El yogui que mueve los hilos de Lynch
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Carlos Prieto

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El yogui que mueve los hilos de Lynch

El legendario cineasta estadounidense visitará Madrid en unos días para explicar la estrecha relación entre sus películas y la meditación trascendental

Foto: David Lynch, autor de 'Twin Peaks' (Miles Aldridge)
David Lynch, autor de 'Twin Peaks' (Miles Aldridge)

Breaking news. Un sensacional descubrimiento permite desvelar las claves ocultas de una de las obras más enigmáticas de la historia del cine. Estamos hablando de David Lynch y del ascensor secreto que ha construido en su casa de Los Ángeles. Un montacargas al que sólo él puede acceder y que da acceso a la habitación subterránea donde se oculta la información que resuelve los siguiente enigmas: ¿Qué personaje de Twin Peaks mató a Laura Palmer?  ¿Qué representan los enanos en sus películas? ¿Por qué a mitad de Carretera perdida el protagonista se convierte en otra persona (literalmente) sin venir a cuento? Misterios que han traído locos a toda una generación de aficionados al cine. Para colmo, la legendaria tendencia del director a no dar respuestas claras sobre sus filmes no ha hecho más que aumentar el mito. Cada vez que Lynch abre la boca para desenredar uno de sus filmes, lo enreda aún más. De ahí la enorme expectación levantada por la visita de David Lynch a Madrid el próximo martes en el marco del festival Rizoma. Lynch hablará, entre otras cosas, de la profunda relación entre su cine y la meditación trascendental. Sí, han leído bien.  

Dicho esto, toca aclarar qué demonios es eso del ascensor de David Lynch que conduce al interior de sus misterios. Se trata de un montacargas metafórico. Flashback. Corría el año 1973 y Lynch atravesaba una fuerte crisis personal. Llevaba dos años tratando de sacar adelante su primera película, la mítica Cabeza borradora, que no lograría estrenar hasta 1977. Aún no se había transformado en cineasta de éxito, la ira le quemaba por dentro y su primer matrimonio hacía aguas. A instancias de su hermana, decidió ir a una clase de meditación trascendental sin saber muy bien de qué iba aquello. Por probar.

Me senté, cerré los ojos, empecé a entonar el mantra y fue como si estuviera en un ascensor y cortaran el cable. ¡Bum! Caí en la dicha, en la pura dicha

Resultó que Lynch tenía un don natural para bucear en los abismos de su mente. Se acababa de crear un monstruo (de la meditación). "La instructora me condujo a una salita para que meditara por primera vez. Me senté, cerré los ojos, empecé a entonar el mantra y fue como si estuviera en un ascensor y cortaran el cable. ¡Bum! Caí en la dicha, en pura dicha. Y ahí me quedé". Hasta hoy: desde entonces, Lynch lleva cuarenta años meditando dos veces al día. Pase lo que pase. Sin tregua. Todos los días se sube al ascensor y se deja caer. Durante el descenso pesca las ideas para sus filmes.  

Todo esto lo explicó hace unos años en Atrapa el pez dorado (Mondadori, 2008), ensayo sobre el influjo de la meditación en sus creaciones artísticas. El libro, dedicado "a su santidad Maharishi Mahesh Yogi", sirve para entender mejor aspectos claves de su cine como su relación con Hollywood, dado que nadie ejemplifica mejor que él las tirantes relaciones entre arte e industria. ¿El arma de Lynch para manejarse en un mundo de tiburones que intentan que sus películas sean más comerciales y menos experimentales? El saber estar de un yogui.  "En el negocio del cine existe mucha presión; hay mucho espacio para la ansiedad y el miedo. Pero trascender consigue que la vida sea más como un juego", escribe ufano.

Atrapa al pez dorado devela, a su manera, uno de los mecanismos creativos más legendarios del cine moderno: cómo se le ocurren las ideas a David Lynch y cómo logra transformar ideas abstractas en imágenes gracias a la intuición. "La intuición es la unión de la emoción y el intelecto. Algo esencial para un cineasta. La intuición puede afilarse y expandirse mediante la meditación", afirma.

El cineasta pone un ejemplo de lo que entiende por intuición. Durante el rodaje del episodio piloto de Twin Peaks, Lynch decidió sin motivo aparente que el ayudante de decoración (Frank Silva) saliera en un plano del dormitorio de Laura Palmer. Frank Silva quieto a los pies de la cama vacía de Laura Palmer. "No sabía para qué ni qué significaba", recuerda. Más tarde, el equipo bajó a la planta de abajo a rodar a la madre de Palmer desconsolada en el salón.  "De repente, veía algo en su mente, se levantaba de un brinco y se ponía a chillar. Grité: 'Corten: ¡perfecto, precioso!' y el operador me replicó: 'No, no, no está bien'. '¿Qué pasa?', le dije. 'Había alguien reflejado en el espejo'. '¿Quién?', pregunté. 'Frank'.".  El ayudante de decoración se acababa de convertir, sin querer, en una de las presencias más inquietantes de Twin Peaks. "Pasan muchas cosas así que te incitan a soñar. Si lo permites, se abre algo totalmente nuevo", asegura Lynch.


