Historia: La gran paradoja: mayo del 68 como origen del liberalismo moderno

La gran paradoja: mayo del 68 como origen del liberalismo moderno

Los jóvenes revolucionarios de hace 50 años querían acabar con el capitalismo, pero lo reforzaron y le dieron su aspecto actual

Foto: Manifestación en París en mayo de 1968. (Getty Images)
Manifestación en París en mayo de 1968. (Getty Images)

El lunes 13 de mayo de 1968, día de huelga general, centenares de miles de personas salieron a las calles en París. Fue una manifestación tradicional y ordenada, muy distinta de las protestas que se habían sucedido durante las semanas anteriores en las calles del Barrio Latino, en las que los estudiantes y la policía se enfrentaban ritualmente, con una violencia controlada pero creciente, alrededor de la Universidad de la Sorbona. Ese día, sin embargo, la marcha no solo estaba coorganizada por los movimientos estudiantiles anarquistas o trotskistas y los sindicatos de maestros, sino también por los poderosos sindicatos del sector industrial, como la Confederación General del Trabajo (CGT) o la Confederación Francesa Democrática del Trabajo (CFDT), que tenían profundos vínculos con el Partido Comunista y el socialista. Todos juntos, jóvenes revolucionarios y encallecidos sindicalistas, desfilaron bajo pancartas que reivindicaban 'Las universidades para los estudiantes, las fábricas para los obreros'.

Había sido enormemente complicado llegar a esa posición común. Las asociaciones juveniles vinculadas al Partido Comunista se habían negado, pocos meses antes, a participar en las protestas contra la guerra de Vietnam organizadas por los trotskistas. Georges Marchais, un destacado comunista francés, llamó a los estudiantes “hijos de papá”. Y cuando empezaron a convivir en las manifestaciones, algunos obreros tuvieron claro que aquellos chicos se convertirían en sus jefes cuando terminaran la carrera. Los estudiantes, en cambio, creían de veras que podían hacer la revolución juntos, aunque quizás hubieran idealizado a la clase trabajadora.

Por supuesto, esto no era una novedad dentro de la izquierda, donde las tensiones entre los obreros y los intelectuales de clase media, que se veían a sí mismos como la vanguardia del movimiento, habían sido habituales al menos desde la Revolución rusa. Pero en el 68 se volvieron particularmente evidentes. En París, los estudiantes rechazaban por igual el capitalismo y el comunismo de estirpe soviética —aunque tenían grandes esperanzas en el comunismo cubano y en el chino—, consideraban el trabajo organizado una actividad alienante en sí misma y ponían las preocupaciones sexuales en el centro de sus reivindicaciones. Su impulso revolucionario quizá no pretendiera ocupar el poder, pero sí transformar de arriba abajo la sociedad y, de paso, obtener la cabeza de De Gaulle. Los partidos comunistas de la época —el francés, el italiano e incluso a su manera el español, a pesar de seguir siendo ilegal bajo la dictadura— estaban abandonando toda pretensión revolucionaria. Eran conscientes de la inmensa capacidad de negociación que tenían con la patronal y los gobiernos, y en la década y media anterior habían comprobado que eso les permitía mejorar enormemente sus salarios y condiciones de trabajo y acercarse, si no en cultura e identidad sí en capacidad de consumo, a la clase media.

En realidad, los incentivos de los estudiantes y los obreros no podían ser más distintos. De hecho, el final de lo que conocemos como el 'mayo francés' empezó cuando el primer ministro, George Pompidou, tras semanas de una huelga general que había paralizado la economía nacional, despeñado el franco y desabastecido París, negoció con los sindicatos y la patronal. Se pactaron aumentos del sueldo mínimo y de la media salarial, la ampliación de las vacaciones y un refuerzo de la presencia sindical en las empresas. Los obreros volvieron escalonadamente al trabajo. Los estudiantes lo consideraron una inmensa traición. Tras un mes en que el presidente parecía derrotado, De Gaulle recuperó su instinto político y convocó unas elecciones legislativas que ganó su partido: obtuvo 294 diputados frente a 57 de los socialistas y 34 de los comunistas. La derrota política de los jóvenes fue absoluta. Pero su victoria cultural y moral sería, a medio plazo, innegable.

Manifestación de estudiantes en París en mayo de 1968. (Getty Images)
Manifestación de estudiantes en París en mayo de 1968. (Getty Images)

Los acontecimientos de mayo en París no fueron un hecho aislado. En 1968 se produjeron revueltas estudiantiles, cada una con sus propias características, en Alemania, Italia, Estados Unidos, México, Japón y, modestamente, en España. Estos países, a pesar de sus muy distintos sistemas políticos, compartían algunos rasgos comunes: disfrutaban de un largo ciclo de crecimiento económico, habían experimentado grandes migraciones del campo a la ciudad que provocaron desarrollos urbanísticos desaforados, su clase media había crecido enormemente, y con ella una población estudiantil que desbordaba las universidades. La izquierda, además de descubrir su poder de negociación, se estaba transformando lentamente en mitad de una Guerra Fría donde los apoyos a la Unión Soviética, fuera de su órbita, eran cada vez menores. (E incluso dentro de ella, como demostró el caso de Checoslovaquia: también en 1968, el Gobierno de ese país intentó darle al socialismo un 'rostro humano', cierta libertad de prensa y de expresión y una representación democrática. En respuesta, la Unión Soviética mandó los tanques del Pacto de Varsovia, invadió el país y terminó con la llamada Primavera de Praga y, quizá, con el poco prestigio que le quedaba al comunismo soviético).

