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La venganza de Espinete: ahora mandamos los cuarentones

La cultura popular que dominó nuestra infancia sigue vigente cuarenta años después. Parece que la nostalgia de quienes crecimos en los ochenta y los noventa es un buen negocio

Foto: Imagen de Espinete en 'Barrio Sesámo'
Imagen de Espinete en 'Barrio Sesámo'

En los últimos años se han estrenado las películas 'Cazafantasmas 3', 'Trainspotting 2' y los episodios 7 y 8 de 'Star Wasrs', y Disney ha anunciado que 'Indiana Jones 5' llegará a las pantallas el año que viene. La prensa británica publica rumores de que en 2019 se reunirán de nuevo las Spice Girls, y los Backstreet Boys tendrán a partir de febrero de este año un espectáculo fijo en Las Vegas (Britney Spears actuará de manera regular allí en 2019). 'Espinete no existe', la obra de teatro de Eduardo Aldán, “un espectáculo hecho por y para los que crecieron en los ochenta”, según cuenta su página promocional, sigue en la cartelera de teatro madrileño. 'Yo fui a EGB', que en su origen fue un libro de Javier Ikaz y Jorge Díaz sobre la infancia de quienes se educaron bajo ese sistema, cuenta ya con sus secuelas 2, 3 y 4, su juego de mesa y, más recientemente, con su 'Agenda 2018. Yo fui a EGB', con el significativo subtítulo 'No olvides recordar'.

Aunque nos lo propusiéramos, sin duda no lo olvidaremos: la cultura popular que dominó nuestra infancia y adolescencia sigue vigente veinte, treinta y hasta cuarenta años después (el primer episodio de 'La Guerra de las Galaxias' es de 1977). Parece que la nostalgia de quienes crecimos en las décadas de los ochenta y los noventa es un buen negocio.

No es sorprendente. Si ha habido suerte, los críos de entonces tenemos un poco de dinero para revivir nuestras fantasías infantiles. El período entre los 35 y los 45 años parece un buen momento para hacerlo, porque es probable que a partir de ahora nuestras fantasías sean más oscuras y, definitivamente, menos aptas para todos los públicos. Pero, además, también es el momento adecuado para que los hijos de los miembros de esta generación se hagan clientes de por vida de esas sagas culturales, intrigados por los gustos de sus padres o, simplemente, obligados por estos a consumir la misma medicación cultural con la que sobrellevan la crisis de la mediana edad.

La era del remake

Algunos críticos de esta fase remake de la cultura creen que se trata de un síntoma de nuestra falta de creatividad. La semana pasada, el semanario italiano L’Espresso decía que “cada vez con más frecuencia, en la cultura popular de masas, el imaginario del presente es un retorno del imaginario del pasado. De sus mitos y leyendas. De las aventuras y de los excesos. Cada vez con más frecuencia ese retorno nos obliga a regresar a la escena del crimen, allí donde estaba la vida, para descubrir y redescubrir, aburridos, las siluetas dibujadas con yeso en el pavimento, las pistas sobre los muertos que ya conocemos de memoria. Pero los muertos están dentro de nosotros, son nuestros sueños y deseos, ajados tras decenas de retornos, retoques, ampliaciones, sin que en realidad se hayan movido ni un milímetro”.

Es posible que esta sea una época particularmente perezosa para crear expresiones culturales nuevas y más ajustadas a nuestro tiempo

Es posible que así sea, que esta sea una época particularmente perezosa para crear unas expresiones culturales nuevas y más ajustadas a nuestro tiempo y que se perciba que, puesto que lo viejo sigue funcionando, es racional continuar revendiéndolo con apenas algunas diferencias de matiz (por ejemplo, la inclusión de más personajes femeninos o de etnias distintas de la blanca en 'La Guerra de las Galaxias').

