeza.  

  • No juzgues 

Como ocurre en un juicio, son los comportamientos de la persona a ayudar los que deben someterse a escrutinio, no su personalidad o su escala de valores. De lo contrario, es bastante posible que considere que tus, en principio, bien intencionados consejos son furibundos ataques.

  • Trabajad juntos para encontrar una solución

Por mayéutica se conoce el proceso por el cual Sócrates y sus seguidores conseguían “alumbrar” (que es lo que significa el término) la verdad, y se trataba de una técnica basada en la interrogación de la otra persona para que, a través de sus propias respuestas, reflexionase sobre sus ideas. Algo semejante podemos hacer con nuestros compañeros, que en muchos casos se encuentran inmovilizados en nociones falsas que no les permiten salir adelante. No hay conocimiento más firme que el que se adquiere por los propios medios de la persona.

  • No eches las cosas en cara

En muchos casos, el consejo llega después de haber obrado mal, por lo que recordar a nuestros amigos una vez más su equivocado comportamiento no va a conseguir nada más que se sienta aún peor de lo que ya está y en lo sucesivo se resista a entablar conversación contigo, puesto que lo último que necesita es otra persona más recordándole lo que ha hecho incorrectamente en el pasado.

  • Piensa si de verdad vas a decir algo útil

El silencio es oro, y en algunos casos, de muchísimos quilates. Cuando lo único que podemos decir es un tópico (“así es la vida”, “al menos tienes trabajo”, “peor están los niños del Tercer Mundo”) que no va a ayudar en nada, mejor mantengamos el pico cerrado, puesto que un cliché para salir del paso puede ser doloroso para la otra persona.

  • Mantén tu apoyo

Cuando proporcionamos un consejo estamos estableciendo también una relación de compromiso con la persona a la que estamos intentando ayudar, si es que de verdad somos sus amigos. Ello quiere decir que lo más sencillo es opinar, pero no resulta tan fácil preguntar de vez en cuando cómo marcha la cosa, si se han conseguido superar los problemas de los que hablamos o si han surgido nuevas dificultades en el camino de la otra persona. Cuando algo malo ocurre, se cuentan por miles los que se ven con ganas de opinar. Cuando pasa el tiempo, esas personas desaparecen y tan sólo quedan los verdaderamente fieles, es decir, los amigos de verdad.

Empecemos por los principios
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