José Luis Acosta, un osito de peluche en un nido de víboras
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Peio H. Riaño

Animales de compañía

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José Luis Acosta, un osito de peluche en un nido de víboras

“A la SGAE le falta mucho sentido común. Se prioriza el interés personal al de la entidad y por eso creamos problemas donde no los hay”,

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“La salida de un periodo como el de Bautista al actual es parecido al recorrido de la Transición española: de una época oscura debemos pasar a la estabilidad”. Pero no llega. José Luis Acosta pide estabilidad y olvidar la teddycracia, mientras empieza a recoger sus cosas del despacho de la presidencia de la SGAE, el organismo con peor imagen pública de este país. La Asamblea General Ordinaria le retira la confianza al año de haberle elegido como máximo responsable de la sociedad y él convoca nuevas elecciones en febrero, las terceras en dos años. La estabilidad ni está ni se la espera.

El presidente saliente se queja de lucha de poderes individuales, el mismo lamento que el anterior expulsado de su cargo, Antón Reixa. “Hay una lucha de poder que va más allá de lo legítimo”, resumía el músico. “A la SGAE le falta mucho sentido común. Se prioriza el interés personal al de la entidad y por eso creamos problemas donde no los hay”, explica Acosta a este periódico.

Durante algunos meses él ha tratado de aportar ese sentido común y ha fracasado. Pero a Acosta le faltan resolución y reflejos, y le sobra paz y amor en un momento muy crítico para la SGAE como este. “Si no fuera positivo sería imposible sentarme aquí todos los días, sin esperanza”, dice. Tenía un perfil perfecto para tratar fuera de la casa –se dejaba abrazar, metafóricamente-, y demasiado esponjoso para meterse en ese zarzal lleno de espinas… donde la mayoría le quiere estrangular. ¿Qué es más duro, negociar con Cultura, Economía, Presidencia, Industria o con su Asamblea? “Es más fácil negociar con una o dos personas que con 400”.

De la prudencia al sometimiento

La entidad todavía no está preparada para asumir sus responsabilidades después de la eterna oscuridad presidencialista, que impuso con autoridad el cantante de Los Canarios hasta que la Operación Saga acabó con su corralito. El corralito de mascotas del cacique se ha revelado sin su custodia en nido de víboras hambrientas. Acosta era el nuevo pastor y les ha dado de comer diálogo y mesura, el mismo pienso que esparció en las mesas de todos los ministros con los que negoció el anteproyecto de la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual. A estos tampoco les apetecía prudencia, preferían sometimiento.

Y lo consiguieron: el gobierno –gracias a Atila Bautista- había perdido el miedo a las presiones del sector cultural y los políticos se armaron de poder para controlar, vigilar, sancionar e intervenir en el monopolio y en las fugas de dinero a espuertas por la Fundación Autor y Fundación Arteria.

Destrucción o muerte

Acosta ha fracasado en varios frentes: no ha logrado del Gobierno ampliar con más dinero la cobertura para las necesidades de sus socios, tras la anulación del Canon Digital, en diciembre de 2011. “El proyecto ha fracasado porque quien lo legitima son las urnas”, asume el presidente.

Es ingobernable porque la gente está muy encrespada y no hay una mayoría absoluta”, dice. ¿Cómo se corrige? “Iba a decirle que con sentido común, pero hay que intentar que haya mayorías estables para que los gobiernos puedan gobernar de manera estable durante cuatro años”, explica y anuncia un cambio estatutario que no puede desvelar. “Es lógico que exista un control de la Junta Directiva, pero es que el Presidente debe ejecutar y tener posibilidades de hacerlo con tranquilidad y no que a los ocho meses se vaya a la calle”.

El actual presidente asume el derribo de la institución, porque ahora la considera ingobernable. Al menos, para talantes como el suyo. La SGAE todavía tiene el ADN Bautista, para presidentes totalitarios. “Se requiere una reforma en profundidad para alcanzar una gobernanza funcional. Eso hay que hacerlo con sosiego y serenidad”, añade.

Los ingredientes esenciales del pastel de su mandato fueron sosiego y serenidad, y los socios lo devoraron. Ahora quieren uno menos discretito... El eterno candidato.

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