Pero existe otra explicación más benevolente a este fenómeno: a lo largo de la historia los seres humanos nos hemos contado muchas historias, pero en realidad todas han sido esencialmente iguales. Los relatos de fantasmas han existido siempre, la mística que atrapó el western no es más que la misma narración de la lucha entre la ley y la justicia que se remonta a las tragedias griegas, aunque algunas expresiones contemporáneas la sitúen en el espacio. Reelaborar las historias oídas en la juventud es quizá la forma natural de transmitir lo que conforma nuestras religiones y mitologías familiares. Los renacentistas italianos no fueron, a fin de cuentas, más que un puñado de tipos obsesionados con recuperar, con pequeñas actualizaciones, las historias o las imágenes concebidas quince siglos atrás. La cultura siempre ha funcionado así y no hay que preocuparse por ello.

Doy por buenas las tres explicaciones -la nostalgia es un buen negocio, vivimos una época poco creativa (aunque esta es la que me creo menos), y al final las historias que nos contamos son siempre limitadas y reelaboraciones de unas pocas-, pero hay otra que me importa más, aunque sea más coyuntural. Quizá todo este revival se deba a un hecho simple, más biológico que intelectual, y en parte meritocrático pero básicamente histórico: los niños o los jóvenes que entonces consumíamos esa cultura estamos ahora en posición -como directores de cine, como editores o escritores, como actores o directores teatrales, como periodistas o directivos de periódicos, como blogueros o gente activa en las redes sociales, o como consumidores- de “crear” cultura y decidir, al menos en parte, cómo va a ser su expresión mainstream.

La larga sombra de las generaciones

Entre la gente de mi generación dedicada a estas profesiones -o, insisto, entre los consumidores de cultura y periodismo, que en cierta medida crean la cultura tanto como quienes la generan-, ha sido habitual hablar de la alargadísima sombra que ha proyectado sobre nosotros la generación nacida en los años cuarenta y cincuenta: sus códigos culturales, su manera de entender el mundo, sus expresiones literarias o cinematográficas, o simplemente su poder político e industrial. Nos hemos sentidos rehenes durante toda nuestra vida, obligados a asumir sus coordenadas porque eran las vencedoras y las aceptadas por todos (como si eso no fuera lo normal en todos los momentos históricos). Sí, pensamos, se abrían resquicios de vez en cuando, pero solo eran vislumbres del fin del poder de esa generación; en realidad, esta seguía mandando e imponiendo -con buena fe o sin ella- su visión del mundo. En parte, cuando la gente de mi edad empezó a hablar de “acabar con el régimen del 78”, creo que se refería no solo a terminar con una determinada arquitectura política, sino con una manera de hacer cultura, de crear referentes, de transmitir imaginarios masivos.

Parece que nosotros vamos a hacer lo mismo: exprimir hasta la saciedad los recuerdos de nuestra niñez y juventud

Pues bien, en la política se está produciendo un cambio generacional, pero no un cambio profundo de las instituciones. Y es posible que en el campo cultural esté sucediendo lo mismo: los cuarentones, incluso la gente más joven, empiezan a gozar de un relativo poder -ahora, para la mayoría, mucho peor pagado que antes- para transmitir una determinada noción de cultura. Nos quejábamos, con razón, de que durante décadas la generación en el poder nos había dado la tabarra con lo gloriosos que fueron los años sesenta y, en el caso español, la osadía que protagonizó los setenta y los ochenta: nuestra cultura ha sido, en parte, su nostalgia. Instalados en un poder menos absoluto, parece que nosotros vamos a hacer lo mismo: exprimir hasta la saciedad -en términos críticos, edulcorados o como simple prolongación comercial- los recuerdos que tenemos de nuestra niñez y juventud. El tostón va a ser comparable, pero como consuelo podemos pensar que al menos esta vez lo vamos a dar nosotros. Ni que sea obligando a los críos -dios mío- a ver 'Indiana Jones 5' y a escuchar a las Spice Girls.

El erizo y el zorro

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