El verdadero espíritu español es la mofa: cómo un meme reconcilió a un país dividido

¿Hay algo que pueda ponernos de acuerdo a todos por una vez? Sí: hacer mofa y befa de los terroristas que amenazan con destruir nuestra sociedad. Todo por las risas

Foto: Las cosas no siempre salen como uno las había planeado.
Las cosas no siempre salen como uno las había planeado.

Este miércoles, a primera hora de la tarde, España era un país dividido. La aparente unidad de los días que siguieron al atentado de las Ramblas había dado paso a una interminable lista de reproches, indirectas y acusaciones interesadas. Entonces llegó él, nuestro mesías. El hijo de Tomasa, el humorista yihadista, Yassin el Cordobés. Y, de repente, el torbellino de odio y mierda se detuvo y las redes sociales –y los grupos de WhatsApp, las conversaciones de bar, los 'chats' entre compañeros– se volcaron en convertir en meme al Hombre Más Patético del Año. Era la catarsis que todos necesitábamos, servida en bandeja de plata por algún franquiciado del ISIS con poco sentido del ridículo.

[Contra el miedo, cachondeo: España todavía puede reírse del ISIS]

Si hace tan solo unos días un falso Mahoma le hubiese desvelado en sueños a Yassin que su nombre iba a marcar un hito en la historia de España (perdón, de Al-Ándalus), se le habrían erizado los pelos de la barba de puro placer, como al becario al que comunican que por fin le van a hacer un contrato (precario) al final del verano. Aunque a lo mejor reaccionaría de forma distinta si descubriese que no sería por una “heroica” inmolación, sino por haber conseguido unir en las risas a todos los habitantes del territorio español. Y hay que reconocer que eso tiene mérito, pero si hay algo en lo que un nacionalista español y un separatista catalán se han puesto de acuerdo estos días es en el escarnio del yihadista más famoso del mundo.

Los políticos repiten aquello de que “los atentados no deben cambiar nuestro estilo de vida”: ¿qué se parece más al nuestro que el pitorreo constante?

Se puede teorizar mucho acerca del carácter terapéutico del humor, de su relación con nuestro inconsciente y nuestros miedos más profundos o sobre su forma de contrarrestar la propaganda política, pero intentar racionalizarlo tan pronto traiciona el espíritu de la macrochirigota que se montó entre la noche del miércoles y el viernes. Lo bonito del asunto es su espontaneidad y ánimo colaborativo –“hey, tienes que ver este meme YA”–, que han creado un frente común por encima de ideologías, identidades y rencores. Los políticos suelen repetir aquello tan manido de que “los atentados no pueden cambiar nuestro estilo de vida”: ¿qué se parece más al nuestro que el pitorreo constante?

Mis memes preferidos son, de hecho, los últimos, los que ya no hacen ni gracia y están construidos con patente desidia, como el que le escribe un soso “felicidades” a un compañero en la tarjeta de felicitación de su cumpleaños por poner algo. Una forma de decir “yo también publiqué un meme el día que el ISIS nos amenazó con la destrucción total”. Pero también es una buena muestra de que, a la hora de enfrentarnos al terror a través de la risa, todos estamos dispuestos a arrimar el hombro, cada uno en la medida de sus posibilidades. ¿Qué hay más humillante que ser objeto de cientos de buenos chistes? Que la gente se burle de ti por deporte, que le dé igual que la imagen ya esté quemadísima.

Soy español, ¿de qué quieres que me burle?

Como somos muy de fustigarnos, en muchas ocasiones hemos querido identificarnos con la leyenda negra, esa que nos define como “excepcionalmente crueles, intolerantes, tiránicos, oscurantistas, vagos, fanáticos, avariciosos y traicioneros”, según Philip Wayne Powell en 'Tree of Hate'. Pero a lo mejor nuestra aportación diferencial a la cultura global sea nuestra capacidad de reírnos de todo. 'El Quijote', la primera novela moderna, es una parodia, un auténtico troleo de las novelas de caballerías, tan pretenciosas e inocentemente engoladas como el discurso anacrónico de nuestro amigo andaluz.

