¿Quién puede permitirse vivir sin coche? Ni tengo ni quiero, y eso solo me trae problemas

Cada vez son más las iniciativas que intentan reducir el rol de los automóviles en la vida urbana, pero la triste realidad es que nuestra vida está construida alrededor de ellos

Foto: Uno de los pocos lugares donde el transporte público es más eficiente. (iStock)
Uno de los pocos lugares donde el transporte público es más eficiente. (iStock)

Todo comenzó cuando me regalaron una de esas cajas-experiencia tan de moda hace unos años. En la portada se leía “escapada rústica” o algo parecido. Lo pasarás bien, dijeron. La realidad, no obstante, ocultaba un problema en el que el donante no había reparado. La gracia de “huir” al campo es disfrutar de un par de días lejos del ruido de la gran ciudad, y claro, hasta ahí no llega la línea 10 del metro de Madrid, lo cual es un problema cuando no tienes coche ni quieres tenerlo. Después de descartar alrededor del 95% de posibilidades y empalmar metro, tren de cercanías, tren de larga distancia, metro y autobús regional para llegar agotado a un pueblecito valenciano, tuve que admitir que es un mundo duro para quien no tiene automóvil.

Dejémoslo claro. Saqué el carné en su día –uno de esos “por si acaso” de mi vida–, pero no tengo coche ni especiales ganas de tenerlo. No disfruto conduciendo y eso de que la existencia de otras personas dependa de mi habilidad al volante siempre me ha estresado. Además, no simpatizo especialmente con la ideología del automóvil. Tampoco tengo muy claro que pudiese permitírmelo. Entre el coste del propio vehículo, el seguro, el mantenimiento, el combustible o la imprescindible plaza de garaje, si vives en la capital, me doy con un canto en los dientes con mi abono de transportes. Además, me permite sentir esa superioridad moral del que no contamina. Es una liberación de ese “hijo tonto” que es el automóvil.

El verdadero privilegio no es tener coche, sino no tenerlo: desde lo personal a lo profesional, el mundo moderno nos obliga a disponer de automóvil

Tampoco he entendido jamás la fascinación por los automóviles, esa que hace que uno se hipoteque para adquirir un modelo un (poco) mejor y mostrarlo a los amigos o compañeros, la misma que llevó a mis compañeros de instituto a adquirir uno con sus primeras mensualidades. La realidad, no obstante, suele ser tristemente reveladora, y hoy cada vez estoy más seguro que el verdadero privilegio es no tener coche. Sobre todo, porque todo, de lo personal a lo profesional pasando por los propios ritmos de nuestra vida, nos obligan a disponer de un aparato que nos pueda transportar de un lugar a otro en una cantidad razonable de tiempo.

He perdido años de vida en la parada del autobús. (iStock)
He perdido años de vida en la parada del autobús. (iStock)

He llegando a pensar que no tener coche no es más que otra fantasía urbanita, un exotismo propio del que no abandona el perímetro de la M30 o las Rondas de Dalt y Litoral más que un puñado de veces al año. En el entorno rural, pero también en muchas capitales de provincia, donde los autobuses que conectan los pueblos salen una o dos veces al día como mucho, desplazarse en transporte público parece una 'boutade'. ¿Cómo limitar tus posibilidades laborales a tu propio pueblo? ¿Cómo visitarás a tu abuela, que vive en la localidad de al lado? No hace falta irse tan lejos. Me crié en Móstoles, donde lo primero que hace mucha gente al cumplir los 18 es sacarse el carné: casi todas las posibilidades de ocio –centros comerciales, cines, salir de fiesta en capital– suelen implicar desplazarse en coche.

Solo contratamos a gente con vehículo propio

Desde el regalo de la infausta caja, han sido infinidad de ocasiones las veces en las que me he dado cuenta de la inoperatividad que es haberme dado el capricho de no tener coche, y ahorrar ese dinero o gastarlo en otras cosas. Por ejemplo, en caso de que a mis padres les ocurriese algo: ¿quién los transportaría si el único recurso de su única descendencia es el abono B1, que ni siquiera le sirve para llegar a Móstoles? También puedo mirar hacia abajo en el árbol genealógico: probablemente es viable trasladar a la familia de un lugar a otro en transporte público si uno le echa ganas, pero sospecho que puede ser un infierno más en la ya complicada situación de criar a un hijo.

No tener coche es una obvia desventaja respecto al resto de trabajadores si eres 'freelance': el tiempo que tardas en desplazarte es tiempo perdido

¿Quién puede permitirse pasar del coche? El que tiene dinero y puede permitirse desplazarse en taxi, por ejemplo. A menudo me he sentido como un parásito, porque hay momentos en los que no queda más alternativa que recurrir a un automóvil. ¿Te mudas? ¿Tienes que ir al aeropuerto? ¿Vacaciones en la sierra? ¿Tienes que ir a dar una charla a un pueblo a 40 kilómetros de Madrid y no hay forma humana de llegar (me ha pasado)? No te preocupes, siempre hay un amigo que te echará una mano –entregado o a regañadientes–, para que tú puedas seguir sin tener coche. Uno se siente en esos momentos como esas personas que no quieren tener teléfono móvil, muy orgullosas ellas, pero que le dicen a sus amigos que como alternativa pueden llamar a su novia o mujer –suelen ser hombres– para contactar con ellos, de tal manera que lo único que consiguen es convertir a su abnegada compañera en su secretaria oficiosa.

