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¿Cree usted ser de clase media? ¡Deje de mentirse a sí mismo!

El mito sociológico se ah es cada vez más pequeña y se siente asediada. Con razón: sus ingresos no han mejorado.

Foto: La clase media está en retroceso pero, ¿merecía tanto la pena como nos pensábamos? (iStock)
La clase media está en retroceso pero, ¿merecía tanto la pena como nos pensábamos? (iStock)

Si usted está leyendo esto, es probable que sea de clase media. Y se sienta concernido cuando se habla del retroceso de la clase media, interpelado cuando los políticos hablan de la necesaria recuperación de la clase media y extrañado cuando ve que personas con ingresos muy bajos o muy altos, por motivos distintos (¿miedo a la pérdida de estatus en un caso e ignorancia en el otro?), se declaran de clase media. El problema, quizá, es que no sabemos exactamente qué significa ser de clase media.

¿Es solamente un concepto económico? Si es así, aunque hay distintas metodologías para calcular quién pertenece a ella, se pueden acotar. En España, se podrían considerar de clase media los hogares que no forman parte ni del 30 por ciento que ingresa menos ni del 30 por ciento que ingresa más. O los hogares que tienen unas rentas situadas entre el 75 por ciento y el 200 por ciento de los ingresos medianos (según el INE, el salario mediano en 2015 era de 19.466,49 euros al año). O, simplemente, los hogares que ingresan entre 20.000 y 60.000 euros anuales. De acuerdo con el segundo criterio -según un estudio que ya tiene un par de años, pero que es indicativo-, un 38,5 por ciento de los hogares españoles son de rentas bajas, un 52,3 por ciento son de rentas medias y un 9,2 por ciento son de rentas altas). Por supuesto, esto es solo una simplificación: no es lo mismo tener unos ingresos determinados para una familia de dos personas que para una de cinco; ni que una haya heredado una casa de dos millones de euros y viva en ella y que otra pague una hipoteca que consume casi la mitad de sus ingresos. Pero sirve para hacerse una idea.

Sin embargo, lo más probable es que la “clase media” no sea solo un concepto económico -ni, de hecho, uno esencialmente económico- sino de otra naturaleza. Lo pensé mientras leía 'El fin del primer mundo' (Los libros de la Catarata), un reciente libro del economista David Lizoain (que se presenta mañana en la librería Alberti de Madrid).

'El fin del primer mundo'
'El fin del primer mundo'

Se trata de un repaso brillante, con multitud de referencias económicas, pero también políticas y de la cultura popular, de lo que le ha pasado al “primer mundo” desde la crisis financiera. Algo que Lizoain interpreta como la crisis de un modelo político y económico global en cuyo centro se encontraba la clase media. Para Lizoain la calificación puramente estadística “no es particularmente útil” y recurre, para entender qué es la clase media, no a lo que ésta tiene, sino a sus expectativas de conseguir lo que ambiciona: “Las familias de clase media”, dice recogiendo una definición de economistas estadounidenses, “se definen más por sus aspiraciones que por sus ingresos”.

Una aspiración moral

En ese sentido, los hogares de clase media serían aquellos que creen razonable la posibilidad de tener “una vivienda en propiedad, un coche, educación universitaria para los hijos (…) y vacaciones familiares”, y en el caso de Estados Unidos, “un buen seguro médico y de jubilación”, algo en lo que quizá pronto debamos pensar aquí. Se trata de aspiraciones clásicas, que en muchos sentidos son materiales, pero que también encierran una cierta noción moral: “Esto evoca la imagen del estereotipado barrio residencial de la era de Eisenhower: lleno de cocinas modernas impecables, pulcros jardines de césped, amas de casa frustradas, vallados de lamas blancas y vecinos homogéneos; lugares donde, a pesar de que todos son superficialmente amistosos, el conformismo social se impone implacablemente. Su mito fundacional era que, a través del trabajo duro y el respeto a las normas, el camino hacia el éxito estaba abierto para todos”.

