'Memento mori': lo que los romanos nos enseñan sobre la vejez y la muerte

Peter Jones recoge en su último libro citas, reflexiones, sátiras, poemas y chistes que describen cómo los romanos entendían los compases finales de la vida... de forma similar a la nuestra

Foto: 'El suicidio de Séneca' de Manuel Domínguez Sánchez. (1871)
'El suicidio de Séneca' de Manuel Domínguez Sánchez. (1871)

¿Le angustia hacerse viejo, pero no tiene ningún interés en morir joven? ¿Observa cómo ciertas facultades físicas van declinando pero su cerebro funciona aún a la perfección, o ha pasado esa fase y ya nada funciona? Si considera que se está haciendo mayor, ¿siente que está mejor que nunca, porque ya no tiene tantas urgencias y ambiciones, y que su carácter se ha suavizado? Cuando era joven, ¿le irritaba que los viejos hablaran mal de los jóvenes y ahora que es usted de mediana edad hace exactamente lo mismo?

Enhorabuena: los seres humanos hemos pasado por esta experiencia durante milenios. Y un nuevo libro explica cómo pensaron sobre ella en la antigüedad. Se trata de 'Memento Mori. What the Romans can Tell Us About Old Age and Death' ('Memento mori. Lo que los romanos pueden contarnos sobre la vejez y la muerte'), que todavía no está traducido al castellano. En él, Peter Jones, un profesor retirado de Cambridge, recoge citas, reflexiones, sátiras, poemas y chistes que describen cómo entendían los romanos de la época clásica (y en parte también los griegos) el proceso de envejecimiento y su visión de la muerte, pero, además, ofrece un montón de datos que permiten comparar nuestra percepción de la edad, la vejez y el final de la vida con la suya. Lo llamativo es que, a pesar de los cambios radicales que se han producido en este tiempo ―para empezar, la esperanza de vida se ha multiplicado por tres y no queda ni rastro de la religión de entonces―, nos parecemos mucho.

'Memento mori'
'Memento mori'

Aunque los datos son solo especulaciones a partir de documentos poco sistemáticos, la expectativa de esperanza de vida media en Roma era de unos veinticinco años. Se trataba de una sociedad dominada por los jóvenes, casi adolescentes: alrededor de un 50 por ciento de la gente tenía menos de veinte años y casi un 80 por ciento moría antes de llegar a los cincuenta. (Ahora, en contraste, en los países ricos hay más viejos que jóvenes.) En parte por esa razón, la carrera profesional de los romanos, sobre todo la de su élite rica y poderosa, empezaba muy pronto. Algunos cargos públicos relacionados con cuestiones legales, la acuñación de monedas o el mantenimiento de los caminos se asumían a los diecisiete años. Plinio el Joven fue a los dieciocho el equivalente de entonces a alcalde, y se podía ser “quaestor” (una especie de ministro de Hacienda) con veinticuatro.

Se consideraba que las edades tenían rasgos y funciones distintas. Para el griego Solón, que aseguraba que la vida tenía siete edades, en la comprendida entre los treinta y seis y los cuarenta y dos años los hombres ya eran juiciosos y dejaban de comportarse de manera irresponsable, mientras que entre los cuarenta y tres y los cincuenta y seis “la sabiduría y la elocuencia se encuentran en su momento más álgido”. Hipócrates, un poco posterior, estimaba que entre los treinta y cinco y los cuarenta y dos se era “viejo” y entre los cuarenta y dos y los cuarenta y nueve “anciano”. Horacio dejó escrito que “los jóvenes actúan, cuando los hombres están en su mejor momento se dejan aconsejar y los viejos rezan”.

Viejos contra jóvenes

Cuando él era joven, cuenta Cicerón, los viejos decían pestes de las nuevas generaciones, cosa que molestaba al filósofo. Pero cuando él se hizo viejo, advirtió que hacía lo mismo: hablar mal de los jóvenes. “Todos los romanos se quejaban de los jóvenes de su época ―dice Peter Jones―. En un momento en el que deberían estar adoptando la responsabilidad adulta, se volvían locos por el sexo, bebían demasiado, hacían apuestas, se metían en peleas callejeras, ignoraban su educación y se pasaban todo el tiempo en las carreras, el anfiteatro y el teatro.” Ahora los jóvenes nos molestan por cosas distintas, pero seguramente equivalentes en todo.

Busto de Cicerón
Busto de Cicerón

El asunto central de 'Memento mori' es, en última instancia, los dolores del envejecimiento y la muerte. Respecto a lo primero, Jones se apoya sobre todo en el gran texto romano sobre el tema: 'Sobre la vejez', del propio Cicerón (hay una edición reciente en la editorial Alianza). Cicerón era muy presuntuoso, y en cierta medida expone que la vejez ideal es… la suya: aún activo, digamos, laboralmente (fue senador hasta su muerte), aún activo en el plano intelectual (estudió griego de viejo “y ahora lo domino”, dice con su pedantería habitual) y aún con buena voz. En un reconocimiento de su ancianidad, admitía que él disfruta más de la compañía de los jóvenes que estos de la suya, aunque tenía la esperanza de que reconocieran el valor de sus consejos. “Se ha de cuidar la salud, se debe hacer ejercicio moderado, se deben ingerir alimentos y beber cuanto se necesite para tomar fuerzas, pero no tanto como para quedar fatigados. Pues una cosa y otra han de ser remedio para el cuerpo, pero mucho más para la mente y el espíritu […]. La ancianidad es llevadera si se defiende a sí misma, si conserva su derecho, si no está sometida a nadie, si hasta el último momento el anciano es respetado por los suyos.”

Peor que cualquier pérdida de las facultades físicas es la demencia, que ni recuerda los nombres de los esclavos ni a los hijos que ha engendrado

En una de sus sátiras, Juvenal afirmaba que la gente pedía: “Dame larga vida, Júpiter, dame muchos años”. Y se preguntaba para qué, si a los viejos les tiembla la voz, se quedan calvos, “aquel anda delicado de la espalda; este, de los riñones; este otro, de la rabadilla; aquel otro ha perdido los dos ojos y envidia a los tuertos; los labios pálidos de este otro reciben la comida de dedos ajenos y por su parte él, que solía sonreír a la vista de la comida, solo la abre como un polluelo de golondrina”. “Pero peor que cualquier pérdida de las facultades físicas es la demencia, que ni recuerda los nombres de los esclavos ni reconoce la cara del amigo con el que cenó la noche anterior ni a los hijos que ha engendrado.”Con más claridad lo dijo Plinio el Viejo, aunque nos parezca antinatural e incómodo reconocerlo: la naturaleza no puede darnos una bendición mayor que una vida breve, puesto que la gente destrozada por el declive mental y físico grave apenas puede considerarse “viva”. O por decirlo con palabras de Séneca, “el peligro de vivir mal es mayor que el peligro de morir pronto”.

Pero en todo caso, como decía un epitafio romano,

“Amigos que leáis esto, mi consejo es que mezcléis el vino

poneos guirnaldas sobre la cabeza y bebed

no rechacéis el sexo con chicas hermosas

después de la muerte la tierra y las cenizas consumen todo lo demás”.

El erizo y el zorro

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