No hablemos ya de cuestiones laborales. Recuerdo una ocasión en la que, persiguiendo una beca de verano, tardé dos horas en llegar a Tres Cantos para hacer una entrevista de trabajo. Cuando me senté en la mesa para conocer a la que sería mi jefa, sentí ganas de suplicarle que me descartase. ¿Cuatro horas en transporte público al día, en serio? Pero mi anécdota palidece con la de los 'freelance' que bien saben que no pueden permitirse pasar la mitad de su jornada desplazándose de un punto a otro en la ciudad. “Imprescindible vehículo propio” es un requisito cada vez más habitual en las entrevistas de trabajo, pero también una línea que deja fuera a aquellos que no se lo pueden permitir. No tener coche es una obvia desventaja competitiva respecto al resto de trabajadores.

Cuando decides ir andando a esa importante reunión de negocios en el desierto de los Monegros. (iStock)
Cuando decides ir andando a esa importante reunión de negocios en el desierto de los Monegros. (iStock)

No nos engañemos. En la mayor parte de situaciones, disponer de automóvil es algo que se da por hecho, casi como un signo de madurez. No son pocas las veces que me he sentido como un adolescente dependiente a la hora de pedir a alguien que me llevase en coche. Solo los niños y los ancianos no conducen. Pero la sociedad, especialmente en las grandes urbes, está construida a partir de dicho principio: la progresiva expansión de las capitales y el surgimiento de las ciudades dormitorios habría sido imposible sin la llegada de los automóviles a todos los hogares. Otro día hablaremos, por cierto, de cómo la identificación del coche con lo masculino contribuyó a dificultar la entrada de la mujer en el mundo laboral. Si cree que no es así, coja un autobús interurbano.

Es el tiempo, no la independencia

Me he cansado de escuchar la palabra “independencia” cuando hablamos de la necesidad de tener automóvil. Pero, como tantos problemas de nuestra vida diaria, no es tanto una cuestión de autonomía como de tiempo. Cualquiera puede llegar a casi cualquier lugar con (mucho) tiempo y (algo de) dinero. Si es que no son la misma cosa, claro está. Si un autónomo no puede permitirse pasar horas y horas en el transporte se debe en parte a que debe adaptarse a las necesidades de sus empleadores, pero también a que todo el tiempo que gasta en desplazarse es tiempo en el que el contador de los ingresos deja de correr. Una situación que la 'gig economy', con sus montañas de minitrabajitos, no hará más que empeorar.

Detesto que el coche sea un símbolo de estatus y que se haya convertido en la piedra filosofal alrededor de la que gira la vida en las ciudades

Hay un problema que no hemos sido capaces de solucionar, al menos hasta que todos nosotros dispongamos de una cabina de teletransporte en nuestros hogares. Hemos conseguido hacer cosas maravillosas con el tiempo, pero el espacio es otro tema. Podemos comunicarnos instantáneamente con personas que viven en el otro extremo del mundo, transferir grandes cantidades de información en cuestión de segundos y montar videoconferencias que ríete tú de la ONU, pero por mucho que nos pongamos, si nuestro hijo sale a las cinco de la guardería, Amazon Prime no nos lo puede mandar a casa. Lo cual quiere decir que el automóvil, nos guste o no, sigue siendo la solución más apañada, salvo en los excepcionales casos en los que el transporte público es más eficiente, como al moverse en el centro de la ciudad.

Es una utopía pensar que el transporte público puede sustituir por completo al privado. La red ferroviaria es deficitaria, pero ha de serlo. Como bien explicaba Tony Judt en 'Algo va mal' (Pensamiento), los ciudadanos que viven en los rincones peor comunicados del país también tienen derecho a un transporte accesible, por lo que los gobiernos deben entender que algunos servicios darán pérdidas, pero proporcionarán un servicio esencial a estas personas. Lo cual dista mucho de conseguir que el transporte público sea tan eficiente, en términos de rapidez y horarios, como el automóvil. Por mucho que nos duela y podamos buscar alternativas, es algo logísticamente imposible. Otra cuestión es que replanteemos la necesidad de desplazarnos continuamente para trabajar.

Puede parecer que todo esto es un elogio del automóvil, pero es más bien al contrario. Detesto que el coche sea un símbolo de estatus, que todos pensemos que necesitamos un automóvil propio de cinco plazas para desplazarnos, que se haya convertido en la piedra filosofal alrededor de la que gira la vida en las ciudades. En todo caso, se trata de un lamento por las obligaciones no expresas impuestas por nuestros modos de vida que tan difíciles resultan de cambiar. Yo seguiré apañándome como pueda. Al fin y al cabo, como le cantó Paddy McAlloon a Bruce Springsteen en 'Cars and Girls', hay cosas que duelen mucho más que los coches y las chicas.

Tribuna
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