Si Homero levantara la cabeza... ¿Eran los griegos mejores que nosotros?

En 'Un verano con Homero', Sylvain Tesson cuenta la experiencia de leer las aventuras de la 'Ilíada' y la 'Odisea' mientras oye el mismo mar que oyeron sus protagonistas

Foto: Las Islas Cícladas, en Grecia. (Flickr/Maggie Meng)
Las Islas Cícladas, en Grecia. (Flickr/Maggie Meng)

Imagínese que, ahora que empieza el verano, usted parte hacia las islas Cícladas, en mitad del mar Egeo, entre Grecia y Turquía. En concreto, a un palomar en la isla de Tinos, frente a Miconos. Su trabajo consiste en pasar la estación leyendo la 'Ilíada' y la 'Odisea', cuya acción transcurrió, hasta donde sabemos, más o menos en esa zona. Debe leerlos a la luz de una bombilla conectada a un generador, de noche, mientras oye el mismo mar que oyeron sus protagonistas y le sacude el mismo viento que a ellos. Y después, escribir lo que se le pasó por la cabeza en ese tiempo.

Esto es exactamente lo que ha hecho Sylvain Tesson en un libro recientemente publicado en España, 'Un verano con Homero' (Taurus). Tesson es un escritor peculiar: siempre aparece en las fotos con un purito o una pipa, viste chaquetas como las del Corto Maltés y tiene su misma expresión curtida. Ha cruzado a pie el Himalaya y lo ha contado en un libro, ha recorrido las estepas de Asia central, participado en expediciones arqueológicas en Oriente Próximo y replicado el viaje a pie, desde Siberia a India, que supuestamente hizo un grupo de evadidos de un gulag, sobre lo que también ha escrito otro libro. Pertenece a esa clase de autores, ya casi desaparecidos, que no viven su vida y la cuentan, sino que hacen cosas -osadas, duras, excéntricas, nostálgicas- para luego tener de qué escribir. Son lo más parecido a un aventurero que tenemos hoy en día.

Portada de 'Un verano con Homero', de Sylvain Tesson. (Taurus)
Portada de 'Un verano con Homero', de Sylvain Tesson. (Taurus)

'Un verano con Homero' cuenta la experiencia de leer las aventuras -primigenias, uno se jugaba la vida y el honor- que vivieron los héroes de esos libros, dos de los primeros que se conservan de nuestra civilización, y que han configurado en gran medida nuestro mundo. La 'Ilíada' cuenta la historia de las últimas semanas del cerco del ejército griego a Troya, una ciudad en la costa de la actual Turquía. En ella, los dioses juegan con los humanos; los más osados son esclavos de su propia cólera y sed de venganza, la “hibris”, una especie de violencia interior que arroja a los personajes a las pasiones más insensatas. La 'Odisea' es más bien el intento de poner fin a esta violencia. “El cosmos se había desequilibrado a causa de los excesos del hombre en Troya -dice Tesson-. Hay que volver a instaurar la armonía”, y esa armonía pasa por que Ulises, uno de los supervivientes del bando griego, regrese a casa, en Ítaca, para vivir los años que le quedan en su hogar, con su mujer Penélope y su hijo Telémaco. Pero el viaje de vuelta es tremendo: la restauración del equilibrio tras la violencia irracional es difícil. Y requiere más violencia.

'Un verano con Homero' es, a ratos, una descripción del argumento de estas dos obras. Pero también una exposición de las lecciones que podemos sacar de ellas en el mundo contemporáneo. Es un libro desordenado, demasiado lírico para mi gusto, cuya defensa de los modos de vida antiguos y defenestración de todo lo relacionado con la tecnología resultan un poco burdas -el odio a la vida moderna es, en realidad, el principal subtexto del libro-, y está lleno de exaltaciones de los valores clásicos. “Cuando embarcamos en aguas homéricas resuenan palabras extrañas y hermosas como flores olvidadas: gloria, coraje, valentía, ardor, destino, fuerza y honor -dice Tesson-. Todavía no están prohibidas por los agentes del neolenguaje administrativo. Tiempo al tiempo”.

A pesar de todos estos excesos retóricos y ciertas extrapolaciones extremas, hay algo poderoso en el libro. Su evocación de lo que la luz significaba para los griegos, y la manera en que siempre le rindieron culto y vieron en la sombra un presagio ominoso. Cómo las islas griegas “se recortan a lo lejos, distintas, inaccesibles, separadas por peligrosos canales”, como si cada una, dice, ocultara su propio secreto. El porqué para Homero el mar tenía color de vino. Hasta qué punto contar historias, y ser incluido en las que contaban otros, era algo de enorme importancia para los griegos. El amor de Ulises por su mujer, a pesar de que era un gran mentiroso. La divagación de Tesson es excesiva en todos los sentidos. Pero sigue habiendo algo evocador en ella, que logra que por un breve instante -hasta que suena el el móvil, enciendes el aire acondicionado o recuerdas que ni siquiera hiciste la mili-, desees encontrarte en un barco griego, azotado por la luz y el viento del Mediterráneo, regresando de una guerra cruel como la de Troya.

"El mundo actual, sostiene Tesson, es mucho peor que el de los griegos legendarios porque nos hemos ablandado y rehuimos la aventura"

Y ese es el gran argumento de Tesson, de un conservadurismo canónico. El mundo actual, sostiene, es mucho peor que el de los griegos legendarios porque nos hemos ablandado, rehuimos la aventura y, con ello, los valores que la hacen posible. Pero, al mismo tiempo, seguimos pareciéndonos a ellos, en nuestra grandeza y nuestra pequeñez. “Cambiemos los cascos, cambiemos las túnicas, pongamos tanques en lugar de caballos, submarinos allí donde leamos ‘naves’, reemplacemos las murallas de la ciudad por torres de cristal. El resto es similar. El amor y el odio, el poder y la sumisión, las ganas de regresar a casa, la afirmación y el olvido, la tentación y la constancia, la curiosidad y el coraje. No hay nada nuevo bajo el sol.”

No hace falta compartir con Tesson su idea del mundo y la literatura para ver que en el fondo de este libro hay algo valioso. Quizá, simplemente, que nos acerca a dos libros extraordinarios, la 'Ilíada' y la 'Odisea', que resultan increíblemente difíciles de leer para un lector contemporáneo no especializado. Se agradece que escritores con vocación popular nos hagan llegar sus historias, y las lecciones que de ellas hoy podamos aprender en el ratito que dejamos las pantallas.

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