Michael Jackson, cinco años sin el dictador totalitario del pop
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Carlos Prieto

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Michael Jackson, cinco años sin el dictador totalitario del pop

Un libro revisa el legado musical, cultural y político de Jacko media década después de su muerte

Foto: Michael Jackson con los Reagan
Michael Jackson con los Reagan

Se dijeron tantas cosas a la muerte de Michael Jackson... que quizás pasó desapercibida la más importante. En la conferencia de prensa donde se anunció el deceso, Jermaine Jackson dijo estas palabras: "Mi hermano, el legendario Rey del Pop".

La frase quedó enterrada. En parte porque la habíamos escuchado miles de veces, pero la trascendencia funeraria vino a consagrar un hecho: lo de "Rey del Pop" era algo más queuna formula retórica. Por tanto,haríamos bien en tomárnoslo literalmente:Michael Jackson como monarca de un territorio llamado Poplandia. ¿Qué significa eso de ser el Rey del Pop? ¿Por qué Poplandia tiene esa forma de Estado? ¿Cuáles son sus políticas? ¿A qué se dedican sus mandatarios?

Todas estas preguntas no sonninguna broma. Que Michael Jackson fuera el líder carismático de un país llamado Poplandia tuvo unas implicaciones sobre la realidad que no difirieron muchode las generadas por cualquier líder político mundial. Cómo explicar si no las siguientes (y desconcertantes) imágenes: Ronald y Nancy Reagan recibiendo en la Casa Blanca a Jacko conhonores de Jefe de Estado. Dentro vídeo de 1984:

Las imágenes del encuentro, del que se han cumplido 30 años recientemente, darían para unanálisis semiótico de 500 páginas. La parafernalia institucional recuerda a una de esas históricas cumbres EEUU/URSS (en este caso, EEUU/Poplandia):Ronald, Nancy y Michael salen a los jardines de la Casa Blanca presentados pormegafonía. Jacko, ataviado con el uniforme de gala de una nación exótica(chaqueta militar con ribetes dorados, medias y guante con lentejuelas,gafas de sol), saluda a la prensay vuelve a convertira Reagan durante unos segundos en el actor secundario que una vez fue.

Pero lo mejor quizás sea el gesto de incomodidad de Nancy Reagan bajo la máscara diplomática. Por no hablar del posterior paseo de Reagan y Jackson por el despacho oval.

El líder del mundo libre (no nos referimos a Michael, sino a Ronald) se dirigió a la prensa y explicóque el cantante estaba allí para recibir un premio por su contribución a la lucha contra las borracheras escolares al volante. "Michael es un ejemplo de lo que una persona puede alcanzar gracias a un estilo de vidalibre de alcohol y drogas", aseguró el estadista. Sobra decir que, mirado retrospectivamente, se trató de un galardón un tantoextravagante: ahora sabemos queJacko tenía múltiples adicciones,dela cirugía alos barbitúricos. Pero esa no es la cuestión.

En efecto, una vez que sus siguientes discos no lograron la repercusión comercial de Thriller, pese a las cifras apabullantes de trabajos como Bad (1987), Jackson se puso a la defensiva: empezó a sobreactuar su condición de estrella dominante del pop, a pavonearse, a amenazar (metafóricamente) a sus rivales blindando militarmente su estética/reinado. Recuerden la inolvidable promoción de HIStory en 1995: unaestatua gigante (diez metros) de Michael en uniforme de campaña y armado (cinturones de balas) flotando por los estuarios de las grandes urbes europeas.

Y ahora atentos al vídeo de presentación de HIStory porque esto es ya la chifladura final: Michael pasando revista a miles de tropas rojas y, al mismo tiempo, saludando a una turbamulta de fans fuera de sí, en una extraña tercera vía entre el comunismo militarizado y el capitalismo pop.

Todo transcurre en las calles de un país de estética Telón de Acero y modos represivos. No se vislumbra ironía alguna en las imágenes: Michael parece encantado de encabezar una fantasía totalitaria. Por otro lado, quizás estamos ante el vídeo más egocéntrico de toda la historia del pop (que se dice pronto). El culto a la personalidad de Stalin es una broma comparado con el de Jackson.

El crítico Paul Lester estaba enLondres cuando elcomandante Jackson flotó sobre la ciudaddurante el lanzamiento deHIStory. "Ese día estuve ahí, en la orilla del Támesis, paralizado por el asombro ante la vista de Jackson como alguna clase de dictador totalitario del pop", cuenta Lester en Jacksonismo, imprescindible libro colectivo sobre el fenómeno político y cultural de Michael Jackson que publica ahora en Argentina y Españala editorial Caja negra.

"Es normal que incluso los más entusiastas del pop, un lugar familiarizado con los narcisistas engreídos, se burlen de tales actos de egomanía gratuita, y hasta se sientanofendidos por ellos. Pero bueno, yo siempre tuve una afición por los semidioses paranoicos con un sentido inflado y artificial de su propia omnipotencia. Porque esa clase de personas pueden hacerte increíblemente bueno, e incluso cuando se trata de arte increíblemente malo, suele ser más interesante que la norma. La tragedia no es que a Michael le han permitido dar rienda suelta a sus caprichos de esta forma sino que no se lo hayan permitido con mayor frecuencia", matiza Lester en Jacksonismo, editado por Mark Fisher.

Y algo de razón tiene Lester. El mundo del pop tiene sus propias reglas. Poplandia, ciudad sin ley.

"Michael era de otro mundo, estaba exóticamente desfigurado y era más grande –más loco– que la vida. Si la locura fue el combustible que lo lanzó al estrellato o si, al revés, el estrellato lo volvió loco, no importaba al final, porque murió habiendo logrado más cosas de las que ningún otro músico jamás haya alcanzado o podrá conseguir", justifica Fisher.

En otras palabras: cuanto más disparatadas sean las políticas del monarca pop, más enfervorecidos estarán sus súbditos. Lo cual, si lo piensan, nos dice más cosas sobre el funcionamiento de las democracias capitalistas en época de vacas gordas de lo que quizás estemos dispuestos a aceptar.

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