A lo largo de 1968, muchos de los grupos que participaban en las protestas discutieron intensamente el paso a la lucha armada

En Estados Unidos, la reivindicación estudiantil se mezclaba con la de los derechos civiles de los negros. Ese año fue asesinado su líder, Martin Luther King, que abogó una y otra vez por la lucha pacífica; su muerte alentó a quienes creían que esa vía estaba muerta y apostaban por la violencia, y provocó que tras su funeral se produjeran graves disturbios en varias ciudades del país. De hecho, a lo largo de 1968, muchos de los grupos que participaban en las protestas empezaron a ser conscientes de que la estrategia pacífica no servía para hacer la revolución y discutieron intensamente el paso a la lucha armada. Se formaron grupos violentos muy pequeños, dentro de lo que ya era un movimiento estudiantil minoritario. ETA, aunque en un contexto no democrático, mató por primera vez en ese año, y poco después lo harían la Fracción del Ejército Rojo alemana, las Brigadas Rojas italianas o el Ejército Rojo japonés. Sin embargo, ese año quizás el mayor grado de violencia lo ejercieron, además de los tanques del Pacto de Varsovia, las fuerzas del orden del Estado mexicano: el ejército y lo que seguramente fue un comando de la seguridad presidencial mataron a varios centenares de jóvenes que se habían congregado en la plaza de Tlatelolco para escuchar un mitin estudiantil.

Manifestantes ondean la bandera roja en la Sorbona en París en mayo de 1968. (Getty Images)
Manifestantes ondean la bandera roja en la Sorbona en París en mayo de 1968. (Getty Images)

Los acontecimientos de 1968 se produjeron en un contexto cultural, tecnológico e ideológico que se había ido fraguando durante toda la década de los sesenta. Los 'hippies'. La aprobación en varios países de la píldora anticonceptiva. El impacto inconmensurable de la música pop y su mensaje hedonista y subversivo. La informalidad en la ropa o el corte de pelo. La filosofía de viejos maestros como Herbert Marcuse o nuevas estrellas como Guy Debord o Raoul Vaneigem, que afirmaban que el capitalismo era una mentira antidemocrática. La muerte y adoración del Che y la admiración por la Revolución Cultural que en ese momento Mao Tsetung estaba llevando a cabo en China (entonces aún no se conocían sus catastróficos resultados). El impacto de la televisión, que cada vez estaba en más hogares y permitió que las protestas se retroalimentaran de un país a otro. Pero por encima de todo, la guerra de Vietnam: un conflicto que para muchos jóvenes supuso la demostración de que Occidente no se había democratizado ni había abrazado el pacifismo tras la Segunda Guerra Mundial, y que seguía siendo el mismo lugar imperialista, racista y expansionista.

Las arquitecturas institucionales de los países donde se produjeron estas revueltas aguantaron casi sin inmutarse

1968 fue un año caótico en medio mundo, aunque en España tradicionalmente el énfasis se haya puesto en el mayo francés. Las televisiones, los periódicos y las radios informaban de acontecimientos no coordinados ocurridos en lugares diversos, pero muchas veces sorprendentemente semejantes, con la sensación de que la revolución o el abismo eran inminentes. Sin embargo, las arquitecturas institucionales de los países donde se produjeron estas revueltas aguantaron casi sin inmutarse: por supuesto, no hubo revoluciones, pero tampoco cayeron gobiernos, no se produjeron grandes reformas fruto de las reivindicaciones estudiantiles y en muchos casos los partidos en el Gobierno se fortalecieron.

Manifestación de estudiantes en mayo de 1968. (Getty Images)
Manifestación de estudiantes en mayo de 1968. (Getty Images)

Pero, como decía, la influencia de las revueltas en las décadas posteriores fue trascendental, aunque no era la que preveían sus protagonistas. Los jóvenes trotskistas, socialistas, libertarios, anarquistas o maoístas que creían luchar por la izquierda dejaron un legado nítidamente liberal. Querían acabar con el Estado burgués, que consideraban aliado y coordinado con las grandes empresas y los resortes del capitalismo. Pero su lucha acabó dando pie a una mayor tolerancia moral, una menor jerarquía en las relaciones privadas y la disminución del papel del Estado en la ordenación social. También, aunque no fue un movimiento feminista, revolucionó el papel de la mujer en la sociedad. El resultado fue una mezcla fascinante de apertura moral y económica, frivolidad y cuentas claras. Muchos 'soixante-huitards' acabaron formando parte del 'establishment' político, cultural y económico de los países ricos de Occidente y lideraron ideológicamente a sus élites durante décadas; en muchos sentidos hasta hoy, aunque ahora su influencia ya sea decreciente y el aperturismo tolerante que acabaron defendiendo esté pasando por un mal momento.

Por un lado, no es sorprendente que los jóvenes rebeldes se acaben convirtiendo en adultos poderosos. Se trata, seguramente, de una constante histórica. Más notable es que aquellas revueltas acompañadas de pancartas con el rostro de Mao y el Che, lemas marxistas y provocaciones dadaístas acabaran dando pie al liberalismo contemporáneo. Es la gran paradoja de nuestro tiempo: querían acabar con el capitalismo, pero lo reforzaron y le dieron el aspecto actual. Lo que no sabemos es si la crisis financiera de 2008 acabó con ese legado y si los nuevos revolucionarios serán más peligrosos. En todo caso, esperen verlos en el poder pronto, si es que no están ya.

El erizo y el zorro

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