Apuesta que tu equipo perderá: cuando la vida pública es un deporte

Una gran parte de mis amigos socialistas, incluso los que han trabajado en el Gobierno de Pedro Sánchez, llevarían sus ahorros a Betfair para apostar que la coalición con Podemos saldrá mal

Foto: Local de apuestas en Palma de Mallorca (EFE)
Local de apuestas en Palma de Mallorca (EFE)

En el mundo de las apuestas existe una jugada llamada “emotional hedge” (cobertura emocional): consiste en apostar que tu equipo perderá. Así, sea cual sea el resultado, sales ganando: si pierde, te llevas el dinero; si gana, te alegras de que los tuyos hayan vencido. Por supuesto, esta forma de “cobertura emocional” no solo tiene lugar en el deporte. Recientemente, en algunos referéndums (como el de la independencia escocesa o el Brexit) y procesos electorales (como las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 que enfrentaron a Donald Trump y Hillary Clinton) la “emotional hedge” se convirtió en un chiste recurrente entre financieros y periodistas: acabarás viviendo una realidad política detestable, pero, ¡hey!, a cambio ganarás un montón de dinero.

En España el mercado de las apuestas está mucho menos desarrollado que en Reino Unido o Estados Unidos –por suerte, diría–, pero si fuera parecido, creo que muchos estaríamos haciendo las apuestas más locas.

Una gran parte de mis amigos socialistas, incluso los que han trabajado en el Gobierno de Pedro Sánchez, llevarían sus ahorros a Betfair para apostar que la coalición con Podemos saldrá mal. Es muy probable que no lo deseen, pero necesitan esa “cobertura emocional”: si todo fracasa, que al menos haya una compensación. A falta de dinero, esta será algo así como repetir una y otra vez “Había que intentarlo” o, la más cómoda, “La derecha no nos dejó otra opción”.

Los independentistas sufren constantemente por si un tribunal del que apenas habían oído hablar dictamina en favor o en contra suyo

También les pasa a los independentistas. Sufren constantemente por si un tribunal del que apenas habían oído hablar dictamina en favor o en contra de los suyos; por si los letrados del Parlamento Europeo asumen que no apoyar la causa independentista les convierte en cómplices del franquismo; por si algún periódico extranjero que nunca han leído publica un editorial de apoyo o rechazo. Lo mejor que podrían hacer es apostar a que España ganará el Premio al Estado de Derecho Modélico 2020 y sentarse a esperar si vencen los suyos o, en su defecto, ganar un dinero extra.

Lo mismo, por cierto, podría decirse de muchos constitucionalistas. Deberían apostar su dinero a que Puigdemont no solo es eurodiputado, sino que llegará a defensor del pueblo europeo, comisario de Justicia y, con el tiempo, a secretario general de la OTAN. Así, pase lo que pase, todo serán alegrías.

Los periodistas

Esto es ciertamente paródico, pero responde a un hecho mucho más serio: hemos convertido la vida pública en un deporte. Parte de la culpa, posiblemente, es de los periodistas, por narrar la vida como si se tratara de un partido de baloncesto en lugar de como es en realidad. Es más emocionante contar que el equipo local ha marcado; pero, ¡cuidado!, qué rápido ha respondido el adversario, que ahora se ha puesto por delante; parece que no levanta cabeza el equipo visitante, y ahora además se lesiona su estrella; los árbitros no ayudan –su historial hace pensar que están comprados– pero ¡salta la sorpresa y la remontada parece posible! ¡Ah, que al final no! Hemos perdido pero todavía queda mucha temporada.

La vida no es así: se parece más a un caos al que las leyes y las tradiciones dan cierto orden, y en el que diariamente los humanos intentan encontrar un motivo para salir de la cama. Algo demasiado semejante a un ensayo de Montaigne, con lo que sería imposible abrir un informativo o conseguir clics, por no hablar de convertirlo en serie. Quizá Paolo Sorrentino podría lograrlo, pero sin duda volvería a necesitar de Jude Law y su cuerpo.

No hemos aprendido una de las pocas frases rescatables que el deporte ha dado: “unas veces se gana y otras se pierde”

A pesar de esta tendencia a pensar en la vida pública, y singularmente en la política, como un deporte de competición, no hemos aprendido una de las pocas frases rescatables que este ha dado: “unas veces se gana y otras se pierde”. Para muchas personas perder supone algo más que una molestia o una pena; es sencillamente insoportable, una forma de tortura. Millonarios de Hollywood como Samuel L. Jackson o Amy Schumer prometieron que se marcharían de Estados Unidos si Trump ganaba (no lo hicieron), hay conservadores españoles que creen que actualmente la capital de España es Caracas y progresistas que piensan que, en realidad, se siguen tomando decisiones desde El Pardo. Hay quienes afirman que ha vencido el comunismo y quienes temen que gane el fascismo. Todo resulta insoportable para los que, a través de las redes sociales, narran la vida como los periodistas deportivos: con una mezcla de excitación, amor a los colores y un sentimiento sin término medio entre el triunfalismo extremo y la sensación de derrota causada por un enemigo invisible.

La mayoría de la gente no apuesta dinero a un resultado político u otro, pero eso no significa que no intente cubrirse emocionalmente: lo hace mediante la indignación. Esta se ha convertido en una especie de seguro que facilita un bienestar relativo: el que produce la sensación de, tras la derrota, defender el bien absoluto. Es una cobertura emocional muy cómoda, para algunos tal vez mejor que el dinero.

Una de las razones por las que no solemos apostar contra los nuestros es que, como cuenta un artículo académico de C. K. Morewedge, S. Tang y R. P. Larrick, de las universidades de Boston y Duke, tenemos miedo a parecer desleales; queremos “preservar un aspecto importante de la identidad” y nos desagrada la idea de ganar dinero con la victoria de alguien a quien detestamos. Pero hay algo más. Lo que el premio Nobel de Economía Daniel Kahneman llamó el “sesgo optimista”: casi siempre exageramos las probabilidades de ganar de nuestro equipo preferido, nuestro partido político o, simplemente, las personas que identificamos como “los nuestros”, por lo que apostar por su derrota nos parece tirar el dinero.

Pero créanme: si la política es un deporte, quizá sea mejor convertirse en jugadores, que de una u otra forma siempre ganan, que en hooligans permanentemente indignados. Yo apostaré contra la posibilidad de que se reduzca la polarización y los partidos caminen hacia posiciones centristas y moderadas. Ganaré seguro.

El erizo y el zorro
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