No duermas, ve Netflix: ¿reventará la burbuja de las series?

Es verosímil pensar que nos hallamos en el punto más alto de la burbuja de las series. No solo por el dinero que cuesta producirlas, sino por el tiempo que se requiere para verlas

Foto: Imagen de la serie de Netflix 'Élite'
Imagen de la serie de Netflix 'Élite'

El negocio del vídeo en streaming empezó mal. Y en un lugar inesperado. Enron fue un gigante energético estadounidense que se formó cuando estas empresas eran monopolios regulados por los Gobiernos que producían, transportaban y vendían gas natural y electricidad. Pero con los años se fue modernizando y diversificando, y empezó a utilizar métodos más propios de Wall Street que de una vieja eléctrica. Con el auge de internet, convirtió sus procesos en productos financieros llamados “derivados”. Para blindarse ante el riesgo de fluctuaciones en el precio de la energía, vendía derechos futuros sobre la energía a un precio establecido en el presente, y lo hacía en su propia página web. Sus responsables alardeaban de estar pasando de ser una empresa vieja a una start-up innovadora.

El éxito le hizo caer en la grandilocuencia y Enron se metió en negocios que apenas conocía. Por ejemplo, empezó a desplegar fibra óptica por Estados Unidos. Debido a la creciente presencia de internet y a los augurios de los fabulosos negocios que podrían hacerse gracias a ella, ideó un nuevo sector que en verano del año 2000 parecía ciencia ficción: utilizar su red de fibra para transmitir películas y series en streaming. Para llevarlo a cabo hizo un pacto que, dentro de la escasa lógica del proyecto, tenía sentido: se alió con Blockbuster, la vieja cadena de videoclubes para, juntos, llevar el alquiler de películas a los PC. Enron también convirtió eso en una especie de derivado: le pidió a un banco canadiense 125 millones de dólares a cambio de los beneficios futuros de la empresa conjunta con Blockbuster. Sin embargo, ocho meses después esta fracasó y el acuerdo se deshizo. Enron anotó en su contabilidad los 125 millones como beneficio de la jugada.

Enron hizo un pacto que tenía sentido: se alió con Blockbuster, la vieja cadena de videoclubes para, juntos, llevar el alquiler de películas a los PC

Esta fue solo una trampa contable casi irrelevante entre las muchas -que Arthur Andersen, la empresa consultora que la auditaba, no vio o no quiso ver- que hicieron que en 2001 la bancarrota de Enron fuera la más grande de la historia.

En ese momento, Netflix aún se dedicaba únicamente a alquilar DVD y mandarlos por correo a sus clientes. HBO existía desde los años noventa, y cobraba por ver series como 'Los Soprano' y 'Sex and the City', pero la emisión de los capítulos era tradicional: los veías en la tele, y solo uno a la semana. Todo esto cambió a mediados de la década de los 2000, cuando Netflix y Amazon Prime Video dieron el salto al streaming. Entonces, los antiguos propietarios de los derechos de series como 'Friends' o 'The Office' los cedieron a Netflix a cambio de millonadas, y HBO llegó a un acuerdo para que Amazon emitiera en streaming 'A dos metros bajo tierra'. Estos pactos, contaba The Economist en un largo reportaje publicado la semana pasada, permitieron a estos servicios crecer y conseguir millones de suscriptores, lo que a su vez les permitía hacerse con más series y películas para emitir. El siguiente gran cambio se produjo en 2013, cuando Netflix debutó en la producción de material propio con 'House of Cards'.

Las cosas empezaron a adquirir dimensiones cada vez más exageradas. HBO pagó 500 millones de dólares por los derechos de emisión de veintitrés temporadas antiguas y tres nuevas de 'South Park'. Desde 2010, explicaba también The Economist, tres grandes grupos -WarnerMedia, Disney y Netflix- se han gastado 250.000 millones de dólares en la realización de programas.

Cada vez hay más empresas en el sector -recientemente se han sumado Apple y Disney+-, y todas gastan cada vez más para tener más y mejores contenidos. El Financial Times informaba de que este año Netflix gastará 15.000 millones de dólares en contenidos, pero estas empresas empiezan a no poder atraer más suscriptores en un momento, además, en el que no ganan dinero, pierden bastante o están muy endeudadas; Netflix, por ejemplo, debe 12.000 millones de dólares.

No hay tiempo

¿Por qué sucede esto? Simplemente, la gente se ha quedado sin horas para ver más series y películas. Reed Hastings, CEO y cofundador de Netflix explicó que, solo en Estados Unidos, Netflix sirve cada día 100 millones de horas de programación. Sus mayores competidores, dijo, no son las demás proveedoras de streaming, sino Fortnite, el videojuego, y la necesidad que tiene la gente de dormir.

La sensación de que el mundo de las series ha creado una burbuja no solo se refleja en las cifras de sus inversiones y retornos, o en el hecho de que las empresas sigan aumentando sus costes aun cuando ya no puede haber más ojos para ver el resultado. También es evidente en las conversaciones: hace no mucho, una periodista algo mayor que yo se admiró de que leyera tantos libros. “Con todas las series que tengo empezadas y pendientes de acabar, ya apenas leo”, me dijo. En un viaje reciente con un colega, hablando, descubrimos que no solo no veíamos las mismas series, sino que apenas nos sonaban las que veía el otro. Ni siquiera mi mujer y yo vemos las mismas series. Solo durante la semana pasada, este periódico publicó noticias sobre seis series: 'El nazi Iván el terrible', 'Vikingos', 'Ragnarok', 'La señora Fletcher', 'La veneno' y 'The Mandalorian', además de, en la televisión convencional, 'La que se avecina'.

No es probable que el sector acabe tan mal como el matrimonio entre Enron y Blockbuster: hoy el mercado es viable y está consolidado

Es verosímil pensar que nos hallamos en el punto más alto de la burbuja de las series. No solo por el dinero que cuesta producirlas, sino por el tiempo que se requiere para verlas. ¿Quién dedicaría ahora sesenta horas, más o menos la duración de 'The Wire' o de 'Juego de tronos', a ver una sola serie, aunque fuera tan buena como esas? No es probable que el sector acabe tan mal como el matrimonio breve y pionero entre Enron y Blockbuster: hoy el mercado no solo es viable tecnológicamente, sino que está consolidado; como digo, ya solo hablamos de series. Pero parece que vuelve a olerse en el aire una burbuja no tan distinta de la que a principios de siglo acabó con centenares de empresas puntocom.

Ojalá estas previsiones estén equivocadas. En cualquier sector nada es mejor que la variedad, de modo que si durante otros dos lustros los estudios, las cadenas y las empresas de streaming pueden seguir permitiéndose esta lujosa oferta y sus productos encuentran un público, lo celebraré como el que más. Hasta puede que me ofrezca como guionista: sea o no una burbuja, lo cierto es que hacía décadas que un escritor no soñaba con los honorarios pagados ahora por la industria.

El erizo y el zorro
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