El tabú Zapatero: lo que el "mejor presidente de la democracia" nos hizo aprender

No estaba solo Pablo Iglesias cuando sugirió que quizá había sido nuestro mejor líder: 14 años después de su primera legislatura, el tiempo parece haberle dado la razón al expresidente

Foto: Una ilusión, una decepción. (EFE)
Una ilusión, una decepción. (EFE)

Asegúrese de que ninguno de sus interlocutores sufre graves cardiopatías y deje caer la pregunta con la naturalidad del que pide la sal. “¿Y si Rodríguez Zapatero fue el mejor presidente de la historia de la democracia?” Ahora guarde silencio y disfrute ante la montaña rusa de sentimientos que se despliega ante sus ojos, y que probablemente pasarán de la confusión a la avenencia pasando por la consternación. Lo sé porque en los últimos años me he aficionado a lanzar dicha pregunta a bocajarro a amigos, familiares y conocidos. La primera reacción –obvia– es la negación. Anatema. Pero a nada que uno tenga un poco de mano izquierda (ejem), puede terminar convenciendo a casi cualquiera de que España fue injusta con nuestro quinto presidente. Si no les ha dado un jamacuco antes, claro.

La receta es fácil. Se comienza admitiendo que lo hizo mal durante la crisis –pero en fin, ¡le puedo pasar a cualquiera!– y se contraataca sacando a pasear a los muertos en el armario de la democracia española que devinieron zombies 'lobísticos', siempre amenazando con el retorno desde la tumba: ¡Felipe!, ¡Aznar! Y ahora, Rajoy con su Gürtel bajo el brazo. Hay que añadir un pequeño truco generacional: Adolfo Suárez queda lo suficientemente lejos como para que muchos no tengan una opinión directa sobre su presidencia (y hay que ser un poco 'underground' para acordarse de Calvo Sotelo). Como en el póker, es más fácil ganar si se consigue que los rivales se retiren. Además, Zapatero cumplió con la cabeza gacha aquello de desaparecer en las brumas de la historia porque, como dijo, “el silencio de un expresidente se valora mucho”.

Para cuando terminásemos la carrera en 2008, a España no la iba a reconocer ni su padre. Así fue, pero no como nosotros pensábamos

Siguiendo esas pautas, no es tan complicado convencer a gente con ciertas simpatías socialdemócratas, de entre 40 y 50 años y cierto nivel económico y cultural que Zapatero cambió el país en muchos sentidos, aunque quizá no nos hayamos dado cuenta hasta ahora. Admitirán que modernizó socialmente el país en su primera legislatura –matrimonio homosexual, paridad, ley sobre violencia de género y otras medidas que muchos recordaron el pasado 8 de marzo–, que tuvo que enfrentarse a una oposición destructiva en terrenos minados (memoria histórica, terrorismo, nacionalismos) y que a partir de 2008 le explotó en la cara la bomba económica más devastadora de las últimas décadas. Es fácil ser benevolente con Zapatero si uno no lo pasó particularmente mal durante la crisis y tiene sensibilidad hacia lo social. Alguien semejante a Pablo Iglesias, que en una entrevista defendió que podría haber sido el “mejor presidente de la democracia”. Casi hasta me convenzo a mí mismo.

Es posible, como ocurre con esas bandas que se separan porque no venden ni un disco y se reúnen décadas más tarde para llenar estadios, que el contexto sea particularmente propicio para un 'revival' Zapatero. De una semana a otra parece que nos hemos dormido en la gris postcrisis liderada por el PP y sus amenazas de el-apocalipsis-va-a-llegar para despertarnos en la soleada mañana del 15 de marzo de hace 14 años. ¿Revival 2004? Muchos han preferido evitar la comparación por no gafar al gobierno de Pedro Sánchez, pero es fácil encontrar una inspiración zapateril en la nueva etapa socialista de simbólicos guiños sociales, mezcla de técnicos de perfil bajo y personajes carismáticos y una gran capacidad de ilusión que le ha debido de sorprender hasta a él. Todo eso que ya ha contado mejor que yo el compañero Carlos Prieto. Como si la crisis nunca hubiese ocurrido ni jamás hubiesen existido ni Ciudadanos ni Podemos.