El mito fundacional de la clase media era que, gracias al trabajo duro y al respeto a las normas, el camino hacia el éxito estaba abierto

Este mito se ha roto. La clase media es cada vez más pequeña y se siente asediada. Con razón: sus ingresos no han mejorado. Pero “no son solo los ingresos estancados” lo que hace que esas aspiraciones sean cada vez más lejanas, sino que “los precios de la vivienda y la educación” han experimentado las mayores subidas, cuando la “vivienda en propiedad y llevar a los hijos a una buena universidad” son la “esencia del sueño americano”, me contó Lizoain. A pesar de este declive, añadió, paradójicamente “el relato dominante sobre lo que está pasando en los países ricos sigue siendo un relato no de clase media, sino de clase media alta” que no entiende, por mucho que lo intente, a quienes son en realidad los más perjudicados, las clases bajas, y que tiene “una mirada estereotipada sobre la clase obrera”.

Pero además de los ingresos y las aspiraciones, ¿qué define a la clase media? ¿Es una cuestión de cultura, de costumbres, de autoimagen? (En el último CIS, un 20,9 por ciento de los encuestados se declaraba de clase alta/media alta, un 24,3 por ciento como pertenecientes a las nuevas clases medias y un 13,3 por ciento a las viejas clases medias. En parte, uno es de clase media si lo son sus padres: son los padres quienes más influyen en la educación que tendrán los niños, y son los padres quienes tienen propiedades que luego pueden legar a sus hijos. Pero además son ellos quienes transmiten algo que es en buena medida intangible y difícil de explicar (y que tiene que ver con la educación): por un lado, el capital social -las redes de contactos que en el futuro te pueden ofrecer trabajos o estatus dentro de un grupo- y, por el otro, el capital cultural: no solo los conocimientos propios de una persona culta, sino, casi por encima de eso, unos modales, unos gustos y una manera de desenvolverse que sin duda son decisivos en el lugar que acabamos ocupando socialmente.

Sin expectativas

En esta crisis hemos visto cómo esta calificación de clase media entraba en conflicto con las dos anteriores: mucha gente joven procedente de familias de clase media tiene una educación superior y costumbres y modos propios de ella, pero no dispone de sus ingresos y se ha visto obligada a renunciar a las expectativas de una vida cómoda y con propiedades. Esas personas, ¿siguen perteneciendo a la clase media? En muchos sentidos diría que sí, pero es discutible.

Desde la crisis financiera, se ha caído el mito de que la clase media tiene unos valores morales más elevados

Y seguramente no importa. Hacemos bien en buscar todas las maneras posibles de entender ese fenómeno social tan dominante en nuestra manera de ver el mundo. Pero aunque estemos obsesionados con la clase media, es probable que la clase media sea, si no una ficción, al menos sí una construcción social polisémica, que refleja los prejuicios ideológicos de cada uno, mensurable de tantas maneras que quizá ninguna sea lo suficientemente omniabarcadora, y cargada de ideas morales en conflicto. Es probable que continúe siendo preferible ser al menos de clase media (en rentas, en expectativas y en “cultura”, por así decirlo) para tener una mejor vida. Pero desde la crisis financiera, se ha caído otro de los mitos que sustentaba el prestigio de la clase media, quizá el principal: la idea de que ésta tiene unos valores morales más elevados, una conducta más recta y una mayor responsabilidad política. En muchos sentidos puede ser así: el dinero, a veces, es capaz de comprar esas cosas. Pero en los últimos años hemos descubierto que la clase media puede dejarse llevar por pasiones políticas absurdas como cualquiera otra y lanzarse en manos de proyectos colectivos que nada tienen que ver con su supuesta pasión por la estabilidad. Era una mentira que los de clase media nos habíamos contado a nosotros mismos.

El erizo y el zorro

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