Tenemos una fértil capacidad para la chorrada, para el chiste privado, incluso para el metahumor: la coña es parte esencial de nuestra filosofía vital

Tanto es así que Unamuno consideraba que esta novela debería ser “la Biblia nacional de la religión patriótica de España”. Harold Bloom escribía en el tocho 'El canon de Occidente' que Cervantes “parece tomarse simultáneamente en serio y con ironía el juego del mundo”. Que nos lo apunten a la Marca España y quiten el toro, la paella y el turismo de siesta, sangría y sol. ¿Y si en realidad, al intentar vender nuestra identidad a través de aquel 'relaxing café con leche', Ana Botella consiguió sin pretenderlo desvelar de verdad lo más profundo del espíritu español, que es la chanza que se retroalimenta a sí misma y que se manifiesta en el largo reguero de memes, chistes y juegos de palabras que la frase inspiró?

“En España podrá faltar el pan, pero el ingenio y el buen humor no se acaban”, decía el periodista don Filiberto en 'Luces de bohemia'. Pero no hay que engañarse: el director de 'El Popular' era ante todo un pedante. Esto no es cuestión de humoristas con nombres y apellidos ni de lecturas a posteriori como esta, que es un poco como explicar por qué algo hace gracia, sino de nuestra fértil capacidad para el ingenio cabrón. Para la chorrada, para el chiste privado, incluso para el metahumor como en el maravilloso tuit de aquí abajo. La coña es parte esencial de nuestras conversaciones y filosofía de vida como una herramienta para quitar un poco de hierro a esa cosa un poco inaguantable que es vivir.

Así que lo único que nos faltaba eran plataformas donde pudiésemos elevar nuestras ocurrencias a estelares publicaciones retuiteadas miles de veces. El meme es el gran producto popular de nuestro tiempo, pero si las poesías o las canciones tenían que esperar años y años para mutar, ahora lo hacen en cuestión de segundos, produciendo ruido y paz, una liberación plena y anónima: la que proporciona saber que, como escribía Mihura en sus memorias, “todo tiene un revés, que todas las cosas pueden ser de otra manera, sin querer por ello que dejen de ser tal como son”. De repente, hemos pasado de estar de luto a celebrar un carnaval que sirve de conjuro contra los malos espíritus.

Reír por no llorar

Es lo que tiene la propaganda, que tiende a simplificar tanto su mensaje que no se da cuenta de cuándo cae en la autoparodia. Almodóvar ya lo vio en 1988, cuando en 'Mujeres al borde de un ataque de nervios' introdujo a un terrorista chiíta en su galería de personajes. Un follador en toda regla, por cierto, porque, como recordaba el personaje interpretado por María Barranco, “si es terrorista y vive en continuo peligro, se te entrega mucho más que una persona cualquiera”. Todos aprendimos de pequeños que el arma definitiva contra el matón de clase no es atacarle con sus armas, sino demoler su discurso a través de dejarlo en ridículo.

No es tanto un mensaje a nuestros enemigos como una forma de autorreivindicación, de solidaridad común ante el miedo

Habrá quien lo interprete como una respuesta histérica ante el miedo, o quien mantenga que no se trata más que de una socorrida vía de escape que nos impide enfrentarnos a lo verdaderamente importante. Al fin y al cabo, la amenaza no desaparece con solo reírnos de ella. Pero es también un contradiscurso que se erige no solo ante el odio de los asesinos, sino también frente a los argumentos de nuestros poderes públicos, cariacontecido, formulario y eufemístico, con demasiada frecuencia acusativo, en el que el humor no tiene ninguna cabida. La misión de los políticos no es hacer reír, obviamente, pero tampoco hacen gran cosa por tender puentes.

Contaba Javier Pérez Andújar a El Confidencial que “el humor negro es el humor de quien sabe que su sentido del humor le va a costar el cuello y no le importa, por eso se parece tanto a la libertad”; una certera fórmula de sintetizar el sentimiento colectivo de liberación que ha acompañado los incontables memes del terrorista 'fail'. No es, por tanto, un mensaje a nuestros enemigos como una forma de autorreivindicación, de solidaridad común ante el miedo, que sigue ahí, pero ya con otro rostro. La leyenda cuenta que Muñoz Seca le dijo a su pelotón de fusilamiento que “podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, incluso la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar… y es el miedo que tengo”. Pues eso.

Tribuna

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