Qué significa ser facha en 2018: una nueva perspectiva

Varias polémicas recientes sirven para poner de manifiesto cómo nuestra sociedad se estrecha y cómo casi nadie se atreve a salirse de los límites marcados

Foto: Ángeles González-Sinde, en una imagen de archivo. (I. C.)
Ángeles González-Sinde, en una imagen de archivo. (I. C.)

España es un país tremendamente conservador. No es un mal que nos afecte en exclusiva, otros países lo llevan todavía peor, pero lo somos. Y no, no tiene nada que ver con la perspectiva que se ha instalado en la izquierda, la del típico nacionalista de banderita en la pulsera y liberal en lo económico, o con la acepción usual del concepto, esa que designa a las personas defensoras de la tradición, que ven con prevención los cambios sociales y que entienden que los avances deben producirse poco a poco y sin grandes saltos. Ser reaccionario hoy implica otra dimensión que teje la sociedad de un modo mucho más perverso.

Un ejemplo de hace muchísimo tiempo (unas tres semanas ya) puede sernos útil para entender el asunto. Juan Soto Ivars publicó una columna sobre el tema que en aquel instante estaba incendiándolo todo y del que ya casi nadie se acuerda. Un cantante de moda y un cómico habían sido acusados de cosas poco amables porque habían intentado ligar a través de las redes. Soto salió en su defensa y publicó una columna que llegó a convertirse en ‘trending topic’.

Pero no quiso

El problema fue que utilizó un término, 'zorras', que molestó mucho. Podía haber escrito 'grupis' y nada hubiera pasado, o podía haber eliminado esa palabra. Pero no quiso. Lo explicó señalando su intención de subrayar un doble rasero: se podía llamar acosador, abusador y cosas peores a los hombres puestos en cuestión y todo el mundo lo aceptaba, pero si se hablaba de zorras entonces se consideraba intolerable; esa disparidad de criterios no le parecía razonable. Es verdad que Soto Ivars podía haberse explicado mejor, y más sabiendo lo que sabía, pero el problema fue que el término sepultó cualquier razonamiento que contuviera el artículo y Twitter se convirtió en un clamor contra un machista reaccionario.

Mucha gente le escribió para decirle que estaba de acuerdo con su artículo, pero nadie salió en su defensa en público

En fin, no se trata ahora de recuperar aquel debate, sino de señalar un aspecto llamativo del posdebate. Porque en ese instante mucha gente escribió a Soto Ivars o le comentó en persona que tenía razón y que estaba de acuerdo con el fondo de su artículo, mientras que quienes creían que estaba equivocado se lo hicieron saber airadamente y en público. De modo que la pregunta es obvia: ¿por qué nadie salió en su defensa? ¿Por qué todos nos callamos y dejamos pasar públicamente el asunto? E igual del otro lado: ¿por qué quienes le criticaban se sentían legitimados para insultarle sin límite?

Cuando la presión social es tan fuerte, el resultado no es solo el ruido; también lo es el silencio. Y eso es algo que mata las sociedades

Esta doble actitud no tiene que ver únicamente con una polémica concreta, sino que se repite con enorme frecuencia. Por citar un caso más reciente, la exministra de Cultura Ángeles González-Sinde salió en defensa de Màxim Huerta con un artículo que fue ampliamente criticado. Es probable que Huerta no fuera la persona adecuada para dirigir el ministerio y que la utilización que hizo de la sociedad interpuesta le incapacitase para ocupar ese cargo, o quizá podía haber hecho un buen trabajo. Pero más allá de Huerta, Sinde señalaba algo en lo que mucha gente le da la razón en privado y que casi nadie ha salido a decir estos días en público: que la tributación de los creadores culturales es a menudo injusta y que mantener una industria cultural fuerte exige de mecanismos que no perjudiquen a los autores. Quizá la columna de Sinde no fuera acertada y pusiera el acento en el lado erróneo, o quizás explicase algunos asuntos que estaría bien tener en consideración. Sea como fuere, nadie salió en su defensa cuando mucha gente coincidía con ella en privado. Suele ocurrir: cuando las críticas furibundas se extienden, todo el mundo prefiere mirar hacia otro lado. Pero todo esto no sucede sin contrapartidas: cuando la presión social se expresa de un modo tan intenso, el resultado no es solo el ruido; también lo es el silencio. Y eso es algo que mata las sociedades.

