“El altruismo no siempre es bueno”, según las clases de ética en Princeton

El profesor de bioética Peter Singer anima a sus alumnos a que abandonen la caridad o el altruismo "inútil", dos cuestiones que desaprueba moralmente

Foto: Peter Singer, el polémico profesor de bioética de Princeton, en su despacho univresitario. (Corbis)
Peter Singer, el polémico profesor de bioética de Princeton, en su despacho univresitario. (Corbis)

Peter Singer, profesor de bioética en la Universidad de Princeton, ha conseguido que sus clases de ética práctica se encuentren entre las más concurridas por los estudiantes de este prestigioso centro educativo. En ellas defiende cuestiones tan polémicas como la eutanasia infantil, el aborto o la equiparación de los derechos de los animales a los de las personas. Sin embargo, lo que lo ha hecho famoso son sus ataques a los “equivocados” mecenas de la propia institución en la que trabaja: Princeton. ¿Por qué? Esa es la cuestión central de sus cursos, en los que trata de explicar a los alumnos, generalmente de un alto nivel económico, que no todo el altruismo es igual. Es más, existe un buen altruismo y otro malo o equivocado, al igual que ocurre con la ética.

Para Singer es una aberración que los multimillonarios financien proyectos sobre la inmortalidad (como es el caso de varios de los personajes que ocupan los primeros puestos de la lista Forbes), sobre la búsqueda de soluciones a los eventos catastróficos que podrían devastar el mundo (en el que están implicados cerebros como Stephen Hawking, Martin Rees o Robert May) o de educación elitista, para lo que pone como ejemplo a Princeton.

Como explica el filósofo en su famoso ensayo The life you can save (Random House), los mayores beneficiarios de las donaciones son las organizaciones religiosas y educativas, mientras 19.000 niños mueren cada día por causas que podríamos evitar donando el dinero que diariamente gastamos en las botellas de agua o el café. La principal idea que Singer trata de trasmitir a sus alumnos, que serán las élites del mañana, es que “no todos los donativos son iguales”, ya que dependiendo a dónde vayan destinados tendrán un impacto más o menos humanitario.

Por qué no somos generosos

El principal objetivo de las clases de ética práctica es hacer ver a sus alumnos que no basta con ser altruistas, sino que hay que serlo en lo más humano y necesario. Para ello, ha contribuido a crear el denominado Givewell, una especie de ranking sobre organizaciones asistenciales, que las clasifica en base a sus objetivos humanitarios. Así, en lo más alto de la clasificación están instituciones como la fundación de lucha contra la malaria, mientras que cierran la lista otras como museos de arte.

“No podemos considerar que estamos viviendo una vida moralmente aceptable si salvar vidas está dentro de nuestras posibilidades y, en su lugar, priorizamos cuestiones más banales como las piezas de museo”, lamenta el profesor. Sin embargo, no todo son reprimendas individuales en sus clases y exonera a sus alumnos teorizando sobre las causas que explican la generalización de estas prácticas en los países más ricos. “Cuanto más rica es una persona, más alejada estará de los necesitados y menos obligada se sentirá a ayudarlos”, explica.

Nuestra vida no es moralmente aceptable si en lugar de salvar vidas intentamos conservar piezas de museoMuchos estudios científicos han demostrado que es más difícil sentir empatía, y por tanto ayudar física o económicamente, por alguien cuyo rostro o vida desconocemos. Por ejemplo, el simple hecho de ver una foto de un niño o conocer su historia personal de primera mano, será más motivador que leer las cifras de pobreza de África o, incluso, de la periferia de nuestra propia ciudad.

Otra de las explicaciones de Singer a la falta de generosidad de las personas con recursos y un alto nivel de vida es que las personas en general se mueven más por las emociones que por la razón. En el ensayo antes citado, el filósofo presenta un estudio en el que se compara la cantidad de dinero donado a diferentes catástrofes humanas con la presencia mediática de estas. Los resultados demuestran que cuantos más minutos televisivos y fotografías aparezcan en prensa más recaudación económica se conseguirá para las víctimas. Es decir, el clásico ojos que no ven, corazón que no siente.

La solidaridad es útil y la caridad inútil

Cuando pensamos en colectivos somos más reacios a ayudar que cuando lo hacemos en individuos. Esta sería la diferencia entre solidaridad y caridad. Un último término que para Singer tampoco es éticamente aceptable, pero que se explica debido al proceso de individualización de las sociedades modernas, que asumen como cierto el hecho de que ayudar a una causa que incumbe a muchas personas a la vez es inútil. Se trata del denominado futility thinking, que no escondería más que el interés personal, pues el altruismo responde simplemente al interés personal (donativos a la Iglesia si somos católicos o instituciones de élite si queremos preservar privilegios de clase), o al simple hecho de sentirse bien.

Las enseñanzas de Singer sobre el buen y el mal altruismo, así como las razones individuales y sociales que nos lleva a practicar este último, parecen haber hecho mella en sus alumnos. Como clase práctica, les propuso que se juntasen en grupos de discusión, a los que otorgó virtualmente 100 dólares para que decidiesen a quién donárselos. Ninguno de ellos eligió instituciones educativas de élite o al proyecto inmortalidad. Eso sí, no se sabe si por convicción o por aprobar la asignatura…

Empecemos por los principios
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