El día que encontré el verdadero secreto del éxito en un tatuaje de Tabarnia

Para que se fijen en nosotros y nos den esa oportunidad que merecemos, tenemos que ser llamativos, virales y atrevidos. ¿Hasta dónde eres capaz de llegar para que se hable de ti?

Foto: Cegado por el dinero fácil. (iStock)
Cegado por el dinero fácil. (iStock)

Estoy flipando. Si no me engañan los ojos, creo que esto que estoy viendo es a Simón Pérez, fugaz celebridad por su descoyuntada reivindicación de las hipotecas a plazo fijo, tatuándose en el pecho la bandera de Tabarnia ante las cámaras, entre loas al capitalismo e insultos a los independentistas. Mi sentido de la vergüenza ajena me impele a quitarlo, pero me debo a los lectores, así que aguanto. Al final del vídeo, el bueno de Simón, el Sid Vicious del turboliberalismo, acompañado de su Nancy Spungen, Silvia Charro, se desplaza hasta Plaza Cataluña a mostrar el tatuaje ante los transeúntes. Un poco tímidamente, todo sea dicho, pero la provocación 'soft' de estos Ícaros que volaron demasiado cerca del sol ya está hecha.

A Michael Jackson le pasó lo mismo, le costó entender que después de 'Thriller' –su “Hipoteca a plazo fijo” particular– nunca podría volver a ser el centro del 'zeitgeist' cultural. Pero siempre hay una alternativa, claro, y es intentar subir el listón. O bajarlo. Si has aparecido en todos los medios por tu, ejem, peculiar forma de analizar el mercado inmobiilario, quizá baste con explotar aún más el personaje que has creado (y no lo que cuentes, que tiene un público reducido). Además, como has mordido la sabrosa manzana de la viralidad, quieres más y más, y nunca vas a tener suficiente. Como ocurre con los adictos, hay que aumentar cada vez más la dosis para obtener un efecto cada vez menor. Bienvenido a la dopamina del éxito viral.

Si la medida del éxito es conseguir que los demás gasten su tiempo en ti, el trabajo bien hecho pero invisible no vale nada. O eso creemos

Esta semana se ha publicado en Estados Unidos un libro llamado 'Los mercaderes de la atención'. Su autor, el profesor de la Escuela de Derecho de Columbia Tim Wu, recuerda que existe una industria transversal en continuo crecimiento que comercia con la atención de los consumidores (y su tiempo). Hola, qué tal: nosotros los periódicos somos la punta de lanza, y nos acompaña la publicidad, las redes sociales y, potencialmente, cualquier servicio o producto que se pueda promocionar en ellas, de restaurantes a cachivaches tecnológicos pasando por másteres con profesores estrella o experiencias turísticas. La queja del profesor es conocida: nuestra capacidad de concentración (y felicidad) se han ido al garete a causa de esta sobreestimulación continua.

El factor que suele olvidarse en esta clase de análisis es que los negocios no son una catástrofe natural ni una plaga bíblica, sino que hasta que los robots digan lo contrario, suelen emplear trabajadores humanos que deben adaptarse a los requisitos que esta nueva competencia exige. Si vivimos en la economía de la atención, al otro lado tiene que haber una nutrida colección de monos de feria que hagan aspavientos para llamar la atención de los demás por encima de la competencia, como hermanos luchando para que mamá y papá nos hagan caso. Es el tipo que se tatuó Tabarnia, puede ser usted, soy yo mismo. Si la atención que conseguimos recabar es la medida de nuestro éxito, el trabajo bien hecho pero invisible es inservible comparado con nuestra capacidad de convertirnos en el centro de los focos. Todos podemos ser estrellas en las redes durante medio minuto.

Tanto te retuitean, tanto vales

En una entrevista, la actriz María Adánez se quejaba de que las actrices son seleccionadas para un papel en función de su número de 'followers'. Verónica Echegui le había dicho que “Si no tienes Instagram, no te cogen en los casting”. Algo que también han denunciado Sophie Turner, de 'Juego de tronos', o Gemma Arterton, que no son precisamente anónimas. En la gala de los Goya, hubo quien protestó por la presencia de Dulceida y la ausencia de muchos técnicos de la industria del cine que no habían sido invitados. Un periodista con 40.000 seguidores en Twitter es más goloso para un potencial contratador que otro con 1.000; es lo que vale su firma. ¿Va antes el huevo o la gallina? Es decir, ¿desvela el número de seguidores de un trabajador su talento, o se considera que un empleado es valioso por la cifra que aparece en su contador?

La desesperación es la reacción lógica cuando uno se da cuenta de que esas fórmulas imprescindibles para el éxito no llevan a ningún sitio

Lo veo con mis propios ojos. El período de vida de un artículo (o columna, o película, o restaurante…) es cada vez menor. A veces, cuestión de minutos. Otro factor de riesgo: la desaparición de esos 'gatekeepers' que unían a productores culturales y al público ha provocado que el individuo sea la última frontera. Así que si la medida de tu valor es la visibilidad, eso se traduce en que uno siempre puede seguir trabajando informalmente, haciendo “proactividades” o reforzando su marca personal, es decir, autopromocionándose hasta el agotamiento (propio y ajeno). Que si un fav a ese jefe que quieres que te contrate, que si un hilo reciclado de la Wikipedia para racanear unos retuits, que si unos vídeos a ver si suena la flauta y nos llama la tele… Las posibilidades de convertir lo personal en profesional son inacabables.

Esto ya ha sido descrito con mucha más gracia que yo por Remedios Zafra en 'El entusiasmo'. Pero esto no se trata de entusiasmo, sino de delirio. Es fácil caer en la desesperación cuando uno se da cuenta de que esas fórmulas que se consideran imprescindibles para el éxito no llevan a ningún sitio; entre otras razones, porque miles de personas lo están haciendo a la vez que tú. Dulceida solo hay una; otra posibilidad es subir aún más la apuesta que en algún momento nos salió bien, con esperanza de repetir el éxito pasado. Es la diferencia entre registrar un vídeo un poco pasado de rosca a tatuarse el logo de YouTube. El problema es que, como bien saben los casinos, a la larga la banca siempre gana.

Sophie Turner reconoció que había conseguido un papel antes que 'una actriz mejor' porque tenía más seguidores en redes sociales. (Reuters)
Sophie Turner reconoció que había conseguido un papel antes que 'una actriz mejor' porque tenía más seguidores en redes sociales. (Reuters)

Lo cuenta Jorge Dioni en un interesante hilo de tuits (¡ah, la paradoja!). El nuevo modelo laboral de esta economía “de servicios” –pero también de la atención– es el de la trabajadora sexual, explica. “Inestabilidad, desprotección, aislamiento, y ojo, estética y entusiasmo”, recuerda. Una fórmula cuyo único resultado puede ser una angustia causada por esa impotencia generada por la nula adecuación entre sacrificios y resultados, una vez se descubre que el (supuesto) éxito es tremendamente transitorio y el fracaso se oculta siempre a la vuelta de la esquina. Vales lo que vale tu último artículo. Las actrices porno recuerdan que para prosperar hay que aceptar cada vez un poco más, ir un poco más lejos. O abandono u ostracismo.

El mono de feria hecho a sí mismo

Cabe pensar si, en realidad, no nos encontramos en el último estadio del sueño ultraliberal, en la culminación del mito del hombre hecho a sí mismo. Este prometía que uno podía llegar donde fuese con su propio esfuerzo. En esta ecuación, el paternalista Estado parecía una molestia. Ahora también lo es la empresa tradicional. Uno ha de ser trabajador, marca, empresa, emprendedor tirano y eslavo complaciente a la vez, y no hay nada mejor que las redes sociales para conseguirlo. En esta nueva meritocracia, basta con hacer más ruido que el vecino –o ser más molesto, más polémico o simplemente tener menos escrúpulos– para abrirse camino. Lo dice Pérez: “Queremos fomentar la meritocracia, el arribismo social. La idea de que, como nosotros, se puede estar muy abajo, subir hasta muy arriba… y volver a estar muy abajo”.

Quizá el éxito consista en sobrevivir rechazando las reglas de un juego que engulle personas y las defeca en forma de meme consumible

Lo que se suele olvidar es que suele tratarse de una mala estrategia a largo plazo, tanto en lo personal como en lo profesional. El mejor consejo que he recibido nunca por parte de un compañero es que el periodismo es una carrera de fondo en la que los grandes patinazos suelen pesar, a la larga, más que los aciertos. La credibilidad sigue siendo valiosa. Convertirse en un meme puede resultar rentable durante el par de horas que tarda el chiste en perder la gracia (como la propia Tabarnia, que caducó hace semanas). No parece que a Simón le vaya especialmente bien: declaraba en 'Vice' que él ha tenido nóminas de 5.000 euros pero que dos semanas antes casi le había tocado vivir en un cajero. Silvia matizaba que hace cuatro años estaba trabajando de camarera y ahora le para la gente por la calle. 'Sic transit gloria mundi'. Cuanto mayor sea la apuesta, más fácil es triunfar… o pegársela.

Así visto, el tatuaje de Tabarnia, con su carácter indeleble, pegado siempre a la piel, nos da la mejor lección sobre el éxito moderno. Se trata de la expresión más clara de los sacrificios que hemos de hacer para seguir compitiendo, incluso en nuestros cuerpos; también, en nuestro corazón, pensando que es lo que realmente deseamos. Quizá el éxito consista en sobrevivir rechazando las reglas de un juego con pocos ganadores, que engulle personas y las defeca en forma de meme fácilmente consumible. Habrá que rechazar el placer transitorio del subidón de dopamina del retuit, el 'fav', el reconocimiento de nuestros iguales (a menudo impostado) o la palmadita en la espalda, que son mucho menos necesarios de lo que pensamos para nuestra supervivencia profesional.

Ser permanentemente visibles no nos hace más poderosos ni influyentes, aunque así lo pensemos, sino más vulnerables. Las personas nos equivocamos, fracasamos y mantenemos opiniones poco meditadas o exhibimos nuestras antipatías irracionales. La alternativa es convertirnos en entes ideales, exentos de mácula, un producto perfecto (y perfectamente vendible) en la era de Instagram y su elogio rancio de lo superficial. ¿Iconos ideales del éxito moderno, rebosantes de talento, ingenio y belleza, o ángeles caídos dispuestos a descender a los infiernos de la autoespectacularización en busca de nuestro chute? Quizá sea momento de dejar de pensar en nosotros como imágenes recogidas en las pupilas de los demás. Seremos invisibles, pero quizá felices.

Tribuna
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