Pero no quiero

Lo sé, podía haber utilizado otros ejemplos menos polémicos para exponer mi idea y habría ganado en fuerza de convicción, porque los casos concretos parecen más un estorbo que una ayuda para la tesis. Pero no me da la gana. Si no es en estos casos, ¿en cuáles se va a poder decir cosas así? ¿En los que todo el mundo está de acuerdo? ¿De qué valdría mi razonamiento entonces?

El problema es que esta costumbre de afear, criticar y señalar a los demás como táctica cotidiana, que es una idea muy puritana, como diría Juan Manuel de Prada (por citar a otro de esos autores que provocan que todo el mundo se te tire al cuello), o muy calvinista (como diría Max Weber, por citar a un autor bien visto), no es buena idea, ya que el señalamiento hostil del pecador no tiene otro efecto que impedir el diálogo y reducirlo todo a una acumulación de insultos.

Hay demasiados grupos cuyo nexo de unión es el ataque a los demás, el sentirse reforzados mediante la crítica a los que ven como inferiores

Es una maniobra que, además, no les funciona a quienes la utilizan. No acaban con aquello que pretendían erradicar, simplemente lo desplazan. Los chistes machistas o racistas, por poner un par de casos, ya no circulan por las redes, donde serían inmediatamente rechazados, pero sí por los grupos de Whatsapp, los foros privados o las conversaciones en los bares. Se mantiene la ilusión de que ciertos aspectos de la sociedad están desapareciendo solo porque ya no se expresan en público, pero la realidad es que ahí siguen. Y de vez en cuando, aquello que parecía sofocado emerge por sorpresa: ocurrió con los votantes de Trump o los nacionalistas británicos, que se pensaba que habían sido sepultados en el pasado pero surgieron de debajo de las piedras y acabaron ganando sus votaciones.

La demostración de superioridad

Sin embargo, hay un par de aspectos en los que esta actitud puritana sí funciona. El primero es fácil de entender: refuerza el sentimiento de superioridad de quienes la practican, esa suerte de sacerdotes laicos que descargan su ira y su malestar sobre la impureza, la falta de luces o la imperfección ajenas. En nuestra sociedad hay mucho de esto, de grupos cuyo nexo de unión es el ataque a los demás, el sentirse reforzados mediante la crítica a los que ven como inferiores, más tontos, menos profesionales o cualquier otra cosa. Así pasan su vida, pendientes de a quién señalar, porque es lo único que les concede esa valía que pretenden y de la que carecen. Quienes cuenten con experiencia en el entorno laboral, en el político o en el universitario entenderán bien las dimensiones cotidianas de estas dinámicas grupales.

Cada ámbito de poder, cada grupo, cada corriente establece un límite muy estrecho acerca de lo que puede ser dicho y lo que no, y ataca con prontitud y determinación a quienes se salen de él

El segundo aspecto es todavía peor. La presión social es un arma muy presente en las redes, pero también fuera de ellas, y es utilizada desde un lado y el otro del espectro político. Y en realidad no funciona más que un altavoz de la ortodoxia. Cada ámbito de poder, cada grupo, cada corriente establece un límite muy estrecho acerca de lo que puede ser dicho y lo que no, y ataca con prontitud y determinación a quienes se salen de él. Lo que no entra dentro de su margen es señalado como intolerable, por lo que se sienten inmediatamente legitimados para atacar a quienes no se someten a sus ideas como si hubieran dicho algo repugnante.