El cineasta completa así la explicación sobre el mecanismo que lleva la idea a la pantalla: "¿Cómo se traduce esa idea? ¿Cómo la traduces de manera que pase de idea a película o a silla? Se te ocurre una idea y la ves, la oyes, la sientes, la sabes. Actúas y reaccionas. Cuando meditas, ese flujo se incrementa. Es como un baile improvisado. Vas a todo trapo, a todo gas". ¡A todo trapo! ¡A todo gas! Como si la meditación trascendental fuera una especie de Red Bull que hace brotar cuatro ideas por sorbo. A tope.

O el ascensor cuesta abajo y sin frenos en el que se monta David Lynch para idear sus tramas: "Las ideas son como peces. Si quieres pescar pececitos, puedes permanecer en aguas poco profundas. Pero si quieres pescar un gran pez dorado, tienes que adentrarte en aguas más profundas. En las profundidades, los peces son más poderosos y puros. Son enormes y abstractos. Y muy bellos. Yo busco un tipo particular de pez importante para mí, uno que pueda traducirse al cine. Pero allá abajo nadan toda clase de peces. Hay peces para los negocios, peces para el deporte. Hay peces para todo. Todo, cualquier cosa, surge del nivel más profundo. La física moderna denomina a ese nivel campo unificado. Cuanto más se expande la conciencia, más se profundiza hacia dicha fuente y mayor es el pez que puede pescarse", asegura.

En cuanto has empezado a meditar y bucear, el traje de payaso comienza a desintegrarse. Al final te das cuenta de lo pútrido que era el olor cuando empieza a desvanecerse

La afición de Lynch al submarinismo mental es toda una fuente de paradojas. La más evidente sería la siguiente: como alguien tan hippie (en el libro asegura que si la meditación trascendental se impone alcanzaremos inexorablemente la paz mundial) puede hacer películas que dan tan mal rollo. Cómo un alma beatífica puede generar tanto desasosiego. Digamos que la meditación ha permitido a Lynch canalizar el malestar: de su interior a la gran pantalla. "Cuando empecé a meditar estaba lleno de preocupaciones y miedos. Me sentía deprimido y enfadado. A menudo descargaba esa rabia en mi primera esposa. Después de un par de semanas de meditación, mi mujer me preguntó qué pasaba. Me quedé un momento en silencio. Pero al final le pregunté a qué se refería. Y me dijo: '¿Dónde ha ido a parar la rabia?'. Y yo ni siquiera me había dado cuenta de que había desaparecido. Llamo a esa depresión y rabia el Sofocante Traje de Goma de Payaso de la Negatividad. Es sofocante y la goma apesta. Pero en cuanto has empezado a meditar y bucear, el traje de payaso comienza a desintegrarse. Al final te das cuenta de lo pútrido que era el olor cuando empieza a desvanecerse. Luego, al disolverse, te sientes libre. La depresión, la rabia y la pena resultan bellas dentro de una historia, pero para el cineasta o el artista son veneno. Son como unas tenazas de la creatividad. Y si te aferran, apenas puedes levantarte de la cama, y mucho menos experimentar el fluir de la creatividad y las ideas. Para crear hay que tener claridad. Tienes que ser capaz de atrapar ideas", concluye.

Habrá a quien todo esto le parezca pura cháchara delirante para obsesos de la autoayuda, pero Lynch, lejos de ensimismarse, se lo ha tomado como un asunto político.  Lleva años dedicado en cuerpo y alma (nunca mejor dicho) a recaudar fondos para llevar la meditación trascendental a los colegios de EEUU. Un hombre con una misión.  

Por otro lado, si la meditación es realmente la clave creativa de sus filmes, debería entonces convertirse en asignatura obligatoria en las escuelas de cine, dado el estratosférico nivel de películas de Lynch como Terciopelo azul (1986) o Mullholland Drive (2001), por mencionar dos de los clásicos incontestables del cineasta, icono del cine estadounidense contemporáneo.

Lo malo es que Lynch parece tener cada vez más tiempo libre para dedicarse a extender las buenas vibraciones por el mundo, dada la agudización de sus problemas para encontrar financiación para sus filmes. He aquí otra paradoja: al contrario de lo que marca la corriente, Lynch ha ido radicalizándose artísticamente con la edad. Como si el éxito y el reconocimiento le hubieran provocado un brote de experimentación.


Desde que en 1990/1991 estrenara la revolucionaria y exitosa Twin Peaks, serie que anticipó una década la actual Edad de Oro de la ficción televisiva, Lynch no ha dado cuartel a los gustos de la industria. Ha rodado tres películas en las que revienta a diversos niveles la lógica narrativa (Carretera Perdida, 1997; Mullholand Drive 2001; Inland Empire, 2006). Su única concesión a la corriente fue Una historia verdadera (1999) , excelente película realista, por otro lado.

Pero la cabra tira cada vez más al monte, como demuestra su última película, Inland Empire (2006), rodada hace ya siete años, donde Lynch llevó tan lejos su exploración experimental que el filme sólo se estrenó en un puñado de cines en EEUU. Eso sí, algunos de los pocos que la vieron parecían enardecidos, a juzgar por la promoción lanzada por un cine neoyorquino: "Si has visto nueve veces Inland Empire, demuéstralo con tus entradas y te regalamos la décima". Diez quizás sean demasiadas veces, en efecto, pero ya les advertimos que hacen falta al menos tres o cuatro visionados para hacerse una idea cabal sobre la trama del Inland Empire. Ah, y no molesten a Lynch con preguntas sobre la lógica del filme: el maestro está meditando.

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