Alianza de decepciones

Volvería a acordarme a lo largo de los años de aquella advertencia que una compañera me hizo mientras entrábamos en la Facultad, en la mañana siguiente a la victoria socialista. “Me da mucho miedo, no está preparado”, recordaba ante mi pánfila satisfacción de estudiante de primero. ¿Y qué? Tampoco podía ser tan malo. Mi bisoña ilusión era compartida por muchos compañeros, y trascendía la mera coyuntura política para formar otro capítulo de un relato generacional que nos prometía convertirnos en ganadores por KO y que nos convertía en el 'target' ideal para la dialéctica ZP de talante y buen rollo. Al fin y al cabo, nos matriculamos en la universidad –en Ciencias de la Información, nada menos– en una bonanza económica que nos iba a garantizar un futuro esplendoroso. Y ahora, además, para cuando terminásemos la carrera, a España no la iba a reconocer ni su padre.

Como si la crisis no se hubiese producido. (Efe/R. García)
Como si la crisis no se hubiese producido. (Efe/R. García)

Así fue, pero no como nosotros pensábamos. Cuando acabamos de estudiar, efectivamente, aquello era irreconocible: un erial económico y laboral en el que el florido jardín del pensamiento Alicia –según el término de Gustavo Bueno– se había secado para dejarnos abandonados en un árido escenario postapocalíptico en el que un Zapatero con cara de palo, reconvertido en vulgar contable de la nueva miseria, ofrecía hecatombes a los mercados para intentar aplacar la tormenta. En los estertores de su segunda legislatura, defender al presidente era un puro acto de fe, y yo también comencé a reírme cuando le llamaban pelele o ridiculizaban su tontorrona sonrisa. Era la pataleta del que se siente traicionado por aquel en quien había confiado. Fue una dura lección: nos lo habíamos merecido, por crédulos.

Siempre achacaré gran parte de mi desencanto político actual a la progresiva descomposición de las ilusiones de aquellos esos años. ¡Ay, Zapatero, con lo que te defendí a la hora de la cena, y así me lo pagaste! Así que juramos que nunca volveríamos a pasar hambre ni a confiar en aquel partido de izquierdas que se arrugaba ante Europa. Fue así como, poco a poco, el quinto presidente de la democracia se convirtió en un tabú. Entre los que siempre lo odiaron por usurpador y pusilánime y los que le cogimos manía por haberse traicionado a sí mismo, no había nadie en 2012 que tuviese los arrestos de dar la cara por él y se corrió un tupido velo alrededor de Zapatero, víctima de la implacable crispación y símbolo de la decepción generacional. Ni siquiera en el 15M se hablaba de él directamente: mejor referirse al “bipartidismo” o al “PPSOE” que mentar a 'El Que No Debe Ser Nombrado'. Daba mal fario.

El fin de ETA, las reivindicaciones feministas, la lucha por los derechos LGTBI… muchos temas de actualidad ya estaban en el primer Zapatero

Pero poco a poco, sacar a relucir a Zapatero pasó de ser un deporte de riesgo para audaces, como preguntar en la cena de Navidad por el pariente que la familia prefiere olvidar, a un tema del que se podía volver a hablar, incluso con cierto cariño. El tiempo ha terminado dándole la razón en unas cuantas cosas o, al menos, devolviendo el marco de discusión a sus coordenadas. El fin de ETA, las reivindicaciones de paridad, la lucha por los derechos LGTBI, las ayudas al alquiler y la emancipación… muchos temas en la agenda pública conectan 2018 con la primera legislatura de Zapatero. Aunque quizá el factor decisivo para que el tiempo haya sanado las heridas es que su fracaso no tuvo particular alevosía, sino que, en el peor de los casos, era producto de una mediocridad bienintencionada. Y es fácil perdonar a los inocentes, pues ellos heredarán el respeto de la historia.

Por ello, no extraña que el inesperado ciclo que se abre ahora inesperadamente nos haya devuelvo a 2004. Aun sin nombrar explícitamente a Zapatero, vuelven los vientos de aquella primavera, aunque Sánchez haya preferido en algunos casos recuperar lo más salvable del socialismo de ayer y de hoy, y hacer algún guiño plenamente autoconsciente. La más que previsible derogación de leyes como la Mordaza abren un pequeño túnel hacia aquel pasado que se prometía brillante, esgrimiendo implícitamente el argumento de que la crisis ha terminado y que todo ciclo de bonanza requiere políticas más sociales y modernizadoras que las paternalistas restricciones de la crisis. Es, por ahora, un producto de 'marketing' perfecto y una máquina de 'hype' perfectamente engrasada cuya eficacia política está por ver. Yo, por mi parte, y como cantaba Lloyd Cole, ya estoy listo para que me rompan el corazón. Eso fue lo que Zapatero me hizo aprender.

Tribuna

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