Pedro Baños y la heterodoxia

En esto ha consistido también la polémica sobre Pedro Baños. El coronel en la reserva afirma que deberíamos pensar en términos estratégicos y tener una relación más cercana con Rusia; el resultado es que se le tacha de agente de Putin y de querer hacerse promoción. Esto es falso, por supuesto, pero también innoble. ¿Por qué no va a pensar Baños o quien sea que deberíamos ser aliados de Rusia, o de China, o de EEUU, o de Nueva Zelanda o de Madagascar? Lo importante, lo que le define, no es la postura que adopte sino los argumentos que emplee; si son válidos y nos convencen, estupendo; y si no, también. La heterodoxia tiene un valor: quizá se trate de gente profundamente equivocada, pero lo mismo algo de lo que cuentan es útil. Y, en todo caso, siempre será mucho mejor que la sociedad tenga espacios donde las razones sean tomadas en consideración que movernos permanentemente entre recriminaciones, insultos y descalificaciones, que es cada vez más donde estamos.

No se deja margen a la heterodoxia, a 'pensar fuera de la caja', por citar un término apreciado en los discursos y despreciado en la realidad

Porque no nos engañemos, tanto ruido es profundamente reaccionario. Una sociedad fachilla no tiene que ver con ser de izquierdas o de derechas, con defender unas ideas políticas o económicas u otras, sino con crear un ambiente en el que todo el mundo dice lo que tiene que decir. Buena parte del ámbito financiero sabía que las 'puntocom' eran una burbuja, pero nadie se atrevía a ir contra la corriente dominante; hubo un momento a principios de siglo en que muchos de los actores principales sabían que era mala idea soportar grandes cantidades de apuestas financieras en hipotecas concedidas a gente con pocos recursos y trabajos precarios, pero casi ninguno tenía el valor de decirlo públicamente. Son dos ejemplos graves, por las consecuencias que han causado, de los muchos errores en que nuestras sociedades incurren por no dejar un margen a la heterodoxia, a las visiones diferentes, a 'pensar fuera de la caja', por citar un término apreciado en los discursos y despreciado en la realidad.

Lo mismo, pero mejor

Esta sociedad en la que el ruido gana tiene una traducción concreta que a menudo no queremos ver: el follón no es más que la amplificación de las ideas dominantes. Un ejemplo: muchos de los tuiteros populares lo son porque dicen con ingenio, acidez, mala hostia o mucho rencor lo que piensa su grupo de referencia. Da igual que sean madridistas, barcelonistas, feministas, liberales de La Moraleja o activistas de Lavapiés, su valor consiste en decir mejor lo que los suyos ya piensan. No hay un gramo de riesgo. Todo el mundo habla de lo mismo, de la última polémica, y da igual que sea Cifuentes, que la moción de censura, que Lopetegui o Màxim Huerta; haces lo que tienes que hacer y dices lo que tienes que decir, pero le añades tu diferencia y te conviertes en alguien.

Ser un fachilla hoy es adoptar la postura del ciclista: de la mitad hacia arriba está agachado; de la mitad hacia abajo, patea ferozmente

Una sociedad facha no consiste en ser de izquierdas o de derechas, sino en dar la razón a los que tienen el poder, en cerrar filas con los tuyos únicamente porque son los tuyos, en no salirte del carril, en decir siempre lo que tu grupo de referencia espera. Hoy defenderás el libre comercio, pero mañana serás prudentemente proteccionista y pasado un proteccionista que defiende la esencia del libre comercio; hoy defiendes a muerte el feminismo y mañana te convertirás en partidario de lo que toque; hoy odias a Trump, pero mañana no te parecerá tan malo; hoy haces la pelota al que manda, a tu gente o a tu grupo, y mañana también. Según sople el viento del poder. Ser un fachilla hoy, como de costumbre, es adoptar la postura del ciclista: de la mitad hacia arriba, está agachado; de la mitad hacia abajo, patea ferozmente.

Tribuna

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