Operación Triunfo: De juguetes rotos y oportunistas: una advertencia sobre Operación Triunfo. Blogs de Tribuna

De juguetes rotos y oportunistas: una advertencia sobre Operación Triunfo

En las últimas semanas hemos visto una competición entre políticos, publicistas y periodistas para arrimar el ascua de OT a su sardina. ¿Y si se nos está yendo de las manos?

Foto: Los concursantes, en el programa del pasado lunes. (Cordon Press)
Los concursantes, en el programa del pasado lunes. (Cordon Press)

En uno de los mejores momentos de 'Juguetes rotos', la película que Manuel Summers dirigió en 1966, el narrador invisible –presumiblemente, el propio autor– revisa un álbum de cromos y se encuentra con la efigie de Guillermo Gorostiza, uno de sus ídolos de infancia. “Bala Roja” ganó cuatro veces la liga con el Athletic, fue el extremo izquierdo de la Selección Española durante más de una década y se alzó con dos Pichichi en 1930 y 1932. Sin embargo, nadie conocía su paradero, por lo que Summers se lanzaba a buscarlo por toda España. La mayoría ni siquiera sabían quién era. Algunos lo recordaban vagamente. Parecía haber desaparecido tanto física como simbólicamente. El capitán se había esfumado.

El realizador terminaba dando con él en un asilo para tuberculosos de Santurce, su pueblo natal. Este le abría su corazón después de que le preguntase cómo le había ido durante las décadas anteriores. “Mal”, respondía sin más ambages. “Me dejaron de lado”. Ese cromo tan anhelado por los niños de los años 30 y 40 moriría apenas unos meses después, desahuciado, olvidado por el país que lo había idolatrado. Es una triste historia, quizá algo excepcional, pero que sirve de plantilla para toda una sucesión de iconos españoles caídos, de Joselito al futbolista Julio Alberto pasando por Nadiuska. Que cada uno elija el suyo: de ídolos que terminaron regular, España está llena.

Quizá estamos utilizando a un puñado de posadolescentes para que sirvan a nuestras fantasías o intereses ideológicos y comerciales

Me acuerdo de ellos a medida que la burbuja 'Operación Triunfo' se hace cada vez más grande, según se acerca su final. Lo que en otras ediciones era un entretenimiento más o menos masivo, ha terminado por convertirse en un fenómeno viral en el que todo el mundo tiene (¡tenemos!) que aportar algo. De todas las cosas que ha podido decir en su vida Pablo Iglesias, no hay ninguna más verdadera que esa de que “es mucho más importante OT que el Telediario”. Dicho y hecho. Errejón ha puesto por fin en práctica su máxima “la hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales” escribiendo en Twitter que “'Lo Malo' de Aitana War la más rompedora y 'Tú canción' de Almaia la más bonita! Gane quien gane, #SíNosRepresentan” (sic todo ello).

Esto, que no es más que lo de siempre –la política arrimando el ascua a su sardina–, ha terminado por enfadarme en los últimos días, cuando he empezado a acumular notas de prensa a cada cual más oportunista. En una de ellas, una 'coach' explicaba en siete puntos “por qué empatizamos con perfiles como el de Amaya” (sic de nuevo) y ofrecía su opinión de experta a los periodistas interesados en el desarrollar el tema. En otra, Tinder realizaba un top de los concursantes que arrasarían en la aplicación donde Amaia, de nuevo, estaba en el primer puesto. A otro nivel, no hablemos ya de los insultos gratuitos y malintencionados de algunos periodistas. No queda español que no haya intentado verse reflejando en este espejo.

Consumidores de personas

Explico esto porque empiezo a sospechar que a lo mejor estamos utilizando a un puñado de posadolescentes para que sirvan a nuestros propios intereses (ideológicos, comerciales, identitarios). Un histerismo que este año se ha multiplicado en las redes sociales, que se han llenado de memes y gifs que se repiten en bucle, obsesivamente, hasta lo grotesco. Como escribía Roberto Amaba a propósito de este formato, es “masturbatorio por naturaleza, pero no porque uno de sus géneros sea el pornográfico, sino por su capacidad para evidenciar las miserias humanas”. No solo podemos ver cualquier gesto de los concursantes, sino repetirlo hasta la saciedad hasta que se convierte en algo monstruoso, vacío de significado.

¿Qué pasará cuando decepcionen? Porque lo harán: las personas tenemos el vicio de no ser perfectos, menos aún cuando millones de personas nos miran

Las ocasiones en que he visto el programa me han permitido entender la fascinación que ejerce. Es imposible que los participantes no te caigan bien. Son espontáneos, talentosos y conservan un grado de sana inocencia, por lo que es razonable que el espectador joven se sienta identificado con ellos y el adulto los vea como los hijos (o nietos) que querría tener. Mi gran pregunta es qué pasará cuando decepcionen. Porque lo harán: el de no cumplir las expectativas y no ser perfectos es un vicio que solemos compartir todos los seres humanos. Aún más cuando hay millones de personas analizando cada uno de sus gestos, de sus reacciones, de sus palabras; cuando se han convertido de la noche a la mañana en iconos generacionales. Lo siento, pero yo estoy aliviado de que no quede ningún testimonio grabado de lo que yo decía o pensaba a los 18 años.

Espero equivocarme, pero creo que no hemos aprendido gran cosa. No hace tanto tiempo (en concreto, un año y tres meses) que Rosa, la ganadora de la primera edición, confesaba que “en lugar de pasarlo bien durante 15 años, lo he pasado mal”. La granadina aducía que se debía a su inmadurez. Había entrado con 20 años en el programa, “pero de cabeza tenía 13”, reconocía. La media de edad en esta edición es incluso menor. Por mucho que la dirección del programa y sus compañeros los arropen, no sé exactamente qué se encontrarán cuando salgan por fin la próxima semana y vean lo que se ha generado a su alrededor. Yo no sabría que hacer.

Amaia y Alfred = Amaia, el culmen del 'shippeo'. (Gtres)
Amaia y Alfred = Amaia, el culmen del 'shippeo'. (Gtres)

Si algo hemos aprendido los aficionados al rock –perdón por la referencia musical antediluviana– es que nadie está a salvo de los peligros de la fama. Ni ser muy inteligente, ni muy talentoso, ni muy maduro, te exime de la depresión, del abuso de sustancias, de sufrir un triste final o de cualquier otro de esos problemas en comparación aparentemente menores que van de la mano con convertirse en una industria en sí mismo. Yo no sé qué se siente cuando millones de personas te han visto besarte con otra persona, te han observado llorar o sufrir mientras ensayas una canción o han fantaseado con 'shippearte' con un compañero. Tampoco sé qué pasa cuando de repente, de la noche a la mañana, dejas de interesar a las hordas que te auparon. Y espero no saberlo nunca.

Hay una dificultad añadida, que es que los espectadores somos especialmente egoístas, y nos entretiene tanto el talento como el sufrimiento. Además, hemos comprado por completo el discurso de la responsabilidad personal. En otras palabras, cuando vemos al famoso de turno confesar sus miserias en televisión, tendemos a pensar que ha sido su culpa. Nadie le ha obligado a adoptar malas decisiones profesionales, o a tomar drogas, o simplemente, ha tenido “mala cabeza”: él se lo ha buscado. Hay una lógica perversa que sugiere que si a algunos les ha ido bien (spoiler: a la minoría), el resto también pueden hacerlo y si no, es que en algo se han equivocado. Luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando descubrimos que su vida no ha sido un camino de rosas.

El test de Rorschach donde se analiza España

De unas semanas a esta parte, Operación Triunfo se ha convertido en el test de Rorschach en el que se ha psicoanalizado España, sus miedos y zozobras, sus identidades (sexuales, regionales, generacionales). El último paso ha sido el de la colisión del debate OT con el debate de la izquierda española, el 'crossover' definitivo, que viene a ser como si el universo Marvel, el de DC y el de 'Star Wars' se fusionasen. Cada uno ve lo que quiere ver en Operación Triunfo y lo interpreta como lo quiere interpretar, y eso (como siempre) dice más del hermeneuta que lee en los posos del café televisivo que de los concursantes. Como espetaba un personaje en aquel episodio de 'Black Mirror' sobre los 'talent shows' (perdón de nuevo por la referencia 'demodé'), “no veis personas, veis carne de cañón”.

No puedo dejar de preguntarme si, al final, esto no se ha convertido en una expresión más del proceso de vampirización cultural que todos –aquí me incluyo, ¿acaso no lo estoy haciendo ahora mismo?– llevamos a cabo sin parar, virando nuestros intereses hacia aquello que nos da más visibilidad, que hace que nuestra voz se oiga, que nos coloca en el debate. Caiga quien caiga. Las guerras culturales se han convertido en campo de batalla entre nuestros egos tamaño 'Godzilla'. Con una diferencia, que en este caso nuestros peones no son personajes de ficción ni abstracciones, sino personas reales que muy pronto tendrán que enfrentarse con una vida para la que nadie está preparado.

Tribuna

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