a vueltas con el novelista Frantz Delplanque

El asesinato como oficio

Una sorprendente novela francesa sobre un asesino a sueldo jubilado: 'Elvis o la virtud

Foto: El escritor francés Frantz Delplanque (EFE)
El escritor francés Frantz Delplanque (EFE)
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Hoy que la novela gráfica ocupa un espacio relevante en los anaqueles de las librerías, me ha llamado la atención un libro que de alguna manera da la vuelta al concepto: Elvis o la virtud (Alfuguara, 2014) del escritor francés Frantz Delplanque. Esta novela, aparentemente inofensiva, es la segunda –la primera fue Un gramo de odio- de una posible serie protagonizada por el asesino a sueldo retirado, Jon Ayaramandi.

Mientras algunos artistas gráficos adaptan grandes obras de la literatura universal o crean sus propias historias a través del color, la línea, el brillo y la textura; mientras se ciñen a la narratividad del gran relato decimonónico o apuestan por modos impresionistas de articular las narraciones, Delplanque opta por una prosa de aguijón a través de la que se va hilando una historia casi enmarcada en viñetas: el rastro de la velocidad del Lamborghini Murciélago de Frida; la pinta ya un tanto deteriorada de Ayaramandi; la bella Mylène que a veces se pone las bragas delante de los desconocidos; los cuadros de ciertas ejecuciones que evocan otros grandes relatos –bíblicos, mitológicos- congelados en obras pictóricas como las que representan la condena eterna de Prometeo o ciertas visiones del monte Calvario.

Incluso a veces el lector podría representarse mentalmente las onomatopeyas con una estética de tebeo que me ha recordado la exquisita brutalidad de Frank Miller: no es difícil oír un “Uyyyyyy” saliendo del bocadillo de diálogo de la contorsionada y contusionada boca de un hombre al que Ayaramandi ejecuta mediante el procedimiento de cortarle los huevos con los cajones de una cómoda. Sic.

Las escenas representadas juegan con la hipérbole, con la posibilidad mental de imaginar el color o de reducir un personaje a caricatura. Pese a un canon narrativo que privilegia la importancia de las tramas, el suspense y el qué va a pasar a continuación, en Elvis o la virtud esa tendencia se atenúa ante la fuerza estática de las imágenes. Pese a lo dicho, el referente explícito de Delplanque es la música –rock, electrónica, punk, country, etc. – y se detecta en la prosa un intento de reproducir los ritmos binarios de estos géneros.

En el ámbito de la literatura hispánica, Carlos Zanón pone al servicio de la novela y de la poesía su sensibilidad y sus amplios conocimientos musicales. La última vez lo ha hecho en la novela Yo fui Johnny Thunders (Editorial RBA)

La estética cómic y la referencia el rock -el recurso a la cultura popular- lejos de vincularse con una ética naif, tiene una lectura política. Porque en la novela de Delaplanque hay héroes y villanos, pero lo importante es reflexionar sobre las razones que colocan a un personaje dentro de una u otra categoría. La opción por una estética no intelectual no equivale a elegir formas elementales y esa estética no intelectual, en Elvis o la virtud, va más allá del entretenimiento. Casi al final de la novela, el antiguo jefe de Ayaramandi le pregunta: “¿Temes matar en contra de tus convicciones?” Ayaramandi se responde a sí mismo: “No, no era exactamente eso. Temía más matar por convicción, prefería seguir siendo un asesino sin ideas”.

La lectura amoral de asesinato como oficio ejemplifica el sentido del humor del textoEsa lectura amoral de asesinato como oficio ejemplifica el sentido del humor del texto; sin embargo, este pensamiento íntimo del personaje-narrador se contradice en alguno de los pasajes más brillantes de Elvis o la virtud: el protagonista evoca uno de los trabajos que tiene que ejecutar al lado de un ex guardia civil español y de un militar retirado y, ante el mal olor del vómito y la sangre de un negro que ha sido torturado, Ayaramandi sentencia: “Es el olor del fascismo”.

El mal en Elvis o la virtud sigue siendo una cuestión de punto de vista, pero es un concepto que suele relacionarse con el plano ideológico: en esta novela es malo ser ultra-católico o facha o amante del canto gregoriano, pero el acto de matar no es malo en sí mismo.

Ayaramandi, pese a su brutalidad, es un tipo que nos cae simpático por su sentido del humor –tronchante-, por su melomanía, por su alegría hedonista de vivir y por un lado humano que se multiplica en distintas facetas: su ternura ante Luna, una niña de cinco años; su romanticismo con las mujeres; su inquebrantable lealtad con los amigos; su sentido de la fidelidad, su aura heroica.

A lo largo del texto, el lector mantiene una relación especial con el asesino retirado: es un tipo con el que se podría tomar una cerveza, escuchar un disco, compartir una conversación pueril encajonada en uno de esos diálogos hilarantes y escuetos que Delplanque maneja con maestría clásica.

En las antípodas de otros personajes asesinos con los que el lector experimenta una mayor o menor empatía –pienso en la distancia de Ripley, en su proceder milimétrico-, Delplanque no nos enfrenta a un problema moral a la manera de Patricia Highsmith, sino ante el problema político de la normalidad de la violencia, de su uso cómico, justo y desinfectante, en un mundo mendaz y corrupto.       

Delplanque nos obliga a reflexionar sobre la consigna maquiavélica de que el fin justifica los medios. En primer lugar, porque su personaje asume la máxima sin remordimientos; en segundo lugar, porque a veces da la sensación de que son los medios los que legitiman los fines: la valentía de los que se atreven a matar, el plano heroico de la violencia, puede hermosear el significado de ciertas ideas más o menos deleznables.

Como si la forma –el asesinato- se pudiese separar del fondo a conveniencia, ni los actos violentos en Elvis o la virtud son irremisiblemente sinónimos de fanatismo ni las idolatrías son malignas por definición: posiblemente, desde la óptica de Ayaramandi, idolatrar a Dios es una estupidez perjudicial que nos aleja del placer de existir, mientras que idolatrar a Elvis –concretamente el movimiento de sus caderas- constituye, en la saludable predisposición al goce, una muestra de inteligencia.

Les recomiendo que no se queden con la disyuntiva simplista que queda resumida en el título de esta novela: pecado, virtud, el rock y Satán, la venganza mística. Recuerden que “o” también es una conjunción copulativa. Elvis o la virtud es y no es una novela posmoderna: abomina del daño que pueden hacer las ideas, pero a la vez sugiere que hay ideas mucho peores que otras. Tampoco es una novela musical. Ni completamente tarantiniana. Es la “broma pesada” a la que el autor hace alusión en la dedicatoria. O tal vez el atractivo sobre que envuelve